domingo, 24 de septiembre de 2017

La niña con ojos de luz

Caras sin norte desatan la luna
Manos que aferran la feria del sur
Tiempo sin nada delante de un fuego
Y el color vestido

Me trepo a un zurco que emana la risa
La de una niña con ojos de luz
Barcos y flores colmaban su espacio
Y el color vestido

¿Cómo nadar para estar un día más
Con su sonrisa hecha de papel?
¿Cómo contar que su vientre no la nació aquí?

Oh que razón vendrá mirando
Oh viene a retratar mi llanto

Viene a mostrarme su juego de brujas
Quiere volverse un inmenso dragón
Nada y me muestra las algas marinas
Y el color vestido

¿Cómo dejar de senitr que allí está el amor
En cada muestra de simple virtud?
¿por qué negar que hay un sol tan puro azul?

Oh sensación vendrá mirando
Oh viene a constatar que estoy acá
Buceando en una inmensidad de arrullos

Y caricias que nada reemplazará

Fractal de bosques extintos

¿Es todo mentira, las palabras los encantos?
¿Nada data de detener el presagio sin mal?
Corres como desesperada tallando tus rasguños
Viejas piezas que te hacían acordar a algo que no eras

Nubes y nubes de cristal
Y al fondo una anciana recita cuentos de terror

Cómo anclarme en tu suspiro, mundo inacabable
Cómo retratar esa foresta, y pintarla suave
Verde oscuro, amarillento,
Azul y grises
Y divulgar que todos me han dicho que no es un mundo oscuro
Que debo ir ahí

Metanme en un clavo entero
Arránquenme de cuajo el vidrio transparente de respuestas
No me sirven nada los artificios
De esta jungla inconcreta

Despilfarrados los asuntos que miden palabras
Si al final
Nadie huyó por la escalera al sótano
Nadie tropezó en las arrugas y telarañas

Fue solo un imaginario

Fractal de bosques extintos

sábado, 16 de septiembre de 2017

Habrá

¿Habrá un lugar
donde nadie borre sus
huellas y
como destartalados
creemos mudos los perdones
que vienen a enmascarar,
aún a temer,
aún a preguntar?


lunes, 31 de julio de 2017

Ataque de Absoluto

A veces me agarra lo que me gusta denominar “Ataques de Absoluto”. Sucede repentinamente, casi sin previo aviso. Mi pensamiento continuo se detiene y me dedico sólo a percibir. Observo. Es como si todo fuera una obra de teatro. O una película. O una hermosa poesía. Básicamente me paro sobre el absoluto. Como si acabara de nacer; todo me maravilla.
Ese chico pelado de enfrente tan prolijo con sus auriculares y su agenda. Debe estar anotando una rutina de oficina. Y de repente, ¡no! ¡Eran dibujos! Es increíble. Con un portaminas. ¿Y la mujer de al lado suyo? ¡Tan seria! ¿No se da cuenta que al lado suyo está sucediendo arte? Tal vez los dibujos no sean alucinantes, pero el muchacho está completamente absorto en eso. Escucha música con unos grandes auriculares blancos. En el momento en que la mina toca el papel, el arte se crea y dispara absoluto para todo el subte. La mujer sigue con su mirada perdida. ¡Qué desperdicio! Cada tanto da un golpe con su pie al piso del vagón. Me pregunto si será de nervios. O de una canción. La chica al lado suyo sonríe. Mira para arriba y en diagonal, probablemente recuerda algo entretenido. Ella golpea el suelo con los pies de manera acompasada. Me pregunto cuál será la música que oye en su cabeza.
¿Y el muchacho al lado mío? Viste desprolijo como yo, lleva barba y pelo negro. ¿Será músico? De repente, se pasa la mano por el hombro a unos centímetros. ¡Se está haciendo reiki! Mantiene esta postura unos minutos. Es una locura que el resto de las personas cercanas se pierda el evento. ¡Reiki en vivo! ¡Y nadie dice nada!
El viaje termina. Todos nos bajamos en Juan Manuel de Rosas. Pienso: “una lástima, la estaba pasando tan bien observando”. Y luego: “¿por qué desperdicié tantas estaciones sin mirar a la gente?”. Sigo caminando, reflexionando sobre esto. Un chico toca la flauta traversa hermosamente. Cuando estoy en la escalera mecánica una ligerísima llovizna baja del cielo y se posa amarilla sobre mi rostro, mientras un señor algo amargado pero con mirada pícara, reparte unos volantitos celestes que dicen “Sostenes Para Cortita, PATITA”. Ya está, estoy adentro de una película.
Me pongo a observar más personas. Adentro de la heladería una pareja comparte la mesa. La mujer mira su celular. El hombre una revista de viajes. En la otra mesa un señor hace unas anotaciones en un cuaderno y pidió unas tostadas. ¿Hubiera hecho yo lo mismo? ¿Esas anotaciones tendrán información de índole absoluta? ¿Serán un nuevo tipo de teatro? ¿Jeroglíficos? Pasa otra señora con gesto amargo. ¿Le esperará una aburrida experiencia en su casa? ¿Se sentará a doblar ropa, a mirar tele? ¿Comerá un cereal? Otro chico pasa, ¡habíamos compartido el vagón de subte! Es increíble.
Más gente, imagino otras vidas. Un hombre con un cigarrillo se refugia de la llovizna en una esquina y también, como yo, observa. Muchas vidas; ¡son demasiadas para seguirlas a todas!
En el 169 pienso en esto. La luz azul es realmente el soporte de una obra de teatro titulada: “Colectivo”. El colectivero dice: “arriba que nos vamos” ¡Es genial! Estamos en una nave que nos lleva a todos, cada uno con sus efímeras preocupaciones, gestos de aburrimiento, disculpas que duran menos de medio segundo, miradas a celulares que nos transforman en cómicos autómatas. Es un disparate de lo más maravilloso. El colectivero dice a otro que viaja adelante: “¿se pondrá lindo mañana? No puedo evitar sonreír ante la idea de que por más fuerte que piense la maravilla, nadie me va a descubrir mientras lo hago. Por las dudas igual esquivo la mirada para no incomodar a la gente que me tiene cautivo. Una chica sube con los ojos grandes. Le sonrío. ¿Estará parada en el absoluto?

Como siempre dura unos minutos. No más. Así como viene se va. Valió la pena.

sábado, 3 de diciembre de 2016

¿Nunca sentiste que eras una naranja?


Así como que te exprimían. O mejor, te exprimías. No hablo de la media naranja y de toda esa parafernalia estereotipada. No. Una naranja que se exprime a mano (porque sin máquina) y saca el jugo, el juguito y la pulpa, casi cáscara.Abrís la naranja arriba, le hacés un tajo y de adentro sacás todo eso que es tuyo. Lo más rico, lo más puro. Y buscás y buscás, y el jugo ya no sale más, y seguís hurgando entre la cáscara y la pulpa adentro, queriendo sacar lo mejor de vos. Y si no sale bueno, vamo’ a la exprimidora eléctrica, que para eso se inventó, ¿no?Y que pasa si sos toda una naranja. Y adentro no tenés más pulpa que eso. El jugo era sólo eso, y wacho, te está quedando pura cáscara. La esencia. Lo esencial de vos. Tu corteza no marca nada más que el límite con afuera, y de lo tuyo no hay más que el vasito que me tomo, mm qué rico.No te saques más. Sos todo. Jugo, pulpa, cáscara.No escarbes. No hay nada más que conjunto. Lo bueno no está en la exprimidora, ni el la pulpa, ni siquiera en el vaso rico de jugo con hielo. No. Lo bueno está en ser una naranja única y jugosa; más del naranjero es verdad; del cajón de frutas algunas pasadas y vencidas del verdulero de allá de la esquina, es verdad. Pero sos naranja. Y nadie como vos para conocerte en toda tu redondez y exquisitez. Saboreáte y aprovecháte toda.

martes, 27 de septiembre de 2016

Muchas vidas

En otra vida fui una nutria. Por eso me siento tan pleno en el agua. Luego tuve un altercado comiendo pescado. Por eso es que ahora me desagrada tanto.
En otra vida fui mendigo. Andrajoso y desdeñado, olvidado por la sociedad. Es por eso que hoy me importa tan poco cómo me visto. Por eso me siento tan cómodo comiendo en la calle. En el piso. Un sandwche de milanesa y una bebida. ¿Será porque fui mendigo también que simpatizo tanto más con los humildes que con los pudientes? Es probable.
En otra vida fui un orangután de zoológico. La gente pasaba, me miraba, hablaba, reía, y yo todo el día tras cuatro vallas de barrotes. Por eso es que pesa tanto sobre mí hoy la mirada del otro. Las voces. Las palabras, los decires. Es el motivo por el cual me siento observado.
También en otra vida fui un ciprés de montaña. Solo inmerso en el total silencio. Todo el tiempo absoluto de la calma de un viento que roza suave, una llovizna, el rocío y un ave que se posaba en mis ramas. Es el feliz fundamento por el cual tengo hoy mi profundo paisaje y la irrevocable paz interior, en mi bosque de conciencia. Es el causante de esta calma.
En otra vida fui una niña que murió muy pronto. Corría por las vías de su pueblo, jugando persiguiendo una nube. Tropezó repentinamente y fue arrollada por el tren. Es por eso que siempre guardo ese niño en mí, y las ganas eternas de reinventarme en la inocente magia y jugar.
Luego tuve otra vida en la que fui empleado de banco. Monótono, escéptico de milagros, infeliz. Todos los días acariciando el dinero y anhelando un aire de una ciudad ennegrecida por el smog. En esa vida morí viejo de tuberculosis. Es por esta vida que hoy odio tanto todo lo material, encerrarme entre empleados infelices; es por esto que odio el dinero.
Tuve también otra vida en la que fui mimo. Trabajaba en teatros, en casas de cultura. Pocos me admiraban, casi nadie me observaba. Ahí aprendí la condición seráfica e infinita del arte.
En esta vida soy música, y aunque algunos dicen que lo traigo de antes, sé muy bien que la mamé acá, en este mundo-vida. En mi corta vida, viví, vivo y viviré en la música, alimento inmutable, fuente de sentir insaciable.
Lo que soy hoy, ya ves, es lo que viví. Pero sabe bien que tuve muchas vidas, y cada una dejó su marca en mí. Tal vez en ésta, mi existencia, deje postrado el accionar de alguna vida futura. Tal vez haga de mi próxima vida una realidad de entrañables ensoñaciones. Tal vez; no lo sé.
Espero reencarnar en una semilla.

jueves, 18 de febrero de 2016

Devenires

un día creí haber aprendido a escribir
poesía
después, me di cuenta que no;
que no sabía.
ahora pienso que, quizás,
a lo mejor,
no sea importante

lunes, 25 de enero de 2016

Cartero

-¡Buenos días, nene! ¿Qué hacés? - Me gritó don Norberto desde el umbral de su casita, alegremente. Como todo viejo, se conoce la rutina de pe a pa y sabe exactamente a qué hora de qué día de la semana estoy metiendo el sobre en su buzón.
-¿Qué tal, don Norberto?- Apenas fue un murmullo mi saludo. Mi humor era opaco, porque sabía perfectamente que no serían buenos días para don Norberto. Detestaba tomar decisiones como la que había tomado, pero el devenir de los hechos a veces tornaba estas resoluciones, ineludibles. Además, don Norberto era un caso especial, por el cual yo sentía un amor único, quizás porque había sido la piedra angular de mi vida en muchos sentidos. No me daba ni un poco de gracia la carta que le dejaba, con remitente en calle Mitre al mil trescientos, piso tres, departamento “E”, ciudad de Viedma, provincia de Río Negro, señor Norberto Gutiérrez (hijo, el “Beto” para su progenitor). El pobre don Norberto, en cambio, sonreía a más no poder mientras se acercaba al buzón, sabiéndose padre dichoso.
“Me fui al carajo”, pensé. Cada tanto me agarra un sentimiento de culpa, que rápidamente me ocupo de disolver en razones finamente talladas a lo largo de treinta y cuatro años de servicio en el Correo Argentino. Empecé con dieciséis años, gracias a los oportunos contactos que me dispensó mi padrino, prominente doctor local de buenas llegadas institucionales. Hace unos años comprobaron que las llegadas institucionales eran demasiado buenas, y no tardó en caer en desgracia.
Pero volviendo a don Norberto, me repuse de la culpa, como decía. No era el único caso, sino el primero y quizás el fundacional de un hábito que yo había comenzado a disfrutar pero en el cuál me enredé más y más hasta dedicarle tanto de mi vida que ya no sabía quién era yo. Si se me hizo más sencillo, sólo fue porque vivo en un perdido pueblo de apenas trece mil almas –contando perros y gatos- que sólo se refresca cuando cae algún trasnochado buscando la solución a una vida contaminada de los amargos humos de la civilización. Seguro, es la solución a eso, pero no al aburrimiento intrínseco de la falta de historias que hay por acá. Tal vez, pensando, sea esta una razón de por qué me enredé en estos asuntos.
Como decía, empecé con dieciséis años y una imaginación y curiosidad que rayaban la irreverencia. Siempre me gustó ver la expresión de la gente cuando recibe una carta y más de una vez hice horas extras por el único motivo de que me quedaba escondido espiando las reacciones de los rostros ansiosos. Ahora, que ya soy director de esta seccional del Correo, no dudo en ponerme al hombro la cartera y repartir las cartas yo mismo, aunque haya dos muchachos más que se ocupan de la gran parte. Yo me doy el gusto de repartir las más importantes. Como la de don Norberto. En mi tercera semana de trabajo de aquel mayo de 1982, llegó un parte del Ejército. El soldado de Marina, Norberto Gutiérrez (hijo), era una baja más del ejército de niños que combatía en esa difusa maraña de soberanía, abstracciones del imaginario social, y retórica discursiva que era la Guerra de las Malvinas. No recuerdo las circunstancias por las cuales yo leí ese parte que se suponía debía estar cerrado y sellado. El destinatario, desde luego, era don Norberto. No fui capaz de entregar semejante carta, redactada además con una frialdad (quizás no exista otro modo, no lo sé), que rozaba la indiferencia. Tomé la vieja máquina de escribir de la oficina, una Olivetti modelo Lettera, creo que de 1932 -reliquia ya por ese entonces-, color verde cemento, y esbocé la que sería la primera voz de una correspondencia que se mantendría por treinta y cuatro años, casi exactos, hasta hoy, día que yo decidí la muerte de Norberto “Beto” Gutiérrez (hijo). Pobre viejo, se me había obstinado. Y es que yo me vi obligado a inventarle una historia a Norbertito, una vida en Viedma, en la seca y tranquila soledad de la Patagonia extrandina, porque darle el parte de baja al viejo hubiese sido matarlo. Quizás le di treinta y cuatro años más de vida. No sé. Religiosamente, cada dos semanas inventé un nuevo capítulo en la historia de un muerto y lo reviví. No lo hice de maldad, todo lo contrario. Soy consciente -y ya lo era en ese entonces, con apenas dieciséis años- que somos en tanto seres sociales. Es decir, que en gran parte, estamos determinados por nuestras relaciones sociales, y nuestra felicidad acaso sea reflejo de esas relaciones. Y el pueblo no abundaba en personajes como don Norberto, con aquel mameluco azul que se ponía para atender su ferretería, “La Cordillerana”. Bajo ningún punto de vista ni yo, ni ningún coterráneo mío podía darse el lujo de perder a un tipo como él. Ni siquiera, a tenerlo en estado depresivo. Don Norberto era un tipo lleno de energía y sabiduría y me felicité repetidamente por darle el oxígeno afectivo que necesitaba. Pero finalmente fue insostenible. El muy infeliz se había empecinado en que estaba a punto de morir, que no le quedaba mucho tiempo y era un deseo suyo muy profundo el ver a Norbertito una última vez. Que él había entendido que hasta ahora Norbertito no había tenido la plata necesaria, o el tiempo pues se rompía el lomo de sol a sol como un desgraciado en la capital rionegrina, pero que a él ya no le quedaba mucho tiempo y no estaba dispuesto a morir sin despedirse. Luego de semanas de buscar pretextos y persuadir al viejo, Norbertito (es decir, yo) comprobó que era sencillamente imposible. Su última carta fue una de despedida, antes de pegarse un tiro, en la cual comentaba las miserias de la vida y la tristeza que lo embargaba. Ahí estaba, en este momento, la carta abandonando mis dedos. Sumergiéndose en la oscura boca del buzón y don Norberto sonriendo esperanzado, acaso Norbertito en esta carta accedía a su pedido de verlo. Sin lugar a dudas, mi recurso no había sido el mejor, pero por el desarrollo mismo que había ido desenvolviéndose en la correspondencia y daba cuenta de la vida de Norbertito, no existía otro que fuese creíble. Basta con recordar el número pavoroso de ex combatientes que llevaron a la realidad lo que en este caso fue ficción.
El caso de don Norberto había sido mi preferido, pero ni por lejos el único. Simplemente no soportaba, como decía, ver marchitar a la gente. Las malas noticias (irresolubles) pasaban por un filtro, que no niego, tenía un matiz de perversidad, pero sé que las razones que me guiaron siempre fueron nobles, y si tengo que cargar con la culpa de mentir sobre temas tan delicados con tal de ver a esta gente -que conozco de niño y que me vio tropezar, caminar, llorar y reír- feliz, limpia de tristezas agobiantes, entonces que así sea.
Caso similar es el de la vieja Eulalia. Aún sigue esperando a un amante que hace ya rato que la olvidó. Típico caso de película es. Hollywood se pierde una taquillera en serio. La cosa es bien compleja, porque debo mentirle por partida doble. Me ayudan, sin embargo, las pocas luces de la vieja. La historia es más o menos así. Eulalia tiene una melliza, que era en todo igual, excepto el carácter que era mucho más agradable. La vieja siempre fue madera dura y áspera. Lo que no se puede negar es que era mucho más leal que la zorra de su hermana. La muy desgraciada sería de mucho mejor temple, pero se escapó con el amor de su hermana hace unos veinticinco años más o menos. Antes de irse, dejaron en el correo una carta de despedida pidiendo disculpas. Qué soretes. Desde entonces escribí dos cartas, una mensual y la otra semanal. La semanal era de la melliza, María. Le inventé una consagración a Dios, expresado en confinamiento, en un convento de San Ignacio, provincia de Misiones. Todas las semanas puntualmente le escribe a su hermana en la Patagonia, contándole de la tranquila vida con las otras monjas. Cada tanto le recuerda la visión reveladora que la hizo dedicarse al Señor.
Al muy sinvergüenza (se llamaba Horacio, pero evito nombrarlo; una característica mía es que me sumerjo profundamente en las historias y me envuelven al punto en que me siento protagonista y me generan los más genuinos sentimientos, en este caso de reprobación. De hecho, sentí la traición de Horacio y María a la vieja Eulalia como si fuese a mí mismo), decía, al muy sinvergüenza le inventé un problema con la ley. Uno grande. Sin embargo, fui lo suficientemente elegante como para que no fuera motivo de decepción para Eulalia: no olvido nunca, mi objetivo es que esta gente que hubiese sido profundamente infeliz de otro modo, pueda tener un ser allá lejos al cual aferrarse, al cual esperar. Cuestión que el sinvergüenza estaba en cárcel y le quedaban varios años por expiar todavía. Si bien, hay varias inconsistencias (por ejemplo, no hay condenas tan largas como los años que pasaron), y cualquiera con dos dedos de frente notaría que si dos personas desaparecen de un día para el otro, lo más probable es que no sea precisamente por caminos distintos, la escasa agudeza de la mente de Eulalia fue una ayuda inestimable.
Además de don Norberto y la vieja Eulalia, también están Sandra, que es viuda, pero gracias a mi aún figura como casada en el Registro Nacional y ella también así lo cree; y Enrique -el Quique-, huérfano desde hace aproximadamente diez años, entre muchos otros.
Más de una vez estuve a punto de caer en la tentación de contar mi secreto, pero a tiempo siempre comprendí que sería inevitablemente mal interpretado y juzgado. En el fondo, no dudo que tengo razón. Las cartas no son sólo papeles en el viento, no son sólo delgadas líneas negras y estilizadas de mentiras, una bajo la otra que cuentan la historia de muertos, traidores o abandonos. O sí, pero no por eso valen menos. Después de todo, es un papel en el viento con una delgada línea de mentira, el que certifica que yo tengo una identidad, o que estipula que tengo el secundario completo. Es decir, no hablan de verdades irrefutables, sólo las institucionalizan, le dan un marco de veracidad. Mis cartas lograron hacer eso mismo. Con detalles, con pelos y señales, con amor infinito tracé y enhebré delicadamente, atenta, concienzudamente, línea por línea, hilo por hilo, el entramado espeso que configuró la vida de estos personajes. Les concedí otra vida a los que habían muerto, y más honor a los que habían huido cobardemente. No me quedó otra. Estas personas: don Norberto, la vieja Eulalia, Sandra, Quique, etcétera, configuran mi universo de afectos. Le dan sentido a mi monótona vida de pueblo, de cartero, de jefe de seccional. Tengo dos, tres, cuatro, veinte vidas diferentes a las cuales puedo darles el destino que quiera, con el difuso límite de mi imaginación y lo que es verosímil. Lo único que puedo decir, es que el juego me superó. Crucé violentamente los límites de lo moral y lo ético y fue sin querer. Y una vez en el baile, fui incapaz de salirme de semejante adicción. Bailé con todos y cada uno de los destinatarios y les susurré las hermosas vidas que necesitaban escuchar de sus remitentes al oído, quedamente. Sus seres queridos, amados, anhelados, condensaron la humedad de los ojos llorosos en la felicidad. O en el desagravio, porque siendo sinceros, yo no creo que Eulalia no se haya percatado que la engañaron, en un nivel muy profundo de su subconsciente. Pero le di la excusa perfecta para que no se sienta miserable y engañada, para que no vea disminuida su dignidad. O quizás le quité la posibilidad de rehacerse y conocer a un nuevo amante. Quién sabe. De lo único que tengo certeza es que siempre intenté dar lo mejor de mi imaginación y mi gusto literario con un buen fin. Por ese lado mi consciencia está tranquila. Como sea, ya perdí demasiado tiempo en cavilaciones y tengo mucho reparto por hacer aún. La próxima casa es la de Enrique, como mencioné huérfano hace diez años, pero gracias a mí, dichoso hijo cuyo padre aún respira y es un tipo feliz en los acantilados de las Islas Canarias, estado civil casado, esposa de treinta y cinco años contra los setenta y ocho del viejo suertudo, que además goza de un relativo bienestar económico gracias a su barco con el cual hace paseos regularmente para turistas de billetera gorda y propinas generosas.

domingo, 24 de enero de 2016

Sedrev y Siriocra

Espero el encuentro de mi ser.
Camino por entre las sábanas desalmadas.
Nutro mis pies, nutro mis piernas.
Soy un campo descubierto en el que subyacen todas las preguntas retóricas.

Soy un vuelco que se emana del centro mismo de la tierra.
Canto mil cantos e invento los demás,
aquellos que nunca se oyeron,
que nunca se pronunciaron en la faz de la galaxia.

Hay una luciérnaga que tira sombra, un baúl lleno de luz.
Hay una ballena microscópica, hay una hormiga que es un monte.
Hay un fractal que nunca para: busco aquí, busco allá,
nado aquí, nada por allá,
pero en mi casa hay un cuadro con una casa que tiene un cuadro
con una casa que tiene un cuadro con una casa.

Y hay más,
nunca les conté a los lémures que no sabía su lenguaje.
Los centauros me tienen miedo,
yo soy aire que quema la garganta.
Pero mi agua me acaricia y aquellos lémures ahora me entienden.
No es con señas, no es con palabras, no es con guiños ni nada palpable.
Es con sentimientos, es con intuiciones. Así me comunico con mis sueños.
Así dejo el señuelo a mis ráfagas matutinas.

Les rujo a los soles que se creen que me abrasan.
Lo hago como un juego: ellos en realidad son compañeros.
Uno a uno me preguntan cosas.
Yo me hago el que sé las respuestas y me escapo al trote por el bosque.

Las raíces juegan a ser salamandras,
con ventosas me arman una suela húmeda.
Ahora corro por la laguna y puedo saltar en cada capa mínima
que delimita el agua del oxígeno.

Un níquel es escupido por un sauce y cae a lo profundo de este charco,
tirando sus destellos luminantes entre mis costillas.
Qué hermoso y qué tentador. No puedo parar de mirarlo.
Ya está: me sumerjo, me acerco a él e intento agarrarlo.
Pero mi mano se ha vuelto transparente y nada palpa, nada ase.

Creo que me puedo meter en aquel maite,
así de sus raíces nado por entre los fósiles de un iguanodonte
y sigo hasta el magma para ver si allí hay alguien
que me pueda decir en dónde se hallan todas las cosas
que se piensan y se borran.

Mi níquel traza un tatuaje de dragones

y misterios que nadie nunca intuirá, que nunca nada dirá.

Mármol

No quiero ser un mármol. ¿Vos querés ser un mármol?
¿Te diste cuenta que los momentos pasan como si fuésemos roca y nadie hace nada por sujetarlos? ¿Agarrarlos, asirlos? Sí. Los momentos son tantos, todos, tan infinitos, que no podemos sujetarlos. Tal vez la mayoría lo intenta. Probablemente yo esté equivocado. Creo que ahí está el error: en querer gravar cada segundo en nuestra piedra virgen.
Día 19, sensación 34, año XII, época L. Me asustó una luciérnaga. Era un niño. Pero el momento únicamente fue eso. Ya está. Ya pasó. ¿Por qué no pude meterme en el ala izquierda de aquella libélula, sacudirme hasta el sauce húmedo de rocío, pararme en su corteza junto con la libélula y sentir cómo su pata me rascaba el lomo, como me trasformaba en cada átomo chispeante que irradiaba su luz, e iba a parar a los ojos del niño incauto, de ese niño; yo? ¿Por qué no pude ser foton y atravesar la comisura nocturna en un vaivén sinfónico hasta meterme en la amígdala del pequeño ingenuo? ¿Por qué me tocó ser simplemente niño y gravar en piedra, una vez adulto, aquella experiencia número 34, del día 19 en el año XII, de la época L? ¿Cómo es que no me tocó el rol de montaña omnipresente que reía con su voz gruesa de siglos porque en un pestañeo suyo el niño (que era yo) ya estaba lejos de toda aquella naturaleza? ¿Cómo es que no pude ser aunque sea una lenga en un bosque perdido de alguna roca gigantezca olvidada? ¿Por qué tuve que ser tan humano y, dotado de palabra y de descripción, narrar vanamente los sucesos, como un trozo de madera firme tallando la roca eterna?
El momento no se me escapó: ya lo tatué en mí. Nunca más nadie va a dudar de aquel día, lo cual es lo más terrible de todo: lo escribí, lo inmortalicé, pero lo asesiné. Sí. Lo maté. Y yo sólo quería ser ese instante, mucho más pequeño, mucho más simple, mucho más perfecto.
Nada en mí como un río; y me río para atarlo en la dulce niebla que es la mente humana. En la perfecta sincronía que es la vida desde nuestra conciencia; dotada de toda la poesía de las palabras; ausente de todos los momentos de esa misma poesía: la vida.

¿Lopez qué?

Me dí cuenta que las cigüeñas se llaman todas Josefina. Excepto claro está, aquellas con el ala roja. Ellas, como todos saben, siempre se llamaron y se llamarán Edelmiro. Por eso es que no existen los cigüeños: ¿alguna vez viste una cigüeña con el ala roja? Bueno ahí tenés.
Esto de los nombres en los animales no es cosa fácil, no señor.
El otro día fuí a un zoológico de nombres y encontré que no sólo no había ningún Joaquín, sino que para colmo, las jaulas de Robertos estaban todas vacías. Yo por mi parte tenía una vaca llamada Clotilde. El problema es que (como todas las vacas) merecía un buen apellido. Entonces pensé, y pensé, y pensé, y pensé, luego me pesé (68 kg), y luego pensé un poco más, hasta que me decidí. El apellido de mi vaca sería Clotilde. Así es que fuí con Clotilde Clotilde al concurso de “Vacas Con Nombres de Mujer que empiecen con CL”, el cual naturalmente ganamos, porque Claudia enfermó.
Con la plata del concurso pude comprar un procesador de carne, así que Clotilde esa noche no durmió: la había hecho empanada. Las de jamón y queso las trajeron mis primos y todos hicimos guitarreada y baile en el campo, y cuando ellos fueron al baño en sus respectivas casas, Clotilde Clotilde se paseó por todas las tuberías de desagüe del barrio, hasta que finalmente (como siempre había soñado) conoció el mar y se enamoró de un hipocampo.
El problema fue que el pobre hipocampo se llamaba Pancracio. Y yo nunca le permití a Clotilde acercarse a alguien cuyo nombre empiece con algún alimento con gluten. Sí, fue una clausula muy específica y bendito hipocampo tenía que llamarse así, pero bueno. Por suerte ya encontré la solución, porque el mar estaba cerquita de casa, y con la camioneta de mis primos pude llevar unos barriles de nafta y otros tantos de querosen, arrojarlos al mar y chau fauna marina. Para asegurarnos igual tiramos un fosforito de esos de año nuevo, y el espectáculo fue alucinante. Vinieron muchos vecinos, salió en los diaros, todo. Pobre Clotilde, era buena, pero nunca hubiera durado más que para unas empanadas. A lo sumo un bifecito, pero ya enamorarse, no no no.

Menos mal que ahora me compré un gato. Lo voy a llamar Gato, para no complicar las cosas, porque la verdad que esto de los nombres de los animales ya me tiene un poco cansado.

viernes, 11 de diciembre de 2015

La Niña

La fiebre crece. El río llama. La llama devora. El manto perece.
La llama grita, trota en la sabana. Un ratón con cola larga, salta por las dunas.
La fiebre suda. La niña suda fiebre. Su llanto me atraviesa el alma. Y mi alma atraviesa a la niña.
Mis brazos la arropan, soy su cuna, soy su fuente.
Soy las ramas por donde trepa, soy el árbol del que sujeta
sus pequeñas manos, dedos mínimos como gusanitos.
Sus ojos son perlas hermosas y me destruye cuando hace pucherito.
Es todo lo que tengo en este mundo. La puedo ver, la puedo sentir cuando yo quiera.
Es toda mía y toda de la vida. No es nada mía y es toda de ella misma.
Es tan pura, tan pequeña, tan leíble mi Francisca.
Es mi mundo, el mundo que quiero, el mundo que amo, es mi ruta y es mi sendero.
Es mi regalo del universo. La creación la hizo. Yo y su Madre la pensamos. Y ella vino.
Ella sólo vino.
Permiso, puedo pasar a este planeta? Hace rato que estoy esperando acá en La Nada y tengo ganas de existir un poco. Gracias, sí en lo posible nena. Eeeemm rulos, dale. Rulos está bien. Y.. sí, si no queda otra haceme la piel sensible. Tres marcas de nacimiento? No será mucho? bueno tá, pero que las uñas no me las corten eh! Ah y que no me insistan con la palabra “sí” que la voy a decir cuando yo quiera. Y sí, sí, porque por lo que veo de este mundo (como se llama? “tierna?”) hay que saber decir más que no a decir que sí. No? vos decís que no? Y bueno, me estás dando la razón entonces, jajaja!! Bueno dale, dale. Mandame de una vez. Chau, nos vemos en la próxima existencia.
Y así, en una eyaculación pasional, en un orgasmo de placer y amor puros, purísimos; nació la Franchu. Por eso ella es tan pura. Porque vino de la pureza. El acto que la concibió fue únicamente amor total. Amor. Pasión y amor. Claro que la unión de sus dos padres no había sido amor, había sido inconsciencia. Pendejismo, que le dicen. Y bueno, ahí te llené un poco de impureza Franchu, disculpame. Pero te juro que siempre hice lo mejor que pude. Te manché un poquiiito, nada más un poquiiitiiiiito el alma. Como para que no te aburras. Que los ángeles en este mundo se vuelven pa’l cielo muy pronto che. Que no duran acá. Y como van a durar. Son tan bellos. Aca somos imperfectos. Y a mí me encanta la imperfección. Vení, quedate un rato largo. Compartí este mundo conmigo. Cuando quieras nos vamos a otro y nos conocemos de vuelta, yo hijo y vos madre, yo perro y vos liebre, yo libélula y vos vaquita de san antonio, yo ciprés y vos pinillo. Nos reencontramos y charlamos de este raro planeta que se llama Tierra. Yo te voy a decir todo lo que sé. Pero al final no te quepa duda que no me voy a ir sabiendo mucho más que vos eh! Si encontrás algo nuevo, no dudes en avisarme, que soy tu padre pero soy tu amigo. Que soy tu guarda pero soy tu aprendiz. Me dejás ser tu aprendiz Franchu? Me encanta que me enseñes todo lo que ves, lo que interpretas, lo que sufrís. Claro, ella llora porque no alcanza la manzana. No puede estirarse. Y ahora llora porque su papá fue a la cocina mientras la dejó dos segundos en la palangana con agua. No sabe que ahí viene? No, jaja, hermosa. No sabe. Y ahora se ríe. Ay, como la amo cuando se ríe. La tiró encima mío y le digo que es mi frazada. No. Ahora sos mi almohada. No. Ahora juguemos al tigre. Juguemos Franchu. Me enseñas a jugar? No hay nada más hermoso en esta vida que jugar. No hay nada más eterno que esta risa que nos inventamos ahora y que dejamos ir diciendole un “nos rencontramos en un rato, después de almorzar capaz…”.

Ví una silueta, ví una paloma, ví una gaviota en el mar que conocí. Y ella era mi bebé. Todavía andaba por las olas. Y cuando supo que yo era yo, ella fue ella. Y nos unimos. Gracias Vida. Gracias Universo. No tengo más que decir que: gracias. Juro por mi vida que voy a hacer todo mi esfuerzo por nunca fallar a este obsequio. Por nunca derrumbarme ni faltarle. Siempre buscaré mirarla desde el amor. Siempre. Gracias.

martes, 10 de noviembre de 2015

Ni lo uno ni lo otro

El lugar de mi persona se haya en tu persona. Es ilógico pero, lógico al mismo tiempo. Conozco a algunos que hablan de contradicción y la llevan en su propia frente. Tan pero tan clara. Ojo. Todos somos contradictorios. La humanidad está plagada de contradicciones. Yo me incluyo. Por suerte. Porque errar es humano. Y yo soy muy humano. Pero, ¿viste que hay gente que no existe? Si. Oíste bien. Gente que no existe. Gente que no está. Gente que se miente. Para mí no existen. La cagada es que para ellos, yo no existo. Pero bueno. Así es la vida, ¿no? Qué le vamos a hacer. Gente que mira su propio ombligo. Gente que escupe a los otros por ser distintos. Simplemente distintos. Si. Distinto. Yo soy distinto. ¿Distinto a qué? Distinto a esa gente por lo pronto. Si, pero también soy distinto a ese otro. El que se acerca más a mí. Porque no soy él. Por más que estemos mucho más unidos que otra tanta gente. ¿Entonces en que quedamos? Y, quedamos en que no hay nadie igual a nadie. Lo cual no es ninguna sabiduría milenaria, o mejor dicho, revelación universal. Es una simple verdad. Muy, muy simple. Pero como todo lo simple, muy difícil de asimilar, ¿no? Porque al final la diferencia entre algunos egoístas y su propio ser, caminando con la frente orgullosa, pero de rabia, no de bien, altaneros a más no poder, soberbios con su cara que siempre esconde una mirada esquiva ante cualquier pregunta incómoda, sanos de mentira, engañosos porque tristemente se engañan a sí mismos, esos que hacen preguntas para no oír respuesta alguna, esos que tiran la posta como acaudalando el fondo de sus propios martirios; al final ellos la diferencia es que son tan distintos a mí. Porque ellos quieren por inercia ser parte de un todo. Y el único todo del que podemos ser parte es el uno. El cada uno. ¿Me entendés? Cada uno es cada uno. Cuando podamos pensar solos, vamos a estar juntos. Te respeto porque sos otro, no porque sos parecido a lo que a mí me gusta. Por eso simplemente me gustás. Pero no te respeto porque me caigas bien. Te respeto porque sos un ser igualito a mí. Tan puro y hermoso. Tan ciego e ignorante como yo. Tan letal y tan inocente como yo. Tan lleno de todo y lleno de nada, con tanta sabiduría, conocimiento, experiencia, asombro y poesía, y en algunos finales tan rozando la estupidez, el resentimiento, la envidia. Como yo. Igualito a mí. No hay uno sin mil, millones, todos. No vale nada aquel, si ese otro tampoco. Así es la vida, o debiera ser para mí. ¿Para vos no?

Holocausto

Hoy acometí un holocausto. Eran tantas, estaban colmando todo alrededor. La mesada, la cocina, el piso, los azulejos. Las hormigas son unos seres tan pequeños, pero tan poderosos. El día de hoy sobrepasaron a nuestra especie, a mi familia, en este pequeño recoveco que es nuestro departamento. Mis padres dormían, mi hermana igual. Ellas a las 9.30 am ya habían organizado un equipo de sondeo, búsqueda de alimento, control de calidad, reconocimiento del terreno. Primero me parecieron tres o cuatro desparramadas, pero cuando empecé a seguirlas ví que se formaban en perfecta hilera, atravesándo el living comedor, pasando debajo de las sillas, de la mesa y agrupándose alrededor del nido, de la guarida, del fortín. Allí ya eran unas 30, y a unos centímetros, que para ellas serán varias cuadras, otro fortín aún más grande, servía de base de provisiones. Los gigantes alrededor ni se percataban de todo el avance que estas pequeñas hormigas habían hecho en su espacio. Claro, para nosotros fue de un día para el otro. Pero para las hormigas transcurrieron tal vez meses. Quizás un año. En ese tiempo pudieron desplegar todo su ingenio y esforzarse por sobrevivir. Crecer. Expandirse. Colonizar. Mientras todos dormían ellas se las ingeniaron para alcanzar un tercer piso de un departamento, atravesar todo obstáculo posible y crear una pequeña colonia de avanzada. Probablemente su ciudad central, su capital federal, se encontraba a unos cuantos metros de mi departamento. Quizás en suelo firme, en algún centro de pura naturaleza, o de media humanidad, no tan agresiva como resulta un frío departamento.
Entonces yo, en mi simpleza de gigante, en mi ignorancia de ser humano, en mi frialdad de especie superior, acometí el holocausto. Tomé el Raid, y desparramé el polvo asesino primero en el campo de sondeo que era mi mesada. Luego a través de las trincheras que se formaban entre mi cocina y la pared. Después continué por la hilera que atravesaba el living comedor. En seguida el gas empezó a torturar una a una a las hormigas, probablemente llevándolas a un límite de tortura que rozaba la locura, y luego a la inevitable muerte.
No me quedé ahí, continué vertiendo el gas a cada uno de los diminutos seres que veía que se pavoneaban tranquilamente por mi guarida. Mi departamento. Ellas en cuestión de segundos se desparramaron, se desorganizaron y se individualizaron en el dolor irrebatible. La masacre duró quizás para ellas unas largas horas. Mi polvo de la muerte se acrecó por fin al nido y a la central de comando, buscando triunfador arrebatar toda posibilidad de dominación de esta especie.
La tarea estaba terminada. Por un buen tiempo estos diminutos seres no se atreverían a pasar los muros de cemento que protegen a mi familia y a mí del exterior. Por un buen tiempo no osarían desafiar mi especie. Que bueno, al fin y al cabo la mía es la especie más inteligente.

jueves, 22 de octubre de 2015

Salirme

Cuando no me dejo salir de mí,
salirme a mí
canto preguntándome la vida
al menos esa persistencia
que es mi voz,
que yo soy en ésa: mi voz.
Canto y soy libre de mí
unos segundos -los necesarios-
para quererme otra vez
como si ese ratito de paseo
en mi voz por ahí
me hiciera extrañarme
quedamente
como dulce olor a jacarandá
callecitas de lila furioso
contraste en ese gris metálico
de tormenta veraniega
que siempre que llega
se posa sobre mí
haciéndome salirme,
salirme de mí
que es como irse de viaje
pero sin saber del retorno
que se hace misterio
o interrogación
donde no hay respuestas
quizás, tal vez
sólo suposiciones
y los ojos se me vuelven
color de la mar
en día de tormenta veraniega
plomiza, pesada, divinamente gris
como besos de agüita
de mis ojos ausentes
de mí.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Pesimismo

Me está atrapando un profundo pesimismo del cual no puedo salir.
Siempre me consideré una persona optimista. Siempre traté de ver lo bueno en todo. Todo es por algún motivo y siempre va a llevar a un mejor resultado. Todo cambio es positivo y necesario. El cambio es revolución, también es confrontación. Si no hay conflicto, no hay cambio. Entonces del dolor sacamos lo bueno. Eso está claro. Entonces, ¿de dónde viene el pesimismo?
Siento que viene de aquellas cosas que no podemos explicar. O controlar. De aquellas cosas que no podemos controlar. Yo puedo controlar mi vida, y eso lo tengo muy claro. Ahora; no puedo controlar la vida de los demás. No puedo obligar a nadie a hacer lo que YO creo que le va a hacer bien, porque no dejo de ser YO el de la percepción. Entonces no puedo obligar a la gente a estar bien. En eso me siento impotente, pero es bastante lógico, ¿no es cierto?
También siento que de alguna manera ese algo que me sale por percibir lo que le haría bien al otro, casi de manera natural es algo fuerte. Que no tengo que dejar ir. Es como si fuera un don. Algo como un poder.
¿Y si todos los supuestos superpoderes que dicen tener los humanos los tenemos todos sin darnos cuenta, solo que no los manifestamos o interpretamos como tales? Telepatía1 , precognición, control mental de terceros, experiencias extracorpóreas, clarividencia. Todo. Todo eso existe en nosotros mismos. Algunos lo usan más otros menos. Pero está. De hecho muchos lo usan sin darse cuenta, a veces con resultados que pueden llegar a ser catastróficos para sí mismos. Por ejemplo, yo no paro de pensar que me va a robar alguien en la calle porque veo esa información en todos los medios de comunicación y efectivamente termina sucediendo que me roban en la calle. Pero yo me predispuse a eso previamente. La Ley de Atracción. En lo personal, en mi familia nunca estuvo muy instaurada la idea del robo. Tampoco estuvo para nada instaurada la sobreinformación mediática, eso está claro. Ahora, lo puedo agradecer. Porque puedo darme cuenta de muchas cosas que me obligan a reflexionar. Puedo ver muchas cosas que muchas otras personas no ven. Porque no quieren, porque no pueden. Pero están. Están ahí.
De ahí viene tal vez mi pesimismo. Si soy omnipotente y superpoderoso puedo controlar todo. TODO. Pero no. No es así. Los humanos no podemos controlar todo a nuestro alrededor. Los humanos sólo podemos controlar una parte. La parte más pequeña. Allegada a nosotros mismos. NUESTRA vida, NUESTRA realidad. No puedo dejar de ver las cosas que están mal en nosotros mismos como humanidad. No puedo dejar de verlas. Los que no estén cerca mío me empezaran a decir que estoy loco. Pero no. Yo sé que no estoy loco. Y se que es muy claro lo que digo, y lo que siento.
Siento miedo, un miedo claro y transparente, un miedo puro, profundamente humano que tenemos todos. Siento miedo por no poder entender las cosas, por no poder explicar todo, y por no poder evitar buscarle una explicación racional. Bueno está claro. En “algo” hay que creer. Cuánto más fácil la tiene la gente que de entrada dijo, “¡Ah, los espíritus!, respetémoslos”. “¡Ah! un evento repentino e inexplicable en mi vida. P ej, se muere mi mejor amigo. Y bueno. La voluntad del señor”
DEL SEÑORRR?? QUE SEÑORR?? EL SEÑOR LAS PELOTAS. POR QUÉ, POR QUÉ, POR QUÉ, POR QUÉ, POR QUÉ PASAN LAS COSAS. Nadie va a encontrar las respuestas en este mundo??
¿Vamos acaso a coexistir con nuestra ignorancia por siempre? ¿Vamos a aceptar que las cosas son de un modo o de otro?
Lógico, cada uno tiene SU modo. SU visión. SU interpretación. El mío es este. Pero lo veo tan claro mi hermano. Lo veo tan claro.
F
I
N



De hecho acabo de buscar la definición de telepatía y dice: “Fenómeno que consiste en la transmisión o en la coincidencia de pensamientos entre personas, generalmente distantes entre sí, que se produce sin intervención de los sentidos o de agentes físicos conocidos.” Esto nos muestra claramente que ya está aceptado como algo que ocurre. Y a su vez buscando encontré que los científicos todavía no la aceptan abiertamente. Loco, ¿no?