domingo, 28 de abril de 2013

Revolución de los sentidos


No me digas nada. El otro día descubrí que podía hacer cuanto yo quisiera. Y no me digas nada, que no se puede, ni nada de nada. Solamente callate, sentate ahí en la cama y mirá. 
Abro la mano, y de pronto estoy saltando por las cumbres de las montañas de alguna cordillera, no importa si son los Andes, el Himalaya o cualquier otra. 
Cerrás los ojos, quebrás las hojas y ya no estoy más corriendo por las nieves eternas. No. Estoy nadando en el océano y puedo atravesarlo diestramente, sin equivocar el rumbo, sin dejarme arrastrar por corrientes y vientos. Lo puedo recorrer cuantas veces yo quiera. 
Y sí, otro chasquido de párpados que se cierran lánguidamente y me observás con asombro, corriendo por entre los troncos poderosos de la jungla africana, saltando matas, colgando de lianas, luchando con felinos más grandes que el gato que acariciás mientras te reís fascinada por cómo corro entre el follaje verde.
Otra secuencia: estoy construyendo el muro más alto del mundo, piedra sobre piedra, argamasa de idéntico gris matiz.  El muro se alza impávido y no se asemeja a nada que hayas visto antes. Está ahí, entre vos y yo y apenas alcanzas a ver mis manos laboriosas mientras cierran más y más la pared que nos va a despedir. 
Otro chasquido, pero no cambia nada. Lo hacés otra vez, y de nuevo. Nada. Estás ciega y no ves más que lo que es evidente. Ves las lapiceras, ves los pinceles y la cama. Pero no ves el arte ni el perfume a amor que exhalan las sábanas. Y aunque tratás y tratás, ya el truco se acabó, porque la pared es alta y es fuerte. Gris y perfectamente lisa, impenetrable. No te asustes, me escuchás decir, un murmullo apenas que se quiebra y serpentea por entre las juntas de las rocas. No te asustes, es solo una ilusión, te explico yo.
Estallido y paciencia, un Buda sentado entre los escombros y la luz que baña el centro opaco de tus ojos. Ojos amarillos, porque la pena del deshoje está en el aire y es otoño. Ojos y hojas, ya sabés vos cómo es. La pared desnuda me atraviesa de lado a lado, puro colgajo de sangre y carne y materia descompuesta. No os preocupéis, trato de calmaros en un inexplicable arrebato de castellano antiguo.
Me repongo. Reconstruyo el entramado de mis tejidos y fibras, el cuerpo se rearma, como una inesperada secuencia fílmica con aires chaplinescos que retrocede. Espantoso y genial al mismo tiempo, el brazo, mis costillas, todo retorna a su sitio. No entendés, no creés, y me río de tu cara de recelo, o temor, o no sé qué. Me río bien, francamente divertido y trato de explicarte. Puedo hacer eso, puedo recomponer todo mi cuerpo, puedo destruir cualquier pared y sus aristas no me importan. Mi Todo se hace añicos pero ya sé dónde va cada pedacito, cada minúsculo pedacito. Seguís con tu mirada desconfiada. Es así, desde que lo aprendí, puedo recomponer mi Todo siempre que lo necesite. Te miro fijo a los ojos y te hago reír, me mirás y te devuelvo una melodía que atraviesa tus pupilas oscuras. Toco la guitarra que saqué de mis dientes y tus oídos solo atinan a escuchar colores y líneas, dibujos enloquecidos y la luz de la ceguera final. 
Destripo mis carnes una vez más para que veas cómo se hinchan mis pulmones, cómo bombea mi corazón. Todo lo rojo y caliente que pueda estar mi interior, te lo comparto, y lo tocás con los dedos, entre asqueada y maravillada de toda la vida que emana de mí. Te hierven las manos pero no te importa y te abrís de arriba abajo con las uñas y explotás en la luz que te contagié. En un segundo te recompusiste, asustada de tu propia genialidad; te tranquilizo y de nuevo, te abrís imitando mis pasos. Abrís la boca y salen pájaros del más allá volando entre cometas y extensiones impactantes de galaxias lejanas. Emanan barcos y flotas enteras de buques veleros y también estrellas entre tus dientes. Soplás fuerte con tu nariz y nos bañás a los dos del licor de sol, más puro y tibio que haya experimentado jamás. Te devuelvo el juego, regándote con lluvia plateada de la luna y las constelaciones de centauros y cazadores. Seguimos indefinidamente haciendo el imposible, cada vez más al límite, cada vez rompiendo más y más con nuestras percepciones de lo concebible. Me abro las carnes y fluyen ríos y cataratas de vino. Cierro los ojos y aguanto la respiración, haciendo fuerza con la mente. Me brotan más ojos en todas partes y de todos los colores. Me mirás desafiante y tomás el eje del planeta. Lo hacés girar indefinidamente en tu dedo, como una pelota y empezamos a envejecer increíblemente rápido. Las estaciones se pasan como minutos, invierno y ahora primavera, verano, otoño y de nuevo invierno y primavera, cincuenta, sesenta veces. Parás el giro y nos llevas al pasado, haciendo a la inversa. Nos vemos jóvenes y bebés, nos vemos solo una idea, nos vemos girando en los vientres de nuestras madres y lloramos de pura incredulidad de la imagen. Somos volutas de humo naranja, espeso, brillante, viajando acompasadamente por los cuerpos de negrura hermosa. 
Aburridos, volvemos. Escupo llamaradas por las orejas y me quemo el pelo. No me preocupo: me muerdo la lengua y aúllo, y al instante me brotan rulos rojos llenos de fuego. Ardo en revolución y corro por todo el mundo sin darme cuenta del cansancio. Me seguís y nos miramos divertidos. Saltamos y quedamos colgando de un brazo de la luna, y mientras pensamos qué pasó, el sol nos grita su más pura energía en las caras, ahumándonos con tanta hermosura. De golpe saltaste hasta Saturno y estás entre toboganes de aerolitos y anillos espaciales, brincando de uno en uno, recorriendo todo el sistema solar. Nada es imposible, solo aquello que no seamos capaces de imaginar, descubro yo en un rapto de lucidez. Aunque ya lo sabía, ahora lo siento como una verdad. Entonces vuelvo a la Tierra y escarbo entre las piedras y las arenas movedizas, y una civilización entera se abre a mis pies, descubriendo su sabiduría y belleza arquitectónica. Tomo los renglones de viejos jeroglíficos y los trenzo, confeccionando unas cuerdas de palabras capaces de sostener a un planeta entero. Absorto en mi tarea, trenzo y entretejo cuerdas y cuerdas, un entramado fino y bello, con formas redondeadas y escrupulosamente perfectas. Tomo los extremos del mundo y los ato con mis dedos desnudos, a veces sangrando, otras veces simplemente raspándome. Después vuelo entre nubes de algodón y brisas marinas hasta el sol, donde ato una de las cuerdas, y luego lo mismo en la punta de una medialuna de alpaca que brilla sobre un mar nocturno.  Gritás de emoción, como entendiendo mi idea, y corriendo sobre la Tierra misma empezás a girar y girar sin distinción entre el aquí y el allá, el ahora y el después, saltando entre la historia y la memoria, el genocidio y la revolución, entre islas de los mares del sur y ríos de los continentes antes acallados, ahora rebeldes. Los caimanes tratan de deleitarse con tus frágiles y hermosos pies, pero ellos son más veloces y alados, y los esquivan como un Hermes que sobrevuela las tierras de Grecia lejana e irreal. Como una bola de concentración pura, los colores de todo el universo se aglutinan en tus ojos y explotan, ola arcoíris que llega cabalgando hasta el mismísimo infinito. Morimos y renacemos una y mil veces, extasiados de la magia que descubrimos, y reímos a carcajadas entre la espuma de las olas y el rumor de las hojarascas movidas por los vientos calmos.
En plena revolución de los sentidos, entendemos y comprendemos en su totalidad el Infinito y la Imaginación, la gran batalla de realidad frente a la de irrealidad, la guerra a muerte de los grises contra los coloridos, y justo en medio de ese campo de lucha sembramos el árbol más grande del cosmos y sus semillas son más fuertes que cualquier otra que antes hayas visto o sentido. Las hojas cubren campos enteros y cada rama es como un sendero a otro mundo. Las hormigas hacen sus colonias y nosotros las cabalgamos como un imposible de hermandad animal. Aprendemos a fabricar miel y a volar en abeja, a dormir en telas de arañas bondadosas y a escribir con resina en la rugosa corteza del árbol de la Vida. Entre tanta sorpresa, tanta bella imagen, vamos dorándonos más y más a la luz del sol, somos marrones y dorados, y de mil colores, porque ahora que entendiste cómo funciona todo, ya no sos Vos, sino que te redescubriste y tenés la duda, la posibilidad entra en tu mente y germina, si sos yo, o quizás solo somos el ser del que es, el único cosmos, el Caos de la verdadera naturaleza del hombre, la pura conmoción de tener todo a tu  alcance y no saber cómo empezar, y justo cuando parece que las abejas se rebelarán y las hormigas volarán lejos, y que el otoño se acerca sin pausa; justo cuando todo parece que se va a caer en un halo de olvido o de ensueño, en ese preciso e inequívoco instante, entre convulsiones y espasmos, entre contracción y contracción, entre llanto y gritos de aliento o de dolor, justo ahí, venís a parar a esta, tu vida.

viernes, 26 de abril de 2013

Trenza y color humano

Se prende fuego, arde de luz ajena, de calor (o quizás color) humano.
Está colgando de un péndulo, sensaciones trenzadas que se balancean y él cuelga de ellas boca abajo. Descontrolado, ferozmente libre y al mismo tiempo tan encadenado a ellas. No pensó que podía amar la trenza de sentimientos que lo ata. Pero lo hace, de hecho le sucede. Es un sinfín de bienestar, que se mezcla con impaciencia, con gozo, con desazón, con amor puro, con tristeza o ansiedad; ni distingue ya. 

El péndulo gira holgadamente y el artístico ser corta la trenza con los dientes y cae. Cae tan libre, y tan esclavo de la gravedad al mismo tiempo. Tan opuesto a lo terrenal, pero tan condenado irremediablemente a terminar en la tierra. Es increíble, todo es nada, lo que parece en realidad no es y viceversa. Un laberinto atractivo, emocionante y adrenalínico, pero que lo agobia si se pierde. Duda y conoce la respuesta. La esquiva y la asume. Tiene que aprender a volar y mirarlo desde arriba. No sé, me dice mientras hace una pausa en su relato. 

Ajado y al mismo tiempo intensamente vivo me mira, y repite: no sé, siento que así voy a resolverlo y encontrarme. ¿La salida? ¿Encontrar la salida? No. No. La salida se encuentra fácil. Lo complicado es encontrarme yo.
Yo y mi trenza desgarrada de sensaciones pendulares

lunes, 22 de abril de 2013

Relatos de Galeano y Gelman

Entre discos viejos, en una estantería de mi casa, un día encontré dos discos, que no eran de música. Por lo menos no propiamente dicha. Eran relatos, fragmentos, leídos por Eduardo Galeano y Juan Gelman, en una forma tan bella, tan profunda, que me impactaron mucho. La manera en que son leídos, y las palabras e ideas se entremezclan y logran emocionar, logran abrir las compuertas de las represas que llevamos dentro de los ojos... Por eso se los quiero compartir a los que sean que miran cada tanto este blog, para que disfruten, para que se sumerjan en la laguna de sensibilidad que tienen y para que reflexionen o piensen en el contenido de estos relatos. Impactantes.

>Relatos Bocas del Tiempo (Eduardo Galeano)

http://www.mediafire.com/?damd5uaammb73xg

>Relatos de Eduardo Galeano y Juan Gelman

http://www.mediafire.com/?sblbjavce4b89jr

sábado, 20 de abril de 2013

Universo continuo


Entre el espacio de dos hojas verdes, casi trasparentadas por la luz del sol, se encuentra una gota. Esta gota se mantiene entera sólo por una fina capa delimitadora. Adentro, está el líquido versátil que llena el vacío y hace que el mundo sea sólo eso: una miniatura móvil que puede equipararse con la inmensidad del cosmos si se analiza punto por punto. Y afuera, un exterior de aire que completa lo desconocido, pero que en algún lugar puede ser encapsulado del mismo modo y reducido a una imagen manipulable y tangible, como puede serlo una frágil gota refractadora de luminosidad en medio de dos verdes hojas contenedoras.
En el interior de este universo-gota existe una creación que avanza en tiempo y espacio, paralelamente a la realidad de afuera, es decir, la sostenida por aire. La creación en este universo también llegó a un momento máximo de complejidad y funciona casi mecánicamente, por inercia, creando y destruyendo, apareciendo y desapareciendo. La gota posee ciudades, ríos, bosques, continentes, sociedades y tecnologías. Y también posee miedos, prejuicios, bondades, pensamientos y olvidos. Algunos dirían que tiene todo lo que está afuera, pero mojado. Otros dirían que es el adentro lo que importa y que, de no compararse, se podría considerar como perfectamente seco, ya que las cosas fluyen en él olvidándose del peso del agua, y es sabido que al olvidarse de algo, termina esto por desaparecer, como una conciencia liberada de una culpa desalentadora.
Lo increíble de todo esto es que las dos realidades confluyentes podrían considerarse al fin y al cabo más que como similares, casi como idénticas, habiendo visto que ni su tamaño podría diferenciarlas, dependiendo del ángulo y la escala en que se la analizara. Así podría decirse que dentro de un universo, fluye el mismo universo, mimetizado en cualquier forma existente, pero que fluye al fin: existe y avanza; y que perfectamente dentro de la gota podría haber otra gota, millones más, que refracten desde la luminosidad conocida nuevos universos entendibles.
Sin embargo, esta continuidad cíclica, esta cualidad de círculo se pierde en una fracción de tiempo cuando, casi de forma imperceptible, se abre la gota, destruyéndose su fina capa delimitadora, invadiéndose su mojado universo de vacío.

Reecuentro


Salta, amigo
Ven, acércate, flota

Respira amigo;

Rápido, ríe y danza.

Cruje bajo mi peso

Hojarasca añejada, 
Capas otoñales:
Retazos de tiempo marrón.

Refléjate, oh compañero

Brilla en los espejos
Deslízate en mí
Y ondea el turquesa del lago.

Escapa amigo.

No pares, ¡oh, no pares de correr!
Huye, vive, escúrrete amigo, 
Cual brisa invernal.
Escóndete en los peñascos.
Transfórmate. Sé tallo y pétalo,
Sé viento invisible.
Discurre silencioso amigo, 
Gotea por entre las cavernas
Sin encontrarte jamás.

Corre y jamás, amigo

Pares de correr tu loca ruta
Tierra de nadie, tierra yerma.

Y cuando hayas corrido suficiente

Oh amigo
Cuando ya blanca sea tu barba y grises tus ojos
Amigo, cuando olvides las palabras, 
Cuando sepas el lenguaje de los muchos  aires
Solo ahí, amigo
Cuando el infinito te haya convidado con su perenne fórmula,
Cuando la canción quede suspendida;

Solo ahí amigo

Encuéntrame y abrázame profundo.

miércoles, 17 de abril de 2013

Al final de este viaje



Al final de este viaje en la vida quedarán 
nuestros cuerpos hinchados de ir 
a la muerte, al odio, al borde del mar. 
Al final de este viaje en la vida quedará 
nuestro rastro invitando a vivir. 
Por lo menos por eso es que estoy aquí. 

Somos prehistoria que tendrá el futuro, 

somos los anales remotos del hombre. 
Estos años son el pasado del cielo; 
estos años son cierta agilidad 
con que el sol te dibuja en el porvenir, 
son la verdad o el fin, son Dios. 
Quedamos los que puedan sonreír 
en medio de la muerte, en plena luz. 

Al final de este viaje en la vida quedará 

una cura de tiempo y amor, 
una gasa que envuelva un viejo dolor. 
Al final de este viaje en la vida quedarán 
nuestros cuerpos tendidos al sol 
como sábanas blancas después del amor. 

Al final del viaje está el horizonte, 

al final del viaje partiremos de nuevo, 
al final del viaje comienza un camino, 
otro buen camino que seguir 
descalzos contando la arena. 
Al final del viaje estamos tú y yo intactos. 
Quedamos los que puedan sonreír 
en medio de la muerte, en plena luz. 


Al final de este viaje (Silvio Rodriguez)

lunes, 15 de abril de 2013

7


¡Desnúdate!
No eres culpable, 
no estás marchita
ni repudiada por ninguno.
Veo tu carne limpia.
Te veo a través del manto fino
o del refajo tosco...
y me quedo aquí...
tenaz, 
empeñoso,
incansbable...
No me puedes echar.

Fragmento de "Canto a mí mismo" (Walt Whitman)

Letanía


Mientras se acabe la letanía, voy a conocer el hilo que salga de tu mente.
Un charco celeste en medio de una duna evaporada.
La tortura agradable eres tú, ave de las plumas de espejo.
Tú que todo lo nombras con tu inigualable vuelo.
Tú, que al rozar la brisa vas dejando una marca de notas deliradas.
Y en tu aterrizaje, si acaso tropiezas dulce con tus relojes vueltos arena,
puedo encontrar inexorable el silbido de rencor.
Mestiza entre lava y moras secas;
a ver si ahora atrapas los tambores constantes.
A ver si me desnutres de toda mi utopía
y marcas en mi frente la seña del error.
Que ya no tengo ganas de verte subyugada,
rasgando a uñas vueltas visiones de oscuridad.

domingo, 14 de abril de 2013

Corriente marina



Quiero aprender 
a ser bruma. 
Estoy húmedo; 
quiero aprender 
a evaporar. 
Quiero ser neblina, 
y es que deseo confundir. 
Anhelo ser tallo o fruto; 
y es que me da curiosidad
el vivir de las plantas.
Necesito ser lluvia, 
para caer de las alturas,
a pedazos, 
dividido 
en mis miles 
de gotas.
Quiero ser el Océano, 
Y nadar...
Nadar entre mis kilómetros y kilómetros
de agua, 
Agua salada.

viernes, 12 de abril de 2013

Hoy otoño y ayer


Grito, corro, me escondo
Guardo la lluvia entre mis manos
Pintas de colores ruedan en lienzos
Las moras de tu aliento fresco

Bailan las trenzas, llora, cielo

Que tu humedad es mi consuelo
Revuélcate y araña mi pared helada
No busques el Sol, hoy es otoño

Hojas desprendidas, marañas rotas

Quiebres divinos de un cuerpo tibio
Observa el día, ya no está más
Tanto busqué que hoy es ayer

Las piedras que entonces pastaban

En campos violetas de mares
Hoy siembran penas en los montes;
Aunque estén gastadas, las miro

Corro, grito y me veo

Hoy soy la nota del ocaso



jueves, 11 de abril de 2013

La función del arte/1

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos.

Y fue tanta la intensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
-¡Ayúdame a mirar!



El libro de los Abrazos (Eduardo Galeano)

martes, 9 de abril de 2013

Canto a mi tierra


Me urge

Bañarme en aguas heladas
Respirar el susurro de la brisa lacustre
Raspar mis pies contra el manto de arenisca
Entrecerrar los ojos a la magnitud de la luz del ocaso

Derramar lágrimas de asombro ante la contemplación del universo
Reír a carcajadas abrazando mi panza
Despeinar mis cabellos en consonancia con los vientos

Beber del manantial que brota líquido
Observar el trabajo arduo de las hormigas
Disponer palos y maderitas cual flota minúscula de navíos del sur
Amontonar hojas y deleitarme con su volatilidad cuando los aires las alborotan
Bucear en las corrientes de arroyos y torrentes

Estaciones

Admirar los nuevos tallos y palpar las tiernas hojas primaverales
Sentir en las manos la dúctil frialdad del agua de deshielo
Lamer los copos de invierno
Chapotear entre los mil ríos del estío
Descubrir los matices infinitos de la arboleda en otoño

Quiero

Correr salvaje hacia las laderas que todo lo dominan
Escribir mis impresiones en las crepitantes páginas
Rodar por la cuesta y sentir la agudeza de las espinas
Enloquecer danzando al fulgor de las llamaradas

Enmudecer ante la visión de los cielos: uno en la nada, otro en el agua
Contar las estrellas sin jamás equivocarme;
Distinguir y nombrar las muchas constelaciones

Sumergirme en el pozo cálido de mis recuerdos
Llorar por la tierra añorada
Recordar así una y otra vez que ese es mi centro

Final

Y así te canto, tierra entrañable, tierra amada.

lunes, 8 de abril de 2013

Caleidoscopio


Siempre me revuelco en el torrente del espacio. Como el remolino de un agujero negro. Una escalera vertical que sube, que se vuelve diagonal, que se vuelve un tobogán de marfil. Y los elefantes de patas kilométricas caminando por ahí, en las dunas de hierba.
Una nube oscura pasa. Tiene estrellas y astros adentro. De su interior sale una princesa mariposa, con sus alas turquesa y violeta.
El hechicero de los tiempos hace mover los ciclos y convierte piedras en montañas, ríos en lagos, semillas en árboles centenarios.
Yo contemplo todo desde mi hoja roja de tela. Llueve jugo de frambuesa. Una vieja con seis brazos sostiene un paraguas, un libro, un bastón, una pipa y una cartera. En una esquina de un camino, unos orangutanes esperan un tren. De pronto, unos rayos de sol lila. Tres lunas naranjas en el horizonte.
Unos lagartos con alas compiten en el cielo con unos cuervos gigantescos. Y en un costado del campo, unos niños de ojos verdes juegan a la rayuela.
¿Es un sueño todo esto? No. Es mi mundo de ensueño.

Titiritero


¡Nena! Detén ya esa absurda melodía; ¡Ah!, si tan solo tus labios se volvieran contra esa muralla implacable y la redujeran a ceniza y polvo.
Nena, solo calla y mira el atardecer. El ocaso de todo, de nosotros mismos. Se pone el sol, se cierran los pétalos y las nubes pierden su cromatismo. Vuelven al aburrido gris y los naranjas, rojos, amarillos y violetas huyen despavoridos del mundo.
¡Nena, suelta ya la canción!, descansa en mi regazo, y sueña un sueño despacito. Observa la claridad lunar y toma mi mano, lento. Estamos acá, parados en la vía del Sol, nena, cuando los cíclopes y los gigantes yacen exhaustos entre huesos de montaña y piedras antiguas. El galope de los caballos salvajes choca contra tu sonrisa y las ondas se dispersan ambiguas en torno a mí. Nena, oh, nena, ¿qué es lo que ven tus ojos más allá?
Cuéntame, otra vez cómo hace tu piel para desnudarme sin tocarme, viajar por mi esófago, caer aturdida en mi interior y revolver entre tanta carne y membrana, tanto monstruo suelto, tanto fantasma errático. El Caos.

Hojas y ojos. Hojas y ojos. Hojas y ojos. 
Hojas y hojas de letras, de notas, de pentagramas, de ideas, de colores y pinceladas. Hojas. 
Ojos y ojos que leen, redondos, alargados; ojos orientales, ojos azules y verdes y marrones, claros y oscuros. Ojos. Y también labios, sonrientes, callados, pasivos o seductores, curvados o apretados en fina línea de amargura. Toda la esencia que no existe, que siempre cambia, el imposible caos del universo atado con cadenas a las manos del titiritero, que no
se las puede arrancar, que no puede ser otra cosa que titiritero.

“¡Rayos y centellas!”, clamarán los capitanes de los navíos. “¡Carajo!”, los revolucionarios mexicanos y “¡Cuidado, chico, una bala!”, los cubanos. “¡Santo Cielo!”, suplicarán los viejos eclesiásticos en sus rediles oxidados. “Duérmete niño”, entonarán dulcemente una madre y su canto mientras mece despaciosamente los cabellos de su sangre.

Y todas las palabras se entrelazan con la mágica danza del decir, del pedir, del implorar o constatar, y juntas, hechas trenzas de palabras y de ideas se mezclarán poderosas con los eslabones de las brillantes cadenas, las esclavizadoras del titiritero dormido, del que olvidó la rebelión de los cuerpos desnudos. El titiritero mirará azorado cómo la trenza de ideas y palabras amenaza con destruir no solo lo que lo encadena y obliga a actuar, función tras función, eternamente, sino también su único mundo conocido y casi al borde de la histeria, tratará de incendiar los cabellos de ideas… , pero se detendrá asombrado cuando observe que la trenza, la misteriosa trenza de palabras, de cantos y avisos, es tan bella como la vida misma, como el Sol en el atardecer, como los ojos y los labios tuyos, nena, y cuando se detenga en ese detalle, sonreirá contento y mientras tanto, la trenza inclemente reducirá cualquier cadena a metales retorcidos y achacados por la fuerza de la palabra.
Tanta y tan poderosa será la liberación, que el titiritero y su  alegre nariz de payaso, el invencible, el feliz contador de cuentos, el actor de anillos planetarios, correrá loco de asombro, por los bordes del infinito, y estallará en consonancia con las supernovas y los cometas que lo precedan.

La gota, la mismísima gota que rebalsa el vaso, el canto de una madre “duérmete niño”, la caricia suave y la risa del niño dormido, que quizás sueñe ser un gorrión, o quizás un cometa…
O quizás, y es una mera suposición que no tiene nada de probable, pero sí de bello, quizás sueñe que es titiritero libre que corre loco por los prados de mil galaxias.
Buscando a la nena, la dulce nena, que poco habla, pero mucho dice.

domingo, 7 de abril de 2013

Amor a lo oscuro





Aglomerar el universo.
Vestirlo de vacío, de infinito.
Ver como se crean las cosas.
Y nadar en un agujero negro.

Atar todas las estrellas,
con un cordel de agua etérea.
Como un bostezo de un demonio.
Como una danza de unos centauros.

Matar todas las novas.
Convertirlas en luminiscencia.
Cantar, ah, cantar notas del pasado.
Decir unos conjuros de fuego.

Amar la oscuridad;
de ella salen los leviatanes;
nadando por el espacio,
amarrando unos cometas.

Ay si la nada se tocara,
ay como dudarían los astrónomos.
Ayer se convierte en ahora,
mañana se convierte en siempre.

Uno, siempre

Y la vulnerabilidad poco importa ya, porque al fin y al cabo, estamos tan desnudos que no nos queda más que aprender a pelear con los puños y la lengua.


Tanta es nuestra desnudez, y tan fuerte, que la única forma que se nos ocurrió para sentirnos seguros, fue matar hermanos. ¿Sabés qué? Tan bien lo hicimos que ahora matamos y no nos damos cuenta.


Porque sí, nena; con cada silencio de tu narcisista boca, no solo estás afilando tu daga con mi resistencia, sino que también estás matando futuro, pasado y presente. Porque vos nena, ignorás que todo corre junto y libre.


Porque al fin y al cabo, nena, somos todos UNO, y todos uno, somos SIEMPRE.


Únicos y eternos, eso somos, nena.


viernes, 5 de abril de 2013

Siembra y cosecha


Brotan de mí como un torrente de llamaradas, lenguas de fogosa materia que exudan ácido. Se cosechan por mi profundo granjero solitario, que camina y camina por entre los mil y un enredos de mis dedos, donde crecen con sol y con agua como briznas inevitables.

Siembra y cosecha, dijo el campesino.

Como briznas de inequívocos, dije yo.

Buena cosecha, nos auguramos juntos.

Ellas florecen en sus pinos entreverados, nacen en mi vientre y allí se acunan entre sí. Las amanso, porque son salvajes, las acaricio y aprendo a amar.

Enroscadas es como las encuentra el granjero. Así las reúne y clasifica. Después es como si las regurgitara. Y después, el final.
En espasmos de agonía se debaten por salir. Atropellándose y mordiéndose los talones ellas luchan por ser la palabra hablada, oída. Por ser escrito y cuento, relato fugaz.

Solo algunas ganan. Son ellas, mis ensoñaciones.

jueves, 4 de abril de 2013

Cronos

Tiempo. Granos de maíz apiñados uno sobre otro, pared infinita de todo o casi todo, que no es lo mismo pero es igual. Gotas de arroyo transparente discurriendo su diáfano brillo por entre raíces y troncos ajados por el agua.
Tiempo. Ladrillos de miel, pegajosos y ambarinos, moldeando su forma ambigua, argamasa de las horas antiguas.
Tiempo. Segundo a segundo, el infinito trasladado a toda criatura viva. Incólumes viven sus retazos de tiempo, esperando el mañana, meciendo el ayer, y acariciando el hoy. Hoy siempre existe y el nunca acaba.
Nunca es el tiempo que va a venir. Siempre es ahorita.
Tambaleándose avanza el día y todo da paso a lo demás. Fluye silencioso e inexorable.
No se detiene y es bueno que así sea.
Tiempo. Hormigas en recta línea trasladando alimento. Hojas y tallos, restos y pellizcos de plantas y árboles. Día, noche. Tarde, mañana. Primavera o verano. Y otoño, e  invierno. Secuencias abstractas, divisiones imaginarias y gramos de ingenio cronológico.
Tiempo. Hoy semilla, mañana retoño. Años después, árbol joven y siglos en el futuro, sabio y enorme raizal de troncos, ramas, más semillas. Nuevas semillas. Nuevos árboles.
Hoy semilla pequeña. Mañana árbol enorme y ancho.
Tiempo. ¿Existe?

miércoles, 3 de abril de 2013

El arte del buen cebar


-¿Vas a querer mate?


Lo miré y asentí con una sonrisa sorprendida. Extendí un brazo mientras pensaba:"a ver como son tus mates, que me dijiste que eso de no lavar la yerba es todo un arte, che".


El mate llegó, humeando, sin mucha espuma, con algún que otro palito flotando. Lo miré con sorna, convencido de que la infusión no estaba en sus mejores condiciones. Sin embargo, chupé un buen sorbo y saboreé.  Mientras el amargo sabor bajaba por mi interior calentándome el alma, se deslizó de mis pensamientos un "¡hijo de puta, qué buen mate!". Es que a pesar de la apariencia, que no era fea, pero tampoco despampanante, este mate tenía un no-se-qué, delicioso, perfectamente equilibrado y con mucho carácter, una verdadera obra de arte, con todo el espíritu del cebador vertido ahí, en esos pocos espacios, con inmensa dedicación y cuidado.


Me volví para devolvérselo, al
tiempo que disfrutaba de los últimos restos de la infusión que bajaban por mí. Él, maestro silencioso del arte, me miró y, absolutamente conocedor de la respuesta, me preguntó con una sonrisa, mezcla satisfacción con picardía:
-¿Y, cómo estaba?

Perfecto estaba.

lunes, 1 de abril de 2013

Si


Si soy incendio
O soy represa
Si no veo, o no siento
Y no soy nada, 
Nada más que viento.

Si no soy fuego
O soy azul de mar
Si me defino
Y no me veo.

Si me pellizco
Y soy carne, 
Carne con nervio
O soy hoja, 
Hoja de brisa, 
Brisa que gira.

Si no soy vos
Y vos no sos otro
No somos tiempo;
Gira el péndulo
Y tal vez,
Y solo tal vez
Somos del viento.