jueves, 27 de noviembre de 2014

Rezo por vos (y él)

Menos mal. Menos mal que Beethoven era sordo, porque si no, mamma mía. Porque si era sordo e hizo lo que hizo, dale, no jodamos. Qué lo parió. Menos mal que Beethoven era sordo, y que Charly y el Flaco nunca terminaron su disco juntos. Digo menos mal, pero es un decir. Un alivio que no lo hayan hecho, porque si lo hubieran hecho, hubiera prendido fuego toda la ciudad, todo el campo y los mares y lagos. Se hubiera ido todo al cielo, porque ese disco hubiera sido la mismísima música de las estrellas. Porque sí, porque estoy seguro. Menos mal, porque con sólo hacer un tema, lo erigieron inmortal, el rezo como mantra. Inmortal, la indómita luz. De ambos, de los dos. La carne que se ilumina en medio de la tormenta y las revistas que revolotean histéricas por los vientos lluviosos. Menos mal, que quedó en ese tema inmortal, porque un disco entero con esa potencia, esa energía, esa poesía y esa divinidad de belleza musical habría demolido la moral de todos los músicos por venir.
Porque sí, porque es simplemente imposible hacer nada después que se combinaran esos dos. Como si juntaras a Maradona con Bochini. Menos mal que no jugaron un mundial juntos esos dos. En serio, digo menos mal, como un decir (¿qué no hubiera dado por ver a Charly con Luis Alberto, al Bocha con el Diego?). Digo menos mal, porque estoy seguro que el nivel de energía que se generaría por esos encuentros entre dioses, entre gigantes titánicos de sus ámbitos y artes, es demasiada. Explota todo, estoy seguro, seguro. Imaginen por un segundo a todos los fanáticos del Charly y después a todos los fanáticos del Flaco. Todos, no sé, ¿qué serán, un 70% del país?, todos gritando los temas de un disco imaginario, invisible, como un Capitán Beto pero en vez de atravesando el cosmos de las líneas de transporte, atravesando la historia del rock como una navaja afilada que divide las aguas para nunca volver a juntarlas, porque eso es lo que hubiera sido un disco entero de esos dos: un antes y un después, un para siempre y un nunca jamás. Un hito que me hubiera tatuado de buena gana en medio de la frente. Total, qué me va a importar, si ese disco hubiese sido la mejor miel que pudo haber sonado sobre esta tierra. Mejor que todo y desafío a cualquiera, mejor que los más mejores de todos. Esos dos, juntos, hubieran demostrado que Dios no existe como lo imaginamos, sino que es música que sale de sus dedos. De los de ellos dos, y nadie más. Que Dios es la comunión de lo perfecto con lo inalcanzable, de la mixtura entre la violencia rebelde de Charly y la poesía equilibrada de Spinetta, entre el rock de uno y otro. Dios hubiera muerto de envidia (y le hubiera dado la razón a Nietzsche en ese segundo), hubiera muerto de envidia de ver tocar a esos dos. Y digo más: por eso no lo hicieron. Para no desafiar a lo inasible, a Dios. Para no desafiarlo, no se juntaron. Ni siquiera te digo que no tocaron porque Dios así lo quiso, que por otro lado no me quedan dudas, Él no quiso, porque se hubiera querido morir de envidia de esa conexión que el jamás podrá sentir al ser único e irrepetible; pero esos dos, son dos dioses, son pares y siempre lo que hacen dos es mejor que lo que hace uno. Pero no, no digo que fue por decisión de Dios. Fue decisión de ellos no desafiar a esa fuerza creadora. No quisieron fundar un culto nuevo, una nueva religión. Se dieron cuenta que era demasiado para esta tierra. Demasiado fuego bajo el pecho y quemando los instrumentos.Demasiado ego, demasiada la sed verdadera de los dos de asir lo más intangible de la música; por eso mejor, basta de pensar. Basta de pensar el disco ese inexistente que nunca saldrá. Porque, menos mal.

martes, 25 de noviembre de 2014

Homenaje a Gustavo Cerati

Les dejo el homenaje que le hicieron en TV Pública a Gustavo Cerati varios artistas de los más genios.  Para que disfruten y recuerden a un grande.







Parte 1: Catupecu Machu (Persiana americana) / Rayos Laser (Otra piel) / Leo García (Lago en el cielo) / Massacre (La excepción) / Richard Coleman (Estoy azulado) / Eruca Sativa (Corazón delator)



Parte 2: Fresco - Nalé - Rano - Samalea (Avenida Alcorta) / Lisandro Aristimuño (Ella usó mi cabeza como un revolver) / Fito Páez (Cosas imposibles)



Parte 3: Cuentos borgeanos (Dejá vu) / Guillermo Beresñac (El rito) / Ricardo Mollo - Leo García
(Crimen)



Parte 4: Julio Moura (Un misil en mi placard) / Charly García - Benito Cerati (Vampiro)





lunes, 22 de septiembre de 2014

De pasados y brotes

El pasado es así: no tiene sentido echarle tierra encima. Al contrario, es contraproducente; mientras más tierras le tires, más probabilidades de prolongación en el presente y en el futuro le estás dando. Porque es así el pasado. Vos le tirás, le tirás tierra. Pero apenas te descuidaste mirando un rayito de sol, o viendo un pez nadar en la corriente, apenas lo perdiste un segundito de vista, te creció un brote en toda la tierra que le tiraste encima. Es que sí, uno tira tierra, pero siempre queda alguna semilla que uno no se percata. Te distrajiste y creció un brote. Hasta ahí todo bien, qué se yo. Un brote, piensa uno, no es muy fuerte. Se lo deshierba y chau pasado. Pero no. Porque de golpe cuando estás tirando del tierno tallo del brote, te das cuenta que tiene una raíz muy honda, muy zigzagueante que se afirma a toda la tierra esa que tiraste antes. Y ahí sí te quiero ver.
Por eso, no está bueno tirarle tierra al pasado encima; enterrarlo no sirve, solamente hace que después cuando pensás que te lo olvidaste, tengas una plaga de brotecitos ahí, naciendo y negándose a ser desmalezados. Porque es así, el pasado. Le gusta ser terco y resistirse a ser olvidado.

martes, 9 de septiembre de 2014

Hoy te sentís así: catapultado

Hoy te sentís así: catapultado. Catapultado a otro infinito que no es este tuyo, tan tuyo. Así: catapultado, como volando a gran velocidad, como estallando en las capas de la atmósfera hacia estrellas varias. Como si se te hubiera metido una bandada de pájaros y sus trinos estuvieran empujando por salir. A empellones, a correntadas que cosquillean. Catapultándote, hacia ese infinito, el otro. El que no es tuyo, tan tuyo, sino simplemente ése. El que se ve cuando abrís los ojos a la mañanita, cuando bostezas con gusto a desayuno imaginario ya en la boca y olorcito a tostada haciéndose despacito en la nariz. ¿Viste que es así, sentirse catapultado? Así: sentirse catapultado es como amanecer y sentir el desayuno que te vas a preparar. Como saber que tenés un día claro y tibio esperándote, con el sol así, acunador y transparente, lleno de luz, de deliciosa luz luminosa. Como saber que la lluvia llega hasta aquí y solo basta con limitarse a vivir; como nevizca en el claro de un bosque de montaña; como la luz en primavera, así es sentirse catapultado. Sabe bien, sentirse catapultado: es como una tensión que te obliga a sonreír, que crispa apenas la columna, como sin querer hacerte doler, apenas como para arquear la espalda y de pronto quebrarse y empujarte hacia adelante. Adelante, siempre adelante, como una corrida de caballos salvajes cortando el río, una navaja helada de suspiros. Eso: sentirse catapultado es una exhalación, un simple respiro que apenas entró en tus pulmones ya salió girando en briznas de pastito verde, tierno y limpio.
Así es catapultarse: respirar y sentir el aire azulado y fresco; la luz clarita y el sol tibio; el olor del desayuno y el sabor del mate amargo, la aspereza de las hojas viejas de un libro amarillento y el sonido de las notas derramándose por la gastada fricción de un vinilo color verde Artaud en funcionamiento; la suavidad de las gotas estrellandosé contra la ventana-balcón y el color de la noche en la ciudad cuando se diluyen las luces con las aguas que caen del cielo tormentoso; todo eso. Y también el rumor de los arroyos de montaña, la caminata entre los árboles, el impulso ese, loco, de seguir y seguir, no importa el paso que sea, siempre adelante, porque sentirse catapultado es inmensamente motivador, porque tiene el olor, el color, el sabor, la textura y el sonido de todo aquello que es hermosamente dulce y hermosamente rico, hermosamente equilibrado, pacífico, así, como simplemente bello. Por eso hoy te levantaste y te sentiste así: catapultado. Qué bueno, amigo. Que aproveches el impulso.

martes, 26 de agosto de 2014

La señorita Cora - Julio Cortázar

We'll send your love to college, all for a year or two, 
And then perhaps in time the boy will do for you. 
-The trees that grow so high.
(Canción folclórica inglesa)

No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director. Podrían traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya acostumbrando, entró tan pálido el pobrecito como si fueran a operarlo en seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su padre también estaba nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me dejarían con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría, siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y hacerse el hombre grande. La impresión que le habrá hecho cuando se dio cuenta de que no me dejaban quedarme, menos mal que su padre le dio charla, le hizo poner el piyama y meterse en la cama. Y todo por esa mocosa de enfermera, yo me pregunto si verdaderamente tiene órdenes de los médicos o si lo hace por pura maldad. Pero bien que se lo dije, bien que le pregunté si estaba segura de que tenía que irme. No hay más que mirarla para darse cuenta de quién es, con esos aires de vampiresa y ese delantal ajustado, una chiquilina de porquería que se cree la directora de la clínica. Pero eso sí, no se la llevó de arriba, le dije lo que pensaba y eso que el nene no sabía donde meterse de vergüenza y su padre se hacía el desentendido y de paso seguro que le miraba las piernas como de costumbre. Lo único que me consuela es que el ambiente es bueno, se nota que es una clínica para personas pudientes; el nene tiene un velador de lo más lindo para leer sus revistas, y por suerte su padre se acordó de traerle caramelos de menta que son los que más le gustan. Pero mañana por la mañana, eso sí, lo primero que hago es hablar con el doctor De Luisi para que la ponga en su lugar a esa mocosa presumida. Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer cada papelón. Seguro que la enfermera va a pensar que no soy capaz de pedir lo que necesito, me miró de una manera cuando mamá le estaba protestando... Está bien, si no la dejaban quedarse qué le vamos a hacer, ya soy bastante grande para dormir solo de noche, me parece. Y en esta cama se dormirá bien, a esta hora ya no se oye ningún ruido, a veces de lejos el zumbido del ascensor que me hace acordar a esa película de miedo que también pasaba en una clínica, cuando a medianoche se abría poco a poco la puerta y la mujer paralítica en la cama veía entrar al hombre de la máscara blanca...

La enfermera es bastante simpática, volvió a las seis y media con unos papeles y me empezó a preguntar mi nombre completo, la edad y esas cosas. Yo guardé la revista en seguida porque hubiera quedado mejor estar leyendo un libro de veras y no una fotonovela, y creo que ella se dio cuenta pero no dijo nada, seguro que todavía estaba enojada por lo que le había dicho mamá y pensaba que yo era igual que ella y que le iba a dar órdenes o algo así. Me preguntó si me dolía el apéndice y le dije que no, que esa noche estaba muy bien. "A ver el pulso", me dijo, y después de tomármelo anotó algo más en la planilla y la colgó a los pies de la cama. "¿Tenés hambre?", me preguntó, y yo creo que me puse colorado porque me tomó de sorpresa que me tuteara, es tan joven que me hizo impresión. Le dije que no, aunque era mentira porque a esa hora siempre tengo hambre. "Esta noche vas a cenar muy liviano", dijo ella, y cuando quise darme cuenta ya me había quitado el paquete de caramelos de menta y se iba. No sé si empecé a decirle algo, creo que no. Me daba una rabia que me hiciera eso como a un chico, bien podía haberme dicho que no tenía que comer caramelos, pero llevárselos... Seguro que estaba furiosa por lo de mamá y se desquitaba conmigo, de puro resentida; qué sé yo, después que se fue se me pasó de golpe el fastidio, quería seguir enojado con ella pero no podía. Qué joven es, clavado que no tiene ni diecinueve años, debe haberse recibido de enfermera hace muy poco. A lo mejor viene para traerme la cena; le voy a preguntar cómo se llama, si va a ser mi enfermera tengo que darle un nombre. Pero en cambio vino otra, una señora muy amable vestida de azul que me trajo un caldo y bizcochos y me hizo tomar unas pastillas verdes. También ella me preguntó cómo me llamaba y si me sentía bien, y me dijo que en esta pieza dormiría tranquilo porque era una de las mejores de la clínica, y es verdad porque dormí hasta casi las ocho en que me despertó una enfermera chiquita y arrugada como un mono pero muy amable, que me dijo que podía levantarme y lavarme pero antes me dio un termómetro y me dijo que me lo pusiera como se hace en estas clínicas, y yo no entendí porque en casa se pone debajo del brazo, y entonces me explicó y se fue. Al rato vino mamá y qué alegría verlo tan bien, yo que me temía que hubiera pasado la noche en blanco el pobre querido, pero los chicos son así, en la casa tanto trabajo y después duermen a pierna suelta aunque estén lejos de su mamá que no ha cerrado los ojos la pobre. El doctor De Luisi entró para revisar al nene y yo me fui un momento afuera porque ya está grandecito, y me hubiera gustado encontrármela a la enfermera de ayer para verle bien la cara y ponerla en su sitio nada más que mirándola de arriba a abajo, pero no había nadie en el pasillo. Casi en seguida salió el doctor De Luisi y me dijo que al nene iban a operarlo a la mañana siguiente, que estaba muy bien y en las mejores condiciones para la operación, a su edad una apendicitis es una tontería. Le agradecí mucho y aproveché para decirle que me había llamado la atención la impertinencia de la enfermera de la tarde, se lo decía porque no era cosa de que a mi hijo fuera a faltarle la atención necesaria. Después entré en la pieza para acompañar al nene que estaba leyendo sus revistas y ya sabía que lo iban a operar al otro día. Como si fuera el fin del mundo, me mira de un modo la pobre, pero si no me voy a morir, mamá, haceme un poco el favor. Al Cacho le sacaron el apéndice en el hospital y a los seis días ya estaba queriendo jugar al fútbol. Andate tranquila que estoy muy bien y no me falta nada. Sí, mamá, sí, diez minutos queriendo saber si me duele aquí o mas allá, menos mal que se tiene que ocupar de mi hermana en casa, al final se fue y yo pude terminar la fotonovela que había empezado anoche.

La enfermera de la tarde se llama la señorita Cora, se lo pregunté a la enfermera chiquita cuando me trajo el almuerzo; me dieron muy poco de comer y de nuevo pastillas verdes y unas gotas con gusto a menta; me parece que esas gotas hacen dormir porque se me caían las revistas de la mano y de golpe estaba soñando con el colegio y que íbamos a un picnic con las chicas del normal como el año pasado y bailábamos a la orilla de la pileta, era muy divertido. Me desperté a eso de las cuatro y media y empecé a pensar en la operación, no que tenga miedo, el doctor De Luisi dijo que no es nada, pero debe ser raro la anestesia y que te corten cuando estás dormido, el Cacho decía que lo peor es despertarse, que duele mucho y por ahí vomitás y tenés fiebre. El nene de mamá ya no está tan garifo como ayer, se le nota en la cara que tiene un poco de miedo, es tan chico que casi me da lástima. Se sentó de golpe en la cama cuando me vio entrar y escondió la revista debajo de la almohada. La pieza estaba un poco fría y fui a subir la calefacción, después traje el termómetro y se lo di. "¿Te lo sabes poner?", le pregunté, y las mejillas parecía que iban a reventársele de rojo que se puso. Dijo que sí con la cabeza y se estiró en la cama mientras yo bajaba las persianas y encendía el velador. Cuando me acerqué para que me diera el termómetro seguía tan ruborizado que estuve a punto de reírme, pero con los chicos de esa edad siempre pasa lo mismo, les cuesta acostumbrarse a esas cosas. Y para peor me mira en los ojos, por qué no le puedo aguantar esa mirada si al final no es más que una mujer, cuando saqué el termómetro de debajo de las frazadas y se lo alcancé, ella me miraba y yo creo que se sonreía un poco, se me debe notar tanto que me pongo colorado, es algo que no puedo evitar, es más fuerte que yo. Después anotó la temperatura en la hoja que está a los pies de la cama y se fue sin decir nada. Ya casi no me acuerdo de lo que hablé con papá y mamá cuando vinieron a verme a las seis. Se quedaron poco porque la señorita Cora les dijo que había que prepararme y que era mejor que estuviese tranquilo la noche antes. Pensé que mamá iba a soltarle alguna de las suyas pero la miró nomás de arriba abajo, y papá también pero yo al viejo le conozco las miradas, es algo muy diferente. Justo cuando se estaba yendo la oí a mamá que le decía a la señorita Cora: "Le agradeceré que lo atienda bien, es un niño que ha estado siempre muy rodeado por su familia", o alguna idiotez por el estilo, y me hubiera querido morir de rabia, ni siquiera escuché lo que le contestó la señorita Cora, pero estoy seguro de que no le gustó, a lo mejor piensa que me estuve quejando de ella o algo así.

Volvió a eso de las seis y media con una mesita de esas de ruedas llena de frascos y algodones, y no sé por qué de golpe me dio un poco de miedo, en realidad no era miedo pero empecé a mirar lo que había en la mesita, toda clase de frascos azules o rojos, tambores de gasa y también pinzas y tubos de goma, el pobre debía estar empezando a asustarse sin la mamá que parece un papagayo endomingado, le agradeceré que atienda bien al nene, mire que he hablado con el doctor De Luisi, pero sí, señora, se lo vamos a atender como a un príncipe. Es bonito su nene, señora, con esas mejillas que se le arrebolan apenas me ve entrar. Cuando le retiré las frazadas hizo un gesto como para volver a taparse, y creo que se dio cuenta de que me hacía gracia verlo tan pudoroso. "A ver, bajate el pantalón del piyama", le dije sin mirarlo en la cara. "¿El pantalón?", preguntó con una voz que se le quebró en un gallo. "Si, claro, el pantalón", repetí, y empezó a soltar el cordón y a desabotonarse con unos dedos que no le obedecían. Le tuve que bajar yo misma el pantalón hasta la mitad de los muslos, y era como me lo había imaginado. "Ya sos un chico crecidito", le dije, preparando la brocha y el jabón aunque la verdad es que poco tenía para afeitar. "¿Cómo te llaman en tu casa?", le pregunté mientras lo enjabonaba. "Me llamo Pablo", me contestó con una voz que me dio lástima, tanta era la vergüenza. "Pero te darán algún sobrenombre", insistí, y fue todavía peor porque me pareció que se iba a poner a llorar mientras yo le afeitaba los pocos pelitos que andaban por ahí. "¿Así que no tenés ningún sobrenombre? Sos el nene solamente, claro." Terminé de afeitarlo y le hice una seña para que se tapara, pero él se adelantó y en un segundo estuvo cubierto hasta el pescuezo. "Pablo es un bonito nombre", le dije para consolarlo un poco; casi me daba pena verlo tan avergonzado, era la primera vez que me tocaba atender a un muchachito tan joven y tan tímido, pero me seguía fastidiando algo en él que a lo mejor le venía de la madre, algo más fuerte que su edad y que no me gustaba, y hasta me molestaba que fuera tan bonito y tan bien hecho para sus años, un mocoso que ya debía creerse un hombre y que a la primera de cambio sería capaz de soltarme un piropo.

Me quedé con los ojos cerrados, era la única manera de escapar un poco de todo eso, pero no servía de nada porque justamente en ese momento agregó: "¿Así que no tenés ningún sobrenombre. Sos el nene solamente, claro", y yo hubiera querido morirme, o agarrarla por la garganta y ahogarla, y cuando abrí los ojos le vi el pelo castaño casi pegado a mi cara porque se había agachado para sacarme un resto de jabón, y olía a shampoo de almendra como el que se pone la profesora de dibujo, o algún perfume de esos, y no supe qué decir y lo único que se me ocurrió fue preguntarle: "¿Usted se llama Cora, verdad?" Me miró con aire burlón, con esos ojos que ya me conocían y que me habían visto por todos lados, y dijo: "La señorita Cora." Lo dijo para castigarme, lo sé, igual que antes había dicho: "Ya sos un chico crecidito", nada más que para burlarse. Aunque me daba rabia tener la cara colorada, eso no lo puedo disimular nunca y es lo peor que me puede ocurrir, lo mismo me animé a decirle: "Usted es tan joven que... Bueno, Cora es un nombre muy lindo." No era eso, lo que yo había querido decirle era otra cosa y me parece que se dio cuenta y le molestó, ahora estoy seguro de que está resentida por culpa de mamá, yo solamente quería decirle que era tan joven que me hubiera gustado poder llamarla Cora a secas, pero cómo se lo iba a decir en ese momento cuando se había enojado y ya se iba con la mesita de ruedas y yo tenía unas ganas de llorar, esa es otra cosa que no puedo impedir, de golpe se me quiebra la voz y veo todo nublado, justo cuando necesitaría estar más tranquilo para decir lo que pienso. Ella iba a salir pero al llegar a la puerta se quedó un momento como para ver si no se olvidaba de alguna cosa, y yo quería decirle lo que estaba pensando pero no encontraba las palabras y lo único que se me ocurrió fue mostrarle la taza con el jabón, se había sentado en la cama y después de aclararse la voz dijo: "Se le olvida la taza con el jabón", muy seriamente y con un tono de hombre grande. Volví a buscar la taza y un poco para que se calmara le pasé la mano por la mejilla. "No te aflijas, Pablito", le dije. "Todo irá bien, es una operación de nada." Cuando lo toqué echó la cabeza atrás como ofendido, y después resbaló hasta esconder la boca en el borde de las frazadas. Desde ahí, ahogadamente, dijo: "Puedo llamarla Cora, ¿verdad?" Soy demasiado buena, casi me dio lástima tanta vergüenza que buscaba desquitarse por otro lado, pero sabía que no era el caso de ceder porque después me resultaría difícil dominarlo, y a un enfermo hay que dominarlo o es lo de siempre, los líos de María Luisa en la pieza catorce o los retos del doctor De Luisi que tiene un olfato de perro para esas cosas. "Señorita Cora", me dijo tomando la taza y yéndose. Me dio una rabia, unas ganas de pegarle, de saltar de la cama y echarla a empujones, o de... Ni siquiera comprendo cómo pude decirle: "Si yo estuviera sano a lo mejor me trataría de otra manera." Se hizo la que no oía, ni siquiera dio vuelta la cabeza, y me quedé solo y sin ganas de leer, sin ganas de nada, en el fondo hubiera querido que me contestara enojada para poder pedirle disculpas porque en realidad no era lo que yo había pensado decirle, tenía la garganta tan cerrada que no sé cómo me habían salido las palabras, se lo había dicho de pura rabia pero no era eso, o a lo mejor sí pero de otra manera.

Y sí, son siempre lo mismo, una los acaricia, les dice una frase amable, y ahí nomás asoma el machito, no quieren convencerse de que todavía son unos mocosos. Esto tengo que contárselo a Marcial, se va a divertir y cuando mañana lo vea en la mesa de operaciones le va a hacer todavía más gracia, tan tiernito el pobre con esa carucha arrebolada, maldito calor que me sube por la piel, cómo podría hacer para que no me pase eso, a lo mejor respirando hondo antes de hablar, que sé yo. Se debe haber ido furiosa, estoy seguro de que escuchó perfectamente, no sé cómo le dije eso, yo creo que cuando le pregunté si podía llamarla Cora no se enojó, me dijo lo de señorita porque es su obligación pero no estaba enojada, la prueba es que vino y me acarició la cara; pero no, eso fue antes, primero me acarició y entonces yo le dije lo de Cora y lo eché todo a perder. Ahora estamos peor que antes y no voy a poder dormir aunque me den un tubo de pastillas. La barriga me duele de a ratos, es raro pasarse la mano y sentirse tan liso, lo malo es que me vuelvo a acordar de todo y del perfume de almendras, la voz de Cora, tiene una voz muy grave para una chica tan joven y linda, una voz como de cantante de boleros, algo que acaricia aunque esté enojada. Cuando oí pasos en el corredor me acosté del todo y cerré los ojos, no quería verla, no me importaba verla, mejor que me dejara en paz, sentí que entraba y que encendía la luz del cielo raso, se hacía el dormido como un angelito, con una mano tapándose la cara, y no abrió los ojos hasta que llegué al lado de la cama. Cuando vio lo que traía se puso tan colorado que me volvió a dar lástima y un poco de risa, era demasiado idiota realmente. "A ver, m'hijito, bájese el pantalón y dese vuelta para el otro lado", y el pobre a punto de patalear como haría con la mamá cuando tenía cinco años, me imagino, a decir que no y a llorar y a meterse debajo de las cobijas y a chillar, pero el pobre no podía hacer nada de eso ahora, solamente se había quedado mirando el irrigador y después a mí que esperaba, y de golpe se dio vuelta y empezó a mover las manos debajo de las frazadas pero no atinaba a nada mientras yo colgaba el irrigador en la cabecera, tuve que bajarle las frazadas y ordenarle que levantara un poco el trasero para correrle mejor el pantalón y deslizarle una toalla. "A ver, subí un poco las piernas, así está bien, echate más de boca, te digo que te eches más de boca, así." Tan callado que era casi como si gritara, por una parte me hacía gracia estarle viendo el culito a mi joven admirador, pero de nuevo me daba un poco de lástima por él, era realmente como si lo estuviera castigando por lo que me había dicho. "Avisá si está muy caliente", le previne, pero no contestó nada, debía estar mordiéndose un puño y yo no quería verle la cara y por eso me senté al borde de la cama y esperé a que dijera algo, pero aunque era mucho líquido lo aguantó sin una palabra hasta el final, y cuando terminó le dije, y eso sí se lo dije para cobrarme lo de antes: "Así me gusta, todo un hombrecito", y lo tapé mientras le recomendaba que aguantase lo más posible antes de ir al baño. "¿Querés que te apague la luz o te la dejo hasta que te levantes?", me preguntó desde la puerta. No sé cómo alcancé a decirle que era lo mismo, algo así, y escuché el ruido de la puerta al cerrarse y entonces me tapé la cabeza con las frazadas y qué le iba a hacer, a pesar de los cólicos me mordí las dos manos y lloré tanto que nadie, nadie puede imaginarse lo que lloré mientras la maldecía y la insultaba y le clavaba un cuchillo en el pecho cinco, diez, veinte veces, maldiciéndola cada vez y gozando de lo que sufría y de cómo me suplicaba que la perdonase por lo que me había hecho.

Es lo de siempre, che Suárez, uno corta y abre, y en una de esas la gran sorpresa. Claro que a la edad del pibe tiene todas las chances a su favor, pero lo mismo le voy a hablar claro al padre, no sea cosa que en una de esas tengamos un lío. Lo más probable es que haya una buena reacción, pero ahí hay algo que falla, pensá en lo que pasó al comienzo de la anestesia: parece mentira en un pibe de esa edad. Lo fui a ver a las dos horas y lo encontré bastante bien si pensás en lo que duró la cosa. Cuando entró el doctor De Luisi yo estaba secándole la boca al pobre, no terminaba de vomitar y todavía le duraba la anestesia pero el doctor lo auscultó lo mismo y me pidió que no me moviera de su lado hasta que estuviera bien despierto. Los padres siguen en la otra pieza, la buena señora se ve que no está acostumbrada a estas cosas, de golpe se le acabaron las paradas, y el viejo parece un trapo. Vamos, Pablito, vomitá si tenés ganas y quejate todo lo que quieras, yo estoy aquí, sí, claro que estoy aquí, el pobre sigue dormido pero me agarra la mano como si se estuviera ahogando. Debe creer que soy la mamá, todos creen eso, es monótono. Vamos, Pablo, no te muevas así, quieto que te va a doler más, no, dejá las manos tranquilas, ahí no te podes tocar. Al pobre le cuesta salir de la anestesia. Marcial me dijo que la operación había sido muy larga. Es raro, habrán encontrado alguna complicación: a veces el apéndice no está tan a la vista, le voy a preguntar a Marcial esta noche. Pero sí, m'hijito, estoy aquí, quéjese todo lo que quiera pero no se mueva tanto, yo le voy a mojar los labios con este pedacito de hielo en una gasa, así se le va pasando la sed. Si, querido, vomitá más, aliviate todo lo que quieras. Qué fuerza tenés en las manos, me vas a llenar de moretones, sí, sí, llorá si tenés ganas, llorá, Pablito, eso alivia, llorá y quejate, total estás tan dormido y creés que soy tu mamá. Sos bien bonito, sabés, con esa nariz un poco respingada y esas pestañas como cortinas, parecés mayor ahora que estás tan pálido. Ya no te pondrías colorado por nada, verdad, mi pobrecito. Me duele, mamá, me duele aquí, dejame que me saque ese peso que me han puesto, tengo algo en la barriga que pesa tanto y me duele, mamá, decile a la enfermera que me saque eso. Sí, m'hijito, ya se le va a pasar, quédese un poco quieto, por qué tendrás tanta fuerza, voy a tener que llamar a María Luisa para que me ayude. Vamos, Pablo, me enojo si no te estás quieto, te va a doler mucho más si seguís moviéndote tanto. Ah, parece que empezás a darte cuenta, me duele aquí, señorita Cora, me duele tanto aquí, hágame algo por favor, me duele tanto aquí, suélteme las manos, no puedo más, señorita Cora, no puedo más.
Menos mal que se ha dormido el pobre querido, la enfermera me vino a buscar a las dos y media y me dijo que me quedara un rato con él que ya estaba mejor, pero lo veo tan pálido, ha debido perder tanta sangre, menos mal que el doctor De Luisi dijo que todo había salido bien. La enfermera estaba cansada de luchar con él, yo no entiendo por qué no me hizo entrar antes, en esta clínica son demasiado severos. Ya es casi de noche y el nene ha dormido todo el tiempo, se ve que está agotado, pero me parece que tiene mejor cara, un poco de color. Todavía se queja de a ratos pero ya no quiere tocarse el vendaje y respira tranquilo, creo que pasará bastante buena noche. Como si yo no supiera lo que tengo que hacer, pero era inevitable; apenas se le pasó el primer susto a la buena señora le salieron otra vez los desplantes de patrona, por favor que al nene no le vaya a faltar nada por la noche, señorita. Decí que te tengo lástima, vieja estúpida, si no ya ibas a ver cómo te trataba. Las conozco a éstas, creen que con una buena propina el último día lo arreglan todo. Y a veces la propina ni siquiera es buena, pero para qué seguir pensando, ya se mandó mudar y todo está tranquilo. Marcial, quedate un poco, no ves que el chico duerme, contame lo que pasó esta mañana. Bueno, si estás apurado lo dejamos para después. No, mirá que puede entrar María Luisa, aquí no, Marcial. Claro, el señor se sale con la suya, ya te he dicho que no quiero que me beses cuando estoy trabajando, no está bien. Parecería que no tenemos toda la noche para besarnos, tonto. Andate. Váyase le digo, o me enojo. Bobo, pajarraco. Sí, querido, hasta luego. Claro que sí. Muchísimo.

Está muy oscuro pero es mejor, no tengo ni ganas de abrir los ojos. Casi no me duele, qué bueno estar así respirando despacio, sin esas náuseas. Todo está tan callado, ahora me acuerdo que vi a mamá, me dijo no sé qué, yo me sentía tan mal. Al viejo lo miré apenas, estaba a los pies de la cama y me guiñaba un ojo, el pobre siempre el mismo. Tengo un poco de frío, me gustaría otra frazada. Señorita Cora, me gustaría otra frazada. Pero sí estaba ahí, apenas abrí los ojos la vi sentada al lado de la ventana leyendo un revista. Vino en seguida y me arropó, casi no tuve que decirle nada porque se dio cuenta en seguida. Ahora me acuerdo, yo creo que esta tarde la confundía con mamá y que ella me calmaba, o a lo mejor estuve soñando. ¿Estuve soñando, señorita Cora? Usted me sujetaba las manos, ¿verdad? Yo decía tantas pavadas, pero es que me dolía mucho, y las náuseas... Discúlpeme, no debe ser nada lindo ser enfermera. Sí, usted se ríe pero yo sé, a lo mejor la manché y todo. Bueno, no hablaré más. Estoy tan bien así, ya no tengo frío. No, no me duele mucho, un poquito solamente. ¿Es tarde, señorita Cora? Sh, usted se queda calladito ahora, ya le he dicho que no puede hablar mucho, alégrese de que no le duela y quédese bien quieto. No, no es tarde, apenas las siete. Cierre los ojos y duerma. Así. Duérmase ahora.
Sí, yo querría pero no es tan fácil. Por momentos me parece que me voy a dormir, pero de golpe la herida me pega un tirón o todo me da vueltas en la cabeza, y tengo que abrir los ojos y mirarla, está sentada al lado de la ventana y ha puesto la pantalla para leer sin que me moleste la luz. ¿Por qué se quedará aquí todo el tiempo? Tiene un pelo precioso, le brilla cuando mueve la cabeza. Y es tan joven, pensar que hoy la confundí con mamá, es increíble. Vaya a saber qué cosas le dije, se debe haber reído otra vez de mí. Pero me pasaba hielo por la boca, eso me aliviaba tanto, ahora me acuerdo, me puso agua colonia en la frente y en el pelo, y me sujetaba las manos para que no me arrancara el vendaje. Ya no está enojada conmigo, a lo mejor mamá le pidió disculpas o algo así, me miraba de otra manera cuando me dijo: "Cierre los ojos y duérmase." Me gusta que me mire así, parece mentira lo del primer día cuando me quitó los caramelos. Me gustaría decirle que es tan linda, que no tengo nada contra ella, al contrario, que me gusta que sea ella la que me cuida de noche y no la enfermera chiquita. Me gustaría que me pusiera otra vez agua colonia en el pelo. Me gustaría que me pidiera perdón, que me dijera que la puedo llamar Cora.

Se quedó dormido un buen rato, a las ocho calculé que el doctor De Luisi no tardaría y lo desperté para tomarle la temperatura. Tenía mejor cara y le había hecho bien dormir. Apenas vio el termómetro sacó una mano fuera de las cobijas, pero le dije que se estuviera quieto. No quería mirarlo en los ojos para que no sufriera pero lo mismo se puso colorado y empezó a decir que él podía muy bien solo. No le hice caso, claro, pero estaba tan tenso el pobre que no me quedó más remedio que decirle: "Vamos, Pablo, ya sos un hombrecito, no te vas a poner así cada vez, verdad?" Es lo de siempre, con esa debilidad no pudo contener las lágrimas; haciéndome la que no me daba cuenta anoté la temperatura y me fui a prepararle la inyección. Cuando volvió yo me había secado los ojos con la sábana y tenía tanta rabia contra mí mismo que hubiera dado cualquier cosa por poder hablar, decirle que no me importaba, que en realidad no me importaba pero que no lo podía impedir. "Esto no duele nada", me dijo con la jeringa en la mano. "Es para que duermas bien toda la noche." Me destapó y otra vez sentí que me subía la sangre a la cara, pero ella se sonrió un poco y empezó a frotarme el muslo con un algodón mojado. "No duele nada", le dije porque algo tenía que decirle, no podía ser que me quedara así mientras ella me estaba mirando. "Ya ves", me dijo sacando la aguja y frotándome con el algodón. "Ya ves que no duele nada. Nada te tiene que doler, Pablito." Me tapó y me pasó la mano por la cara. Yo cerré los ojos y hubiera querido estar muerto, estar muerto y que ella me pasara la mano por la cara, llorando.

Nunca entendí mucho a Cora pero esta vez se fue a la otra banda. La verdad que no me importa si no entiendo a las mujeres, lo único que vale la pena es que lo quieran a uno. Si están nerviosas, si se hacen problema por cualquier macana, bueno nena, ya está, deme un beso y se acabó. Se ve que todavía es tiernita, va a pasar un buen rato antes de que aprenda a vivir en este oficio maldito, la pobre apareció esta noche con una cara rara y me costó media hora hacerle olvidar esas tonterías. Todavía no ha encontrado la manera de buscarle la vuelta a algunos enfermos, ya le pasó con la vieja del veintidós pero yo creía que desde entonces habría aprendido un poco, y ahora este pibe le vuelve a dar dolores de cabeza. Estuvimos tomando mate en mi cuarto a eso de las dos de la mañana, después fue a darle la inyección y cuando volvió estaba de mal humor, no quería saber nada conmigo. Le queda bien esa carucha de enojada, de tristona, de a poco se la fui cambiando, y al final se puso a reír y me contó, a esa hora me gusta tanto desvestirla y sentir que tiembla un poco como si tuviera frío. Debe ser muy tarde, Marcial. Ah, entonces puedo quedarme un rato todavía, la otra inyección le toca a las cinco y media, la galleguita no llega hasta las seis. Perdoname, Marcial, soy una boba, mirá que preocuparme tanto por ese mocoso, al fin y al cabo lo tengo dominado pero de a ratos me da lástima, a esa edad son tan tontos, tan orgullosos, si pudiera le pediría al doctor Suárez que me cambiara, hay dos operados en el segundo piso, gente grande, uno les pregunta tranquilamente si han ido de cuerpo, les alcanza la chata, los limpia si hace falta, todo eso charlando del tiempo o de la política, es un ir y venir de cosas naturales, cada uno está en lo suyo, Marcial, no como aquí, comprendés. Sí, claro que hay que hacerse a todo, cuántas veces me van a tocar chicos de esa edad, es una cuestión de técnica como decís vos. Sí, querido, claro. Pero es que todo empezó mal por culpa de la madre, eso no se ha borrado, sabés, desde el primer minuto hubo como un malentendido, y el chico tiene su orgullo y le duele, sobre todo que al principio no se daba cuenta de todo lo que iba a venir y quiso hacerse el grande, mirarme como si fueras vos, como un hombre. Ahora ya ni le puedo preguntar si quiere hacer pis, lo malo es que sería capaz de aguantarse toda la noche si yo me quedara en la pieza. Me da risa cuando me acuerdo, quería decir que sí y no se animaba, entonces me fastidió tanta tontería y lo obligué para que aprendiera a hacer pis sin moverse, bien tendido de espaldas. Siempre cierra los ojos en esos momentos pero es casi peor, está a punto de llorar o de insultarme, está entre las dos cosas y no puede, es tan chico, Marcial, y esa buena señora que lo ha de haber criado como un tilinguito, el nene de aquí y el nene de allí, mucho sombrero y saco entallado pero en el fondo el bebé de siempre, el tesorito de mamá. Ah, y justamente le vengo a tocar yo, el alto voltaje como decís vos, cuando hubiera estado tan bien con María Luisa que es idéntica a su tía y que lo hubiera limpiado por todos lados sin que se le subieran los colores a la cara. No, la verdad, no tengo suerte, Marcial.

Estaba soñando con la clase de francés cuando encendió la luz del velador, lo primero que le veo es siempre el pelo, será porque se tiene que agachar para las inyecciones o lo que sea, el pelo cerca de mi cara, una vez me hizo cosquillas en la boca y huele tan bien, y siempre se sonríe un poco cuando me está frotando con el algodón, me frotó un rato largo antes de pincharme y yo le miraba la mano tan segura que iba apretando de a poco la jeringa, el líquido amarillo que entraba despacio, haciéndome doler. "No, no me duele nada." Nunca le podré decir: "No me duele nada, Cora." Y no le voy a decir señorita Cora, no se lo voy a decir nunca. Le hablaré lo menos que pueda y no la pienso llamar señorita Cora aunque me lo pida de rodillas. No, no me duele nada. No, gracias, me siento bien, voy a seguir durmiendo. Gracias.

Por suerte ya tiene de nuevo sus colores pero todavía está muy decaído, apenas si pudo darme un beso, y a tía Esther casi no la miró y eso que le había traído las revistas y una corbata preciosa para el día en que lo llevemos a casa. La enfermera de la mañana es un amor de mujer, tan humilde, con ella sí da gusto hablar, dice que el nene durmió hasta las ocho y que bebió un poco de leche, parece que ahora van a empezar a alimentarlo, tengo que decirle al doctor Suárez que el cacao le hace mal, o a lo mejor su padre ya se lo dijo porque estuvieron hablando un rato. Si quiere salir un momento, señora, vamos a ver cómo anda este hombre. Usted quédese, señor Morán, es que a la mamá le puede hacer impresión tanto vendaje. Vamos a ver un poco, compañero. ¿Ahí duele? Claro, es natural. Y ahí, decime si ahí te duele o solamente está sensible. Bueno, vamos muy bien, amiguito. Y así cinco minutos, si me duele aquí, si estoy sensible más acá, y el viejo mirándome la barriga como si me la viera por primera vez. Es raro pero no me siento tranquilo hasta que se van, pobres viejos tan afligidos pero qué le voy a hacer, me molestan, dicen siempre lo que no hay que decir, sobre todo mamá, y menos mal que la enfermera chiquita parece sorda y le aguanta todo con esa cara de esperar propina que tiene la pobre. Mirá que venir a jorobar con lo del cacao, ni que yo fuese un niño de pecho. Me dan unas ganas de dormir cinco días seguidos sin ver a nadie, sobre todo sin ver a Cora, y despertarme justo cuando me vengan a buscar para ir a casa. A lo mejor habrá que esperar unos días más, señor Morán, ya sabrá por De Luisi que la operación fue más complicada de lo previsto, a veces hay pequeñas sorpresas. Claro que con la constitución de ese chico yo creo que no habrá problema, pero mejor dígale a su señora que no va a ser cosa de una semana como se pensó al principio. Ah, claro, bueno, de eso usted hablará con el administrador, son cosas internas. Ahora vos fijate si no es mala suerte, Marcial, anoche te lo anuncié, esto va a durar mucho más de lo que pensábamos. Sí, ya sé que no importa pero podrías ser un poco más comprensivo, sabés muy bien que no me hace feliz atender a ese chico, y a él todavía menos, pobrecito. No me mirés así, por qué no le voy a tener lástima. No me mirés así.

Nadie me prohibió que leyera pero se me caen las revistas de la mano, y eso que tengo dos episodios por terminar y todo lo que me trajo tía Esther. Me arde la cara, debo de tener fiebre o es que hace mucho calor en esta pieza, le voy a pedir a Cora que entorne un poco la ventana o que me saque una frazada. Quisiera dormir, es lo que más me gustaría, que ella estuviese allí sentada leyendo una revista y yo durmiendo sin verla, sin saber que esta allí, pero ahora no se va a quedar más de noche, ya pasó lo peor y me dejarán solo. De tres a cuatro creo que dormí un rato, a las cinco justas vino con un remedio nuevo, unas gotas muy amargas. Siempre parece que se acaba de bañar y cambiar, está tan fresca y huele a talco perfumado, a lavanda. "Este remedio es muy feo, ya sé", me dijo, y se sonreía para animarme. "No, es un poco amargo, nada más", le dije. "¿Cómo pasaste el día?", me preguntó, sacudiendo el termómetro. Le dije que bien, que durmiendo, que el doctor Suárez me había encontrado mejor, que no me dolía mucho. "Bueno, entonces podés trabajar un poco", me dijo dándome el termómetro. Yo no supe qué contestarle y ella se fue a cerrar las persianas y arregló los frascos en la mesita mientras yo me tomaba la temperatura. Hasta tuve tiempo de echarle un vistazo al termómetro antes de que viniera a buscarlo. "Pero tengo muchísima fiebre", me dijo como asustado. Era fatal, siempre seré la misma estúpida, por evitarle el mal momento le doy el termómetro y naturalmente el muy chiquilín no pierde tiempo en enterarse de que está volando de fiebre. "Siempre es así los primeros cuatro días, y además nadie te mandó que miraras", le dije, más furiosa contra mí que contra él. Le pregunté si había movido el vientre y me dijo que no. Le sudaba la cara, se la sequé y le puse un poco de agua colonia; había cerrado los ojos antes de contestarme y no los abrió mientras yo lo peinaba un poco para que no le molestara el pelo en la frente. Treinta y nueve nueve era mucha fiebre, realmente. "Tratá de dormir un rato", le dije, calculando a qué hora podría avisarle al doctor Suárez. Sin abrir los ojos hizo un gesto como de fastidio, y articulando cada palabra me dijo: "Usted es mala conmigo, Cora." No atiné a contestarle nada, me quedé a su lado hasta que abrió los ojos y me miró con toda su fiebre y toda su tristeza. Casi sin darme cuenta estiré la mano y quise hacerle una caricia en la frente, pero me rechazó de un manotón y algo debió tironearle en la herida porque se crispó de dolor. Antes de que pudiera reaccionar me dijo en voz muy baja: "Usted no sería así conmigo si me hubiera conocido en otra parte." Estuve al borde de soltar una carcajada, pero era tan ridículo que me dijera eso mientras se le llenaban los ojos de lágrimas que me pasó lo de siempre, me dio rabia y casi miedo, me sentí de golpe como desamparada delante de ese chiquilín pretencioso. Conseguí dominarme (eso se lo debo a Marcial, me ha enseñado a controlarme y cada vez lo hago mejor), y me enderecé como si no hubiera sucedido nada, puse la toalla en la percha y tapé el frasco de agua colonia. En fin, ahora sabíamos a qué atenernos, en el fondo era mucho mejor así. Enfermera, enfermo, y pare de contar. Que el agua colonia se la pusiera la madre, yo tenía otras cosas que hacerle y se las haría sin más contemplaciones. No sé por qué me quedé más de lo necesario. Marcial me dijo cuando se lo conté que había querido darle la oportunidad de disculparse, de pedir perdón. No sé, a lo mejor fue eso o algo distinto, a lo mejor me quedé para que siguiera insultándome, para ver hasta dónde era capaz de llegar. Pero seguía con los ojos cerrados y el sudor le empapaba la frente y las mejillas, era como si me hubiera metido en agua hirviendo, veía manchas violeta y rojas cuando apretaba los ojos para no mirarla sabiendo que todavía estaba allí, y hubiera dado cualquier cosa para que se agachara y volviera a secarme la frente como si yo no le hubiera dicho eso, pero ya era imposible, se iba a ir sin hacer nada, sin decirme nada, y yo abriría los ojos y encontraría la noche, el velador, la pieza vacía, un poco de perfume todavía, y me repetiría diez veces, cien veces, que había hecho bien en decirle lo que le había dicho, para que aprendiera, para que no me tratara como a un chico, para que me dejara en paz, para que no se fuera.

Empiezan siempre a la misma hora, entre seis y siete de la mañana, debe ser una pareja que anida en las cornisas del patio, un palomo que arrulla y la paloma que le contesta, al rato se cansan, se lo dije a la enfermera chiquita que viene a lavarme y a darme el desayuno, se encogió de hombros y dijo que ya otros enfermos se habían quejado de las palomas pero que el director no quería que las echaran. Ya ni sé cuánto hace que las oigo, las primeras mañanas estaba demasiado dormido o dolorido para fijarme, pero desde hace tres días escucho a las palomas y me entristecen, quisiera estar en casa oyendo ladrar a Milord, oyendo a tía Esther que a esta hora se levanta para ir a misa. Maldita fiebre que no quiere bajar, me van a tener aquí hasta quién sabe cuándo, se lo voy a preguntar al doctor Suárez esta misma mañana, al fin y al cabo podría estar lo más bien en casa. Mire, señor Morán, quiero ser franco con usted, el cuadro no es nada sencillo. No, señorita Cora, prefiero que usted siga atendiendo a ese enfermo, y le voy a decir por qué. Pero entonces. Marcial... Vení, te voy a hacer un café bien fuerte, mirá que sos potrilla todavía, parece mentira. Escuchá, vieja, he estado hablando con el doctor Suárez, y parece que el pibe...

Por suerte después se callan, a lo mejor se van volando por ahí, por toda la ciudad, tienen suerte las palomas. Qué mañana interminable, me alegré cuando se fueron los viejos, ahora les da por venir más seguido desde que tengo tanta fiebre. Bueno, si me tengo que quedar cuatro o cinco días más aquí, qué importa. En casa sería mejor, claro, pero lo mismo tendría fiebre y me sentiría tan mal de a ratos. Pensar que no puedo ni mirar una revista, es una debilidad como si no me quedara sangre. Pero todo es por la fiebre, me lo dijo anoche el doctor De Luisi y el doctor Suárez me lo repitió esta mañana, ellos saben. Duermo mucho pero lo mismo es como si no pasara el tiempo, siempre es antes de las tres como si a mí me importaran las tres o las cinco. Al contrario, a las tres se va la enfermera chiquita y es una lástima porque con ella estoy tan bien. Si me pudiera dormir de un tirón hasta la medianoche sería mucho mejor. Pablo, soy yo, la señorita Cora. Tu enfermera de la noche que te hace doler con las inyecciones. Ya sé que no te duele, tonto, es una broma. Seguí durmiendo si querés, ya está. Me dijo: "Gracias" sin abrir los ojos, pero hubiera podido abrirlos, sé que con la galleguita estuvo charlando a mediodía aunque le han prohibido que hable mucho. Antes de salir me di vuelta de golpe y me estaba mirando, sentí que todo el tiempo me había estado mirando de espaldas. Volví y me senté al lado de la cama, le tomé el pulso, le arreglé las sábanas que arrugaba con sus manos de fiebre. Me miraba el pelo, después bajaba la vista y evitaba mis ojos. Fui a buscar lo necesario para prepararlo y me dejó hacer sin una palabra, con los ojos fijos en la ventana, ignorándome. Vendrían a buscarlo a las cinco y media en punto, todavía le quedaba un rato para dormir, los padres esperaban en la planta baja porque le hubiera hecho impresión verlos a esa hora. El doctor Suárez iba a venir un rato antes para explicarle que tenían que completar la operación, cualquier cosa que no lo inquietara demasiado. Pero en cambio mandaron a Marcial, me tomó de sorpresa verlo entrar así pero me hizo una seña para que no me moviera y se quedó a los pies de la cama leyendo la hoja de temperatura hasta que Pablo se acostumbrara a su presencia. Le empezó a hablar un poco en broma, armó la conversación como él sabe hacerlo, el frío en la calle, lo bien que se estaba en ese cuarto, él lo miraba sin decir nada, como esperando, mientras yo me sentía tan rara, hubiera querido que Marcial se fuera y me dejara sola con él, yo hubiera podido decírselo mejor que nadie, aunque quizá no, probablemente no. Pero si ya lo sé, doctor, me van a operar de nuevo, usted es el que me dio la anestesia la otra vez, y bueno, mejor eso que seguir en esta cama y con esta fiebre. Yo sabía que al final tendrían que hacer algo, por qué me duele tanto desde ayer, un dolor diferente, desde más adentro. Y usted, ahí sentada, no ponga esa cara, no se sonría como si me viniera a invitar al cine. Váyase con él y béselo en el pasillo, tan dormido no estaba la otra tarde cuando usted se enojó con él porque la había besado aquí. Váyanse los dos, déjenme dormir, durmiendo no me duele tanto.

Y bueno, pibe, ahora vamos a liquidar este asunto de una vez por todas, hasta cuándo nos vas a estar ocupando una cama, che. Contá despacito, uno, dos, tres. Así va bien, vos seguí contando y dentro de una semana estás comiendo un bife jugoso en casa. Un cuarto de hora a gatas, nena, y vuelta a coser. Había que verle la cara a De Luisi, uno no se acostumbra nunca del todo a estas cosas. Mirá, aproveché para pedirle a Suárez que te relevaran como vos querías, le dije que estás muy cansada con un caso tan grave; a lo mejor te pasan al segundo piso si vos también le hablás. Está bien, hacé como quieras, tanto quejarte la otra noche y ahora te sale la samaritana. No te enojés conmigo, lo hice por vos. Sí, claro que lo hizo por mí pero perdió el tiempo, me voy a quedar con él esta noche y todas las noches. Empezó a despertarse a las ocho y medía, los padres se fueron en seguida porque era mejor que no los viera con la cara que tenían los pobres, y cuando llegó el doctor Suárez me preguntó en voz baja si quería que me relevara María Luisa, pero le hice una seña de que me quedaba y se fue. María Luisa me acompañó un rato porque tuvimos que sujetarlo y calmarlo, después se tranquilizó de golpe y casi no tuvo vómitos; está tan débil que se volvió a dormir sin quejarse mucho hasta las diez. Son las palomas, vas a ver, mamá, ya están arrullando como todas las mañanas, no sé por qué no las echan, que se vuelen a otro árbol. Dame la mano, mamá, tengo tanto frío. Ah, entonces estuve soñando, me parecía que ya era de mañana y que estaban las palomas. Perdóneme, la confundí con mamá. Otra vez desviaba la mirada, se volvía a su encono, otra vez me echaba a mí toda la culpa. Lo atendí como si no me diera cuenta de que seguía enojado, me senté junto a él y le mojé los labios con hielo. Cuando me miró, después que le puse agua colonia en las manos y la frente, me acerqué más y le sonreí. "Llamame Cora", le dije. "Yo sé que no nos entendimos al principio, pero vamos a ser tan buenos amigos, Pablo." Me miraba callado. "Decime: Sí, Cora." Me miraba, siempre. "Señorita Cora", dijo después, y cerró los ojos. "No, Pablo, no", le pedí, besándolo en la mejilla, muy cerca de la boca. "Yo voy a ser Cora para vos, solamente para vos." Tuve que echarme atrás, pero lo mismo me salpicó la cara. Lo sequé, le sostuve la cabeza para que se enjuagara la boca, lo volví a besar hablándole al oído. "Discúlpeme", dijo con un hilo de voz, "no lo pude contener". Le dije que no fuera tonto, que para eso estaba yo cuidándolo, que vomitara todo lo que quisiera para aliviarse. "Me gustaría que viniera mamá", me dijo, mirando a otro lado con los ojos vacíos. Todavía le acaricié un poco el pelo, le arreglé las frazadas esperando que me dijera algo, pero estaba muy lejos y sentí que lo hacía sufrir todavía más si me quedaba. En la puerta me volví y esperé; tenía los ojos muy abiertos, fijos en el cielo raso. "Pablito", le dije. "Por favor, Pablito. Por favor, querido." Volví hasta la cama, me agaché para besarlo; olía a frío, detrás del agua colonia estaba el vómito, la anestesia. Si me quedo un segundo más me pongo a llorar delante de él, por él. Lo besé otra vez y salí corriendo, bajé a buscar a la madre y a María Luisa; no quería volver mientras la madre estuviera allí, por lo menos esa noche no quería volver y después sabía demasiado bien que no tendría ninguna necesidad de volver a ese cuarto, que Marcial y María Luisa se ocuparían de todo hasta que el cuarto quedara otra vez libre.

sábado, 23 de agosto de 2014

Así, como calmo

El viento no es viento.
Es tan sólo cálido, 
así, como una brisa;
así, como suave, dulce.
El olor del tabaco, así, como amigable; 
el gusto del vino, así, como tibio; 
el sonido del infinito... 
de lo infinito, que es Spinetta.
La luz de las luces y el cristal
que me juega la piel.
La vida me juega.
El perfume a verano apuradito llegando, 
la calma y la paz, así como siendo.
La nostalgia y el recuerdo
así, como presentes, que me hacen
lo que soy; 
así, como dulcemente, soy.
Así, como calmo.

sábado, 16 de agosto de 2014

Entramado


¿Odiamos? ¿Amamos? ¿Nos nombramos sordamente y seguimos camino,
allende las orillas, los horizontes?
¿Caminamos el día hasta arribar a ese horizonte que es la noche?
¿Tan rítmica?
¿Tiene ritmo, o se lo imprimimos
nosotros?
Así como no podemos no pensar, ¿podemos no trazar un ritmo a cada instante?
¿Qué es el instante?
¿Se come? ¿Se respira? ¿Sirve para proyectar felicidad?
¿Existe la felicidad propia si existe la infelicidad ajena? ¿La gente que uno asume que es infeliz, lo es realmente? ¿Importa ello, si jamás nos detendremos a averiguarlo, y por lo tanto en la visión de realidad que nos fabricamos, es y seguirá siendo así?
¿Así cómo?
¿Podemos observar la realidad sin que nos tiemblen el pulso, los respiros y los párpados azulados de cielo, de entrecejo fruncido? ¿Podemos, acaso, no fruncir el entrecejo frente a las realidades? ¿Podemos dormir tranquilos?
¿Cuándo, hasta qué punto uno es responsable? ¡Responsable! ¿Hasta qué punto no se lo es?
¿Cómplice?
¿Asesino silencioso,
paternalista cínico, violencia simbólica?
¿Qué?
Puede uno deshilachar las notas de las melodías de los sonidos citadinos y tejer mantos con ellos para el friolento? ¿Tejer mantas que cubran de los curiosos, de los envidiosos, a los amantes?
¿Con notas de melodías, y sólo con notas y nada más que eso: notas?
¿Podremos cruzarnos cara a cara con la Idea de Música, mirarla a los ojos y decirle: te amo, nos amo juntos porque yo te hago y vos me hacés?
¿Puede uno acariciar los cimientos de su cárcel y susurrarle silenciosa, divinamente dulce: ya te desmantelaré? ¿Puede uno? ¿Puede uno ser el mismísimo susurro que invita a la desnudez, la pálida y anochecida, hermosa, hermosa desnudez? ¿Ser susurro transparente que teje mantas de músicas para los friolentos y enamorados, y ser susurro transparente y divino que desnuda a la hermosa, hermosa desnudez misma? ¿Puede uno, susurrar tejiendo calor y amoríos? ¿O laborar la poética y hacerla lanza, lanza que se clava en el ojo de quien crea fríos y espías de amantes?
¿Clavar la lanza?
¿En ese ojo aniquilador, deshumanizado?
¿Y arrancarlo, así, violentamente?
¿Desgarradoramente, casi a tirones de rabia contenida? ¿Eh? ¿Con la poesía hecha lanza que aguijonea a titiriteros del frío y el desamor? ¿Puede uno ser todo eso, hacer todo aquello?
¿Puede la gloria de todo el mundo caber en un grano de arena, diminuto grano de perfecta arena rasposa y tibia como el derrame de calor estival que se desprende del sol atardecido?
¿Puede, se puede decir, escribir todo, todo absolutamente todo lo que uno piensa-siente-duda-cuestiona-pregunta? ¿Puede uno terminar de preguntarse por las preguntas?
¿No es bellamente inquietante que unos simples signos con forma de ganchitos abran las puertas de tanto universo y tanta incertidumbre, y nos modifiquen gradual o abruptamente, éstas, nuestras vidas? 
¿Puede uno ignorar una pregunta, una vez que ésta ya se ha asentado, decantando suave, en las pupilas y el esófago, los pulmones y las plantas de los pies? ¿Eh? ¿Puede uno? ¿Podés vos?

martes, 5 de agosto de 2014

¿Y no es, acaso, este hielo, además de hielo del cielo, el hielo de la gente?

Luego de mucha ausencia de palabra, me es difícil retomar las letras; hundirme en ese líquido tibio que es el Ser y extraer materialidad de él. Volcarla, amasarla a la materialidad, mecerla y acunarla, empapelar mis paredes con ella. Me es difícil, porque luego de mucho no hacerlo, la conexión se fosiliza. Se torna pétrea, compacta. 
¿Podré accederme? ¿Serme? ¿Deletrearme? ¿Es que no sabemos por dónde caminamos, estamos ciegos o sordos? ¿Insensibles? ¿No nos dolemos de realidad roja, clara y roja sangre realidad? ¿No nos dolemos de nuestra ceguera y nuestra sordera que se fosilizan en nuestros dedos, inmovilizándolos, inmovilizándonos? ¿A nosotros? ¿Eh, mi amor? ¿No? ¿No nos dolemos? ¿Ni siquiera de ausencias, bella? ¿Ni siquiera de invisibilidades? ¿O insinuaciones? ¿Sos mi insinuación? ¿Sos una pétrea fosilización de mi inacción, figuración o literalidad, o trazo o qué, mi amor, bella? ¿No nos dolemos de realidad clara roja sangre, de frío helado, citadino de nieves desamparadas que tiritan en las esquinas y se comen los vapores de sus últimos calores abandonándolos? ¿No?
¿No te dolés, no nos dolemos de esos dedos petrificados del hielo de la ciudad? ¿Y no es, acaso, este hielo, además de hielo del cielo, el hielo de la gente? ¿Acaso? Las caras, ¿no son todo hielo? ¿No está terriblemente helado este invierno, estas gentes, vos, yo? ¿No estamos tan terriblemente helados que ni siquiera nos dolemos de este: nuestro hielo? ¿Acaso no nos dolemos de nuestra ausencia insólita, decepcionante ausencia, del dolor de dolernos y no sufrir el hielo de las gentes y los dedos fosilizados? ¿No?

lunes, 28 de julio de 2014

Banquete

Estamos sentados, a una mesa. Una mesa con maderas, con briznas de pastos lejanos. Estamos sentados y nos miran, nos miramos. Nosotros, los otros, los ellos, los acá y los allá. Las dimensiones fundidas confunden. Los límites son difusos. Las personas también.
Estamos sentados, a una mesa. Una mesa donde un cadáver exquisito se revuelca en su último atisbo a este mundo, esta mesa. Porque el mundo es una mesa, donde nos miran, nos miramos. Nosotros y los otros.
Estamos sentados, a una mesa. Encendida, ardida de voces. Ardida de tizne y carbón ojeroso, nevada de hollín -nevazón anochecida, ausente de palidez invernal-, oscura en sus bordes, clara en su centro. La mesa, el tinte negro. El color del contraste, el cadáver exquisito, las briznas de esos pastos lejanos y nosotros y los otros, que nos miran y nos miramos.
Estamos sentados, a una mesa. La mesa, esta mesa, nuestra mesa; la comida está servida. Plato frío, de entrada. Plato suculento, aceitoso, rebosante de desigualdad y vapores de satíricas imágenes de historia viva. Cadenas y sogas, para condimentar. Mezcladas en la pimienta, las liendres de los esclavos hacinados; mezclada en el vino, la sangre de los caídos masacrados; mezcladas en el agua y la sal, las lágrimas de los no caídos, los que los cayeron carcomidos en culpa. Sí, porque sobrevivir también es eso: mezcla culpa con asqueroso alivio.
Estamos sentados, a una mesa. Vamos a cortar el costillar. Lo dividiremos en partes iguales. El jugo (en realidad es sangre, pero la ilusión es nuestra debilidad) manará del corte profundo y se escurrirá por la fuente hasta los labios de los pobres decrépitos que se acuchillan por una gota de nuestro resabio. Vamos a cortar ese costillar; lo dividiremos en partes iguales y se relamerán los pobres decrépitos con nuestro resabio. Y comeremos. Hasta el hastío, comeremos. Hasta vomitar nuestro exceso para seguir comiendo. Repetiremos una, dos, tres veces. Tres insultantes, tres asquerosas veces. Y sí.
Nos miran, nos miramos. Gordos, henchidos de placer de devorar sangres y carnes, lágrimas y liendres, ojos y cabellos de ángel. De ángel desnutrido.
Y sí, porque sobrevivir, es también eso... incomprensiblemente injusto.

miércoles, 25 de junio de 2014

Cuando las ventanas dan a la calle

Al principio estabas desnuda, sentada en la cama y apoyada en la ventana. Fumabas un cigarro, y mirabas a los autos pasar por la calle oscura, apenas iluminada por un poco de luna y un poco de farol. Eras parsimoniosa, ni se movían tus músculos y en cambio los que sí se movían eran tus mares en oleajes negros, con la brisa de otoño que entraba suave, desarreglándote tan divinamente. Me mirabas con cara de incredulidad, pero yo sabía que a vos te encantaba mirarme con esa cara para ponerme nervioso. Decías que así te dabas cuenta de las intenciones de las personas. Después yo te acercaba un poco mi mano y los dedos se hundían en ese océano de cabellos. A veces cerrabas los ojos y jugabas a que eras otra persona, como si cerrando los ojos quedaras protegida de todo lo frío y agrio del mundo y, a la inversa, si los abrías, tiritabas y decías que lo único que te protegía ahí era tu pared de helada condescendencia. Tenías miedo; bah, yo también lo tenía. Todos nuestros amigos lo tenían y creo que las plantas y los gatos y perros de las veredas de las viejas, también lo tenían. Estábamos secos de tanto gris y tanta opresión. El ambiente agobiaba por la pura densidad de ese miedo.  Es más, yo te decía eso: el miedo que da la desnudez y los ojos de un otro recorriéndola. Vos te reías, no me tomabas mucho en serio, o pensabas que estaba loco, o que deliraba demasiado y a mi me encantaba verte riendoté de mi vuelo sin sentido. Pero cuando pisábamos tierra de nuevo, el miedo seguía ahí, hamacándose en la mecedora y acechándonos con ojos cínicos. La pregunta sobre cuánto tiempo más íbamos a poder escurrirnos de nuestro destino casi ineludible, seguía flotando en el aire.
En algunos momentos te acercabas, tan seductora, tan cálida y me rozabas un labio sobre los míos, y de nuevo cerrabas los ojos. El miedo se escapaba a otra parte y no eramos nada mas que eso, labios. Pero enseguida los abrías y ahí estaba el mundo de nuevo, con el frío y con lo agrio y amargo. Charlábamos poco, porque lo que más me gustaba era verte al lado de la ventana, desnuda y hermosa, con el costado deslizando luz de la calle, con el resto de la habitación a oscuras, sutilmente atravesada por unos pocos rayos de luna. Después empezaste a levantarte más seguido, a fumar más y más cigarros. El humo ya no era artístico, ahora era vicioso y sofocante. La habitación a oscuras dejó de ser un lugar seguro donde uno se sentía a salvo de ojos ajenos y empezó a ser un pozo donde estábamos completamente a la merced de nuestras propias miradas y recuerdos, tantas presencias (ausentes) sentadas a nuestro alrededor, tanto compañero muerto o difuminado en la incertidumbre, tanta herida sin costra, pura sangre aún pegajosa; los amigos que ya no veíamos, la familia. Esta tortuosa clandestinidad... Te convertiste en un espejo, y yo también. Quizás fueran nuestros egos, una lucha desigual, o no tanto, que no se soportaban más. La luna ya no salía, porque siempre anochecía con un manto de nubes. Estábamos preocupados, los nervios a flor de piel, el pánico brotándonos por los poros.
Tu voz ya no sonaba tan fresca y sensual, sino áspera, navegada por reproches y tensiones, una catarata sin final. Yo me hundía en un estado de impasibilidad absoluta, como si estuviera muy lejos y nada de lo que pudieras llegar a decir me importase. En un primer momento fue mi forma de no odiarte, de no atiborrarme de hartazgo y terminar a los gritos húmedos. Después le tomé el gusto y me encerraba en esa posición estatua, disfrutando de cómo te generaba impotencia y rabia hablarme y que mis ojos estuvieran vacíos de interés. No me acuerdo bien cuando fue la última vez que te amé apretadamente, un nudo de piernas y pieles y cabellos entrelazados. Sí me acuerdo que no fue de un día para el otro. Primero tu amargura agrietó tu cuerpo y tus ojos que ahora miraban entrecerrados, no soportando la totalidad de la luz del exterior, pero aún existía toda esa brasa que quemaba nuestros cuerpos desnudos. Poco a poco, fue paulatino el alejamiento, incluso diría que fue como un juego donde ninguno dio el brazo a torcer y se convirtió en una realidad angustiante. Y es que estábamos en la constante presión, mi amor. Ya no soportábamos la paranoia y la angustia de sabernos menos y rodeados y perseguidos, y no encontraste mejor forma de hacer catarsis que vertiendo en mí toda esa angustia que nos era tan propia a los dos.
Cuando te dije que te fueras, que ya no podíamos más compartir noches de humos y amarguras y reproches, porque ya no lo soportaba, apenas asentiste con tu cabeza, los ojos entornados como una sutil idea expirando. Asentiste así, imperceptiblemente y tomaste tu cartera, sin dirigirme una palabra, ni siquiera una mirada. Con el desdén más filoso, cerraste la puerta tras de vos y nunca más se abrió. Quedó así, cerrada y silenciosa. Esa puerta.
Hubiera deseado que no fuera la última vez que pude verte y olerte. Hubiera deseado bajar a la calle, dominar mi orgullo y mi hartazgo y tocar tus dedos, para pedirte calladamente que tomásemos un café y charlásemos, como antes, como siempre. Pero cómo es esta puta vida, las cosas no son como uno las hubiera deseado, sino simplemente como pasan. El coche te estaba esperando, porque sabían que vos salías todas las mañanas de la puerta, esa puerta que era mi cárcel o mi refugio. Vos salías tan fría, tan marchita, que ni siquiera te diste cuenta que te seguían, y cuando por fin lo sentiste, ya no había tiempo ni de llorar. Yo escuché el grito ahogado y el forcejeo, el golpe que te desmayó y la risa de los hijos de puta. Quise bajar, quise gritarte que me esperaras, que ahí iba con vos, que no te dejaba sola. Que no te dejaba sola... Quise decírtelo, que no estabas sola yéndote desmayada a un lugar ninguno, que nadie te iba a tocar ni un centímetro de tu divino cuerpo, pero cuando traté de salir, Rodolfo me lo impidió. Me gritó que no hiciera estupideces, que no había nada que se pudiera hacer y que él no podía permitirse perder dos compañeros si podía evitarlo; me encajó una trompada en la cara que me dejó tirado en el piso, llorando de impotencia y pánico, con el remordimiento masticando lento mis sienes.
Vos ya estabas en ese lugar ninguno, y yo con mi mente estaba en todos, buscándote. Solamente para decirte las palabras que me quedaron atragantadas como espasmos en la boca. Solamente para decirte que eras hermosa, así desnuda y parsimoniosa con tu cigarro y la luz de esa ventana. Solamente para decirte que nuestra rebeldía iba a permanecer entre las grietas de las baldosas salpicadas de carmesí; esas baldosas..., las que te contemplaron diluirte en incógnita.

domingo, 22 de junio de 2014

Olor a almendras

¡Somos seres humanos! Sin saber lo que es hoy... ¿un ser humano? Y sin embargo el mundo sigue bajo el sol, todo bajo el sol, debajo del sol. Figurate que el viento borra tus manos y que una chica vuela y ve florecer la luz de ese sol; que el tiempo pasa, las horas bajan, y vos: ¿dónde estás ahora? ¿Quizás soñando con dedos de pan? ¿Barcos de papel -sin alta mar-? ¿O estás robando tizas de alguna muchacha pechos de miel que no duerme y juega con nada, y que tal vez mañana despierte sobre el mar, el mar? Ah, Fermín, Fermín..., tus manos giran y giran y yo no sé dónde estás. Pero tu tristeza de aserrín ¡Ah! qué hermosa es. Descálzate, para ir.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Nota XIV


Del libro "Interrupciones I"
(escritos de 1971-1979)


¿estás vivo?/¿estás muerto?/¿hijo?/
¿vivimorís otra vez/otro día/como
moriviviste estos años
en un campo de concentración?/¿qué

hicieron de vos/hijo/dulce calor que alguna vez
niñaba al mundo/padre de mi ternura/hijo
que no acabó de vivir?/¿acabó de morir?/
pregunto si acabó de morir/el nacido el morido

a cada rato/niño
que andó temprano por la sombra/voz
que mutilaron/ojo
que vio/niñito de mi sed arrancado

a sus pedazos/a su sed/las sedes
que le abrigaban corazón/
se lo encendían mesmamente/
toda la noche golpeándome la puerta

Juan Gelman

lunes, 28 de abril de 2014

La honda palabra

Las palabras no se aman por cómo suenan. 
Sino por cómo juegan.
Cómo chocan o hablan entre sí.
La palabra que se siente
(hondo) 
no es la que parece poética. 
No.
Es la que tiene puntuación perfecta, 
equilibrio, 
es la aguerrida, 
la suave, como esponjosa. 
O la silenciosa: 
esa es, 
la más hermosa.

Disonancia

Resulta que podrías haber sido la mar y te dio miedo. Vos, vigoroso y pedante, dijiste ser la Revolución de los cuerpos desnudos y sos el trapo viejo de la lavandería. Un recuerdo hermoso y oxidado de ego. Resulta, ahora, que sólo fuiste una pieza descuajeringada, un engranaje de dientes mellados que gira en falso. Mira vos, tan gigante y eterno que te hacías ver, ahora sos una pasa de uva llena de nada, vacía de todo. De todo lo que decías estar lleno, lo cual es aún más terrible.
Resulta que decías ser el sol y ni siquiera soportabas el más mínimo roce de ninguno de sus rayos. Asombroso. Resulta que vos, maestro del aparentar, genio del artificio, decías ser yo, y yo no puedo ni reconocerme en ese espejo resquebrajado.

Resurrecciones/1 - E. Galeano

INFARTO agudo de Miocardio, zarpazo de la muerte al centro del pecho.Pasé dos semanas hundido en una cama de hospital, en Barcelona.Entonces, sacrifique mi destartalada agenda Porky 2, que ya la pobre no daba mas, y como quien no quiere la cosa, el cambio de libreta se convirtió en un repaso de los años transcurridos desde el sacrifico de la Porky 1. Mientras pasaba en limpio nombres y direcciones y teléfonos a la agenda nueva, yo iba pasando en limpio el entrevero de los tiempos y las gentes que venía de vivir, un torbellino de alegrías y lastimaduras, todas muy, siempre muy, y eso fue un largo duelo de los muertos que muertos habían quedado en la zona muerta de mi corazón, y una larga, más larga celebración de los vivos que me encendían la sangre y me crecían el corazón sobrevivido. Y nada tenía de malo, y nada tenía de raro, que se me hubiera roto el corazón, de tanto usarlo.

miércoles, 2 de abril de 2014

Puntos.

Lo lincharon, por no saber qué sentía él cada amanecer madrugador, cuando abría la puerta de su casa y salía a la calle, preparándose. Preparándose a que una parte del mundo, esa tan brillante y llamativa, tan putrefacta de desdén helado, de desidia, de vacío, lo escupiera en la cara, como siempre, como todas las mañanas madrugadoras que él amanecía.
Lo lincharon porque no entendieron nada, de nada, de nada. Y porque ya nadie entiende nada, si una cartera vale más que un pibe que se levanta temprano tiritando de frío en la humedad de su casilla, con las tripas gimiendo de hambre adolescente. Porque si su vida vale una cartera, entonces yo no quiero vivir acá. Yo prefiero ser de esos que la ciudad escupe, porque sino soy de los que escupen. Y no quiero eso, yo estoy podrido de ver eso. Y que linchen. Y que amenacen con genocidios nuevos. Y que griten insultos y frases hechas de las que Hitler estaría orgulloso. Yo estoy podrido de ver que una sociedad entera se caga en lo que realmente pasa y la solución a la que arriba es linchar a un pibe, perdón, no se entiende: ¡LINCHAR A UN NENE, A UN GUACHITO DE 18 AÑOS! De 18 años... 18 años. 18. Y es que estoy podrido y angustiado de tener que escuchar la moralina básica de todos esos asesinos enfermos psicópatas y los otros también, los que los felicitan y vitorean y aplauden orgullosos y ejemplifican: "¡Sí! ¡Así! Eso hay que hacer: matarlos a todos esos chorritos", que son los que después con aires cínicos me dicen qué tengo que hacer, qué está bien y qué está mal y qué corresponde y qué es mejor y qué es más rentable y eficiente (ah, sí, sí, porque estos piensan en esos términos tan puestos de moda en el neoliberalismo, que les quedó tatuado, aunque hayan perdido, igual lo naturalizaron).
Pero vos te olvidas, pedazo de fascista, vos te olvidás muchas cosas.
Vos te olvidás que vivís gracias a todos esos chorritos, porque en realidad los chorritos son chorritos porque primero les expropiaron hasta las ganas de vivir. Les quitaron el aire y se lo cambiaron por el humo del paco. Les pasaron por arriba con las topadoras, por el 76, en la dictadura esa que seguramente defendés. Los contrataron para pagarles 2,5 y que vos tengas más ganancia. Los culparon de todo lo que estaba mal, y lo reprodujiste en cada televisor. Y algunos lo creyeron y se contagiaron. Y hasta algunos de los mismos guachitos, se creyeron el mal de la sociedad. Violencia, eso es violencia; no una cartera de mierda marca Dior. Vos te olvidás que el 2001 no lo sufriste vos solo, mediocre de clase media, que ahora que estás mejor, lo único que te importa es que nadie te saque el mango, pero que si los demás se tienen que cagar de hambre, que se caguen. Vos te olvidás, linchador, que ese pibe tiene una historia entera y que vos y tu malidito prejuicio no te dejan ver nada de nada de toda esa historia y que las cosas no son porque sí, que ningún pibe nace chorro, que pasaron mil cosas entre medio y que seguramente vos nunca las vas a entender, porque no te importa, porque preferís linchar y creerte mejor. Te creés con derecho. Hablás de "nosotros" y de "ellos" como si el país hubiera sido hecho para vos y a tu antojo. Miserable. Egoísta. Fascista. Asesino.
Vos que linchás, y vos que aplaudís también, los dos son una mierda. Son el peor residuo de todo esto. Y algún día te juro, te prometo, que vamos a tirar la cadena.

No dejes que una bomba dañe el clavel de la bandeja (Esteban Valentino)


Acá dejo un cuento de Esteban Valentino, a propósito del 2 de abril, conmemoración de la Guerra de las Malvinas (1982). Que lo disfruten y sirva para sentir y pensar en nuestros chicos, ahora ya no tan chicos. Y en el frío de la tierra yerma que sangra juventud y sangra violencia.

Link para leer el cuento: 

https://www.yumpu.com/es/document/view/15718354/no-dejes-que-una-bomba-dane-el-clavel-de-la-bandeja

miércoles, 26 de marzo de 2014

Nunca más

Me gusta el 24 de Marzo.
Me gusta, porque estamos vivos y somos muchos. Porque respiramos todos juntos.
Me gusta, porque esos asesinos y torturadores de muchachos, y ladrones de bebés, están con el culo entre las manos sabiéndose ajusticiados. 
Me gusta también, porque planificaron la destrucción del que discute y el que cuestiona, del que es "subversivo" (el que subvierte el orden establecido, o lo intenta, o al menos lo imagina y lo construye en su cabeza, con el pensamiento); me gusta porque planificaron la destrucción de ellos, los mejores y de todos los que vinieran después, pero no. Pensaron aterrorizar tanto, que "política" sea relacionada a tal punto con muerte, con desaparición, con tortura, con lo incorrecto o lo malo, que esperaron que ya nadie se acercaría a la palabra. Fracaso. Fracaso absoluto: somos más, somos nuevos y vamos por vos, asesino, y por vos también, el que pusiste la tarasca, la logística. Vamos por todos los que tienen responsabilidad. Les vamos a llevar caramelos a la cárcel, para mirarles el rostro desgañitado, decrépito, y recordarles que recordamos, todo el día, todos los días. Todas esas cosas quisieron generar y todas esas cosas fallaron: matar a los militantes (ahora somos sus hijos), matar la inquietud por este sistema maldito (ahora volvemos los subversivos), despojar de significado a la política (ahora la usamos para construir en cada barrio), aterrorizar a tal punto que la gente se aliene en la soledad de sus casas-cárceles (ahora estamos en la plaza y somos cientos de miles los que agitados gritamos las consignas que habrán de atemorizar a cada responsable en sus agujeros podridos, por saberse en la mira, por saberse no impunes). Por saberse no impunes. Porque eso los aterroriza, los paraliza como a unos conejos asustados perseguidos en el bosque por un puma. Nunca fueron más que eso, una manga de cagones que se escondieron en el poderío material de sus aparatos y sus instrumentos de tortura. Tienen menos dignidad que la muerte tan poco digna que trataron de dispensarles a nuestros desaparecidos. ¡No nos importa! ¡Los seguimos encontrando! ¡Esos vuelos de la muerte, fueron más tu condena que nuestra desgracia! En nosotros el ejemplo se introduce hasta emborracharnos de lucha. Nos diste un espejo donde mirarnos y buscar reconocernos todos los días... ¿y con eso? Que aún nos falta mucho para reconocernos, por eso cada amanecer seguiremos intentado superarnos a nosotros mismos. ¿Qué quiero decir? Que en tu cerebro de bestia de carga (y que me perdonen los bueyes y burros y caballos), que solo podía acarrear con toda la miseria que te regalaban al por mayor desde la Escuela de las Américas y los paracaidistas franceses y todo el establishment; en tu cerebro obtuso, cuadrado y sádico, jamás imaginaste que con tus actos de torturador asqueroso, de cínico desaparecedor de vidas y cadáveres, terminarías desencadenando la peor de tus persecuciones y la más fuerte identificación de toda esta nueva Juventud. Jamás pensaste en potenciar lo que combatías, pero por eso ustedes son solados: porque obedecen, no piensan. Obedecen a los agroexportadores, a los medios masivos de comunicación, a la oligarquía podrida con olor a bosta de vaca y a los intereses del exterior. Fueron utilizados y cometieron terribles hazañas y acá nos tenés ahora a todos los nietos, los hijos, los hermanos, los sobrinos de esas generaciones, luchando como siempre para que jamás sea olvidado lo que hicieron. 
Pero vos sí. Vos vas a ser enterrado en el más profundo olvido. Los que vos desapareciste, los jóvenes maravillosos tendrán sus placas, sus nombres. Su justicia. Vos no, vos ya moriste hace mucho tiempo. 
Sólo eso fuiste, sos y serás: cáscara vacía.