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domingo, 2 de agosto de 2015

Contemplación de lo inefable

Sí, prefiero caminar. No, no me lleves hasta casa, muchas gracias. ¿Por qué? No sé bien por qué, estoy bastante seguro de que tengo ganas de caminar solo, porque me gusta caminar solo. Está en mí, quizás tenga que ver con la bella costumbre de las caminatas en el bosque, en medio de la gigantesca montaña, que te hacen sentir pequeñito y rodeado de inmensidad.
La soledad de mi cuerpo y mis ojos. Tiene algo de melancólico, la calle citadina de noche; pero si estoy en esa soledad tan mía, no importa. Puedo disfrutar detalles que no puedo captar estando con más personas. Esa brisa minúscula que agita apenas las hojas en las veredas, explayando un otoño marroncito y tibio. La belleza del paisaje, por más intervenido que esté. Es el mismo principio filosófico que en el sur: para ver o escuchar hay que callar mucho y abrir mucho los ojos. Pasan miles de cosas segundo a segundo que se nos escapan en múltiples vorágines. Me da un placer divino que me llena despacio los adentros, el hecho de buscar la calma del latido del corazón, la armonía de la respiración, una sensación como de aplomo firme al caminar, la atención puesta al servicio de la admiración de lo que me rodea. Me preparo para impresionarme, para disfrutar la minúscula partícula de lo que es, que es en cada objeto, la belleza que tienen por el sólo hecho de ser. Por el sólo hecho de estar en relación con otros elementos y conformar un todo que me rodea y le da sentido a mi existencia, directa o indirectamente.
No hay otro modo de explicarlo; lo llevo en la sangre quizás. En los ojos, imprimida en la retina: la montaña con sus bosques y arroyos. ¿Cómo te lo trato de expresar? A mi me da felicidad y calma, caminar o sentarme, y saberme solo. A mí me emociona, me hace vibrar las células saberme solo y eterno. Cuando los tiempos no me lamen los talones, apurandomé, cuando estoy solo y el tiempo me es indiferente. Puedo ver, escuchar y apreciar lo que sea. Puedo ser empático y sentir como cualquier ser vivo o muerto que se me cruce; puedo imaginarme cada detalle de la vida de un escombro de cemento con sus hierros retorcidos, o de una hoja movida por los vientos hacia rumbos infinitos y desconocidos. Puedo representarme segundo por segundo el viaje de una gota iridiscente, desde la nube madre hasta la tierra tumba. También puedo ser la cinta traslúcida que forma al charco y la onda expansiva de los claros de agua cuando su imperturbabilidad es puesta en duda. Es un ejercicio que amo, necesito, siento imprescindible. ¿Cómo te lo explico? Yo entiendo que quizás es muy sencillo lo que digo, pero siento que no soy capaz de transmitirte lo que a mi me genera. No te dé preocupación que prefiera caminar sólo, o quedarme sentado en mi silla, en el balcón, fumando un cigarro y mirando el atardacer con la única compañía de un tango o las armonías sanguíneas de Atahualpa: a mí eso me hace feliz. Convivo con mi soledad en encuentros paulatinos que me renuevan como un rocío nocturno a una planta. A veces, quizás viene a mí agresivamente y me rodea con fines bélicos. No importa, sé neutralizarla en esos casos: nada es definitivo, nada descansa en lo inamovible.
Ser compañero de la soledad de uno. Es casi paradójico; y dejame introducir esto. Existe la soledad y la soledad de uno. La soledad de uno está domesticada, es la que me acuna, yo recurro a ella, la elijo y no al revés. No es que sea solitario, no. Simplemente, hay momentos específicos (a veces más, a veces menos) en que necesito charlar cosas con mi soledad, en perfecta intimidad. Yo me conozco palmo a palmo porque -en lo posible- no me oculto nada. Algo se me escapará, pero me soy despiadada, delicadamente sincero. Diserto y discuto, analizo y perfecciono la técnica en mis pensamientos solitarios. Me hago chistes y me los festejo, solo. Me someto a crítica. Me canto al oído en susurros. Me imagino los futuros y pasados posibles. Infinitamente solo y feliz. No me pesa mi propio ser. Él puede estar quieto, puede estar callado, sólo recibiendo estímulos de afuera: colores, olores, imágenes de lo inmenso. Me gusta sentarme a observar: vaciar mi cuerpo de inquietud y llenarlo de hermosura. Después se me deposita en el fondo de los ojos y se me puede ver la mirada clara. Eso es paz. Ojo, no es que siempre me salga ni mucho menos. Pero tengo bastante práctica en que sí. Quizás tiene que ver con que me convencí bastante de que todo se reduce al amor y la empatía. No puedo dejar de amar al mundo, pero necesito estar en plena paz para poder alcanzar ese estado de permeabilidad, para dejar que me atraviese los poros el mundo con todos sus componentes, el salvajemente inmenso y el pequeñísimamente infinitesimal. 
Del minúsculo al minúsculo siguiente existe el universo entero, lo inconmensurable. El Todo y la Nada conviven de átomo a átomo y el espacio entremedio sólo le pertenece a la soledad. Que es sana, que no muerde, que si intentás, se deja acariciar. Es como sumergirse en un arroyo frío de montaña: te limpia la piel y la cara, te humedece cada parte del cuerpo y la mente con esa frescura intensa que te hace circular la sangre más rápido.
Todo esto me pasa cuando te pido que no me lleves, que hoy prefiero ir caminando.

sábado, 28 de marzo de 2015

Divagar teóricamente maleducado


Perplejidad. Incertidumbre. Emoción. Ja. Jajaja, qué risa. Qué espanto (entre el espanto y la locura, ah) Deconstuyamos mitos, che. Es necesario para volar. 
Sin embargo no todos los pájaros con alas vuelan, ni todos los perros van al cielo; quizás sólo en las películas. ¿Cuestiones? No las hay: hay construcciones. ¿Colores? Los respiramos e interpretamos, no existen en sí, ni para sí, sólo nos amamos dialécticamente: nosotros los inventamos, ellos nos influyen el sentir, es sencillo. Aunque, quizás te preguntés: ¿quién prima? ¿el color o uno? Simbiosis curiosas sí las hay, ¿no?. Reflectores que no caen, sólo alumbran las muy versadas artes de hacer de la oscuridad una obra teatral de sombras, contraste entre la sombra más clarita y la más oscura; bello escenario en penumbras arrrancando los alaridos y risotadas del público, también sus lamentos y llantos, y quién dijo que no: también su calor interno, vivo y dudoso, cansino y tibio (es calor, después de todo).
El hermoso y divino arte de ser un asceta que se zambulle en delirios incoherentes, porque para realidades concretas y lógicas, ya tenemos demasiado. O como dijo uno, palabra más, palabra menos: mejor hablar de lo imposible, porque de lo posible se sabe demasiado.

jueves, 19 de febrero de 2015

Alegría candombe

El frío de los pobres que un día triunfarán/ cruje
en el fondo del país/ torturado/ callado
crepita otoñando padeceres/ se le caen
hojitas/ dolores secos/ van al suelo/ se pudren

alimentando la furia que vendrá/ alma mía
que así crecés contra las bestias/ dame
valor o fuego/ pueda podrirme/ continuar/
para que se coma la victoria

(El frío de los pobres – Juan Gelman)


¿Es el candombe la música de los muchos cielos? ¿Es su alegría la canción para los días de la vida? ¿Sabe a risa y libertad y se sienta en la piel como plumas rozandolá o como cascadas frías sobre nuestras espaldas? ¿Es el candombe la alegría que es canción para los días de la vida?
Y sí: callado, calloso, de golpe te exalta los párpados como si no supiera pedir permiso, pero se ríe con esos tintes a monedas portuguesas de siglo XIX y a uno los huequitos de las mejillas se le forman apurados, sin preguntar. ¿Contagia esa especie de ternura, o es nuestra propia debilidad a lo hermosamente obviado? ¿Saben las verdades verdaderas y los patrones de ritmo de los tambores eclécticos?
Cantando otra vez, me dije: no basta con sentir el cielo entre los dedos vírgenes de esos algodones, nos impulsamos ambiciosos entre pajaritos, medio disculpándonos pero medio llenos de preguntas sobre el Sol, que se asoma apenitas más allá, sobre la barriga redondeada de una nube blanca con pinta de señora malhumorada.
¿Y si el candombe es la alegría de los muchos vientos convertido en canción para los días de la vida? ¿y si es el canto de algún dios, alguna diosa distraídx que visitó la Tierra y se olvidó un tarareo divino que luego se llamó y sintió así: alegría? ¿Y alguien tradujo: candombe? Porque a veces pareciera necesario ser sutil y cuando se quiere interiormente decir alegría, se dice candombe y chau, que es casi lo mismo pero más dulce y enrevesado.
¿Y por qué no va a ser el candombe el brote de las muchas plantas? ¿Acaso no son plantas las que lo bailan escandalizadas en su propia borrachera de candombes anteriores-o sea, de alegrías- esos ritmos agiteros y agitadores, los tibios alcoholes? ¿Las plantas de los pies, no serán quizás la materialidad misma de la alegría de los muchos dientes que se sonríen sabrosos de felicidad que no se nubla con tanto penar y complicaciones varias?
¿Es el candombe la música de los tantos libres que se hartaron de ser esclavos y rompieron las cadenas aunque más no sea simbólicamente por unos ratitos, en ese baile caliente y seductor, golpeteando las muy masticadas rabias y sublimando los muy acarreados dolorcitos del alma, hasta convertir todo en una masa tierna y suave, que por qué no, podemos llamar alegría, o por áhi, si sutiezas tampoco mal no nos venían, digo yo, a lo mejor preferimos llamarla, quedamente y entre dientes, candombe?

domingo, 11 de enero de 2015

Flores al fin

Todavía no habías brillado
así, como por el huequito de la ventana.
Como sabiéndote perseguido, como saltando
así, casi un relincho galopante
en el medio de la pampa.
¿No habías cerrado con el pestillo, acaso?
¿No habías notado los olores a
alcánfor?
¿Violetas? ¿Flores al fin?
Supongo que tampoco diste importancia al charco de lágrimas dibujando una sonrisa roja de vida.
Es que todavía no habías regresado a la melodía, y sin embargo ella te llamaba, aunque ya se había empacado de tanto esperarte retornar; capcioso, vos, ¿eh? ¿Saltaste todo este tiempo?
¿No o sí? Porque esa negación, casi imperceptible que acostumbrás a hacer, es tan opuesta a la afirmación que hay en tus ojos, que me confundís. ¿Sí o no?
¿Acaso no somos solo eso: niegafirmaciones? ¿Acaso no somos olor a alcánfor y violetas flores al fin? ¿Acaso no esperamos siempre que ese saludo inesperado ruede hasta nuestras mejillas, siempre protagonistas, siempre entre bambalinas, como expectantes?
El caso, nublado o soleado, es que ya la luz te había ido avisando que no te quedaba mucho ratito. Quizás ahí fue cuando pifiaste. Debiste haberte ido cuando pudiste.
Pero no. Tozudo como mula, pero con el atolondramiento de una potranca.
Herido en tu orgullo. O sea, más peligroso, al fin de cuentas. Letal, de hecho.
¿No podías ser paciente, cauteloso? ¿No vale nada cada segundo dispensado a no precipitarse así, torpemente?
¿No te duele como abrojitos chiquititos chiquititos, el haber sido tan apresurado y drástico? ¿No tenés, acaso, ese dolor, como quiste venenoso, detrás de los ojos?
Como vos dijiste: este quiste, detrás de los ojos, es el que no me está dejando ver.
Si, así es. Ni ver, ni tampoco te está dejando mostrarte.
Tal vez hayas olvidado que los ojos son el camino más corto al alma. Pero no deja de ser así porque vos lo olvides. No hagas tampoco eso, no intentes despojar de existencia a los entes, mediante tus deliberados olvidos. Es ponzoña. Es como contar estrellas: imposible y eternamente infinito. Y también algo iluso.
¿Y qué hay de tu luz, cadáver exquisito, blancos ojos blancos? ¿Y el color? ¿Por qué esa evitación ciega y casi irreflexiva? Me recordás al mozo de aquel café. Gris y apergaminado, con olor a cigarrillos y whisky barato. Una perfecta pieza poética de la melancolía. Hermosa obra de arte, sí. Dolorosa, artística. Pero para mirar y pensarla, no para serla. Qué laberinto debiera ser cada arruga de esa cara. Cuánto dolor. Y cuánta costumbre. Vos casi ni te atreviste a mirarlo.
Además, ya tardecito, creíste poder hacer un mosaico de mascarillas para forjarte una nueva cara. O identidad, no sé. Quisiste ser un poco todos y sos ninguno. Te encandilaste con la totalidad y te perdiste irremediablemente en el pensamiento de la mismidad. Apenas una parte.
¿Cómo te salís de ahí, ahora?
¿Cómo pensás ser y no, efímero de lo efímero, sólo parecer?
Como desinflarte, así, mansamente, y dejar que las leyes de la física hagan el resto.
O cerrar las hojasojos y abrirlos siendo árbol en proceso de fotosíntesis, lleno de luz dulce y clara, levemente siendo, así, como un resplandor eterno.
Ya ni sé. ¿Acaso fue que no supiste llorar a tiempo? ¿Acaso la fe en la sed verdadera te apagó aquel vómito insidioso y expansivo?
¿Podés ser? ¿Podés, por favor, ser todo aquello que, en tu inasible levedad, sos? ¿Pero escupiendo los restos arrancados del quiste de detrás de tus ojos inundados de niegafirmación? ¿Sí? ¿Para ver y mostrarte, así, abierto, como feliz? ¿De ser eso y no otra cosa? ¿Y aceptando también el devenir?
¿Cantando claro y bajito, como susurro, como hermosamente íntimo, para vos y sólo para vos, en tu callada somnolencia murmurada: soy constante cambio pero siempre siendo, nunca dejando de ser ni dejando el ser? ¿Querés? ¿Dale que sí?

jueves, 27 de noviembre de 2014

Rezo por vos (y él)

Menos mal. Menos mal que Beethoven era sordo, porque si no, mamma mía. Porque si era sordo e hizo lo que hizo, dale, no jodamos. Qué lo parió. Menos mal que Beethoven era sordo, y que Charly y el Flaco nunca terminaron su disco juntos. Digo menos mal, pero es un decir. Un alivio que no lo hayan hecho, porque si lo hubieran hecho, hubiera prendido fuego toda la ciudad, todo el campo y los mares y lagos. Se hubiera ido todo al cielo, porque ese disco hubiera sido la mismísima música de las estrellas. Porque sí, porque estoy seguro. Menos mal, porque con sólo hacer un tema, lo erigieron inmortal, el rezo como mantra. Inmortal, la indómita luz. De ambos, de los dos. La carne que se ilumina en medio de la tormenta y las revistas que revolotean histéricas por los vientos lluviosos. Menos mal, que quedó en ese tema inmortal, porque un disco entero con esa potencia, esa energía, esa poesía y esa divinidad de belleza musical habría demolido la moral de todos los músicos por venir.
Porque sí, porque es simplemente imposible hacer nada después que se combinaran esos dos. Como si juntaras a Maradona con Bochini. Menos mal que no jugaron un mundial juntos esos dos. En serio, digo menos mal, como un decir (¿qué no hubiera dado por ver a Charly con Luis Alberto, al Bocha con el Diego?). Digo menos mal, porque estoy seguro que el nivel de energía que se generaría por esos encuentros entre dioses, entre gigantes titánicos de sus ámbitos y artes, es demasiada. Explota todo, estoy seguro, seguro. Imaginen por un segundo a todos los fanáticos del Charly y después a todos los fanáticos del Flaco. Todos, no sé, ¿qué serán, un 70% del país?, todos gritando los temas de un disco imaginario, invisible, como un Capitán Beto pero en vez de atravesando el cosmos de las líneas de transporte, atravesando la historia del rock como una navaja afilada que divide las aguas para nunca volver a juntarlas, porque eso es lo que hubiera sido un disco entero de esos dos: un antes y un después, un para siempre y un nunca jamás. Un hito que me hubiera tatuado de buena gana en medio de la frente. Total, qué me va a importar, si ese disco hubiese sido la mejor miel que pudo haber sonado sobre esta tierra. Mejor que todo y desafío a cualquiera, mejor que los más mejores de todos. Esos dos, juntos, hubieran demostrado que Dios no existe como lo imaginamos, sino que es música que sale de sus dedos. De los de ellos dos, y nadie más. Que Dios es la comunión de lo perfecto con lo inalcanzable, de la mixtura entre la violencia rebelde de Charly y la poesía equilibrada de Spinetta, entre el rock de uno y otro. Dios hubiera muerto de envidia (y le hubiera dado la razón a Nietzsche en ese segundo), hubiera muerto de envidia de ver tocar a esos dos. Y digo más: por eso no lo hicieron. Para no desafiar a lo inasible, a Dios. Para no desafiarlo, no se juntaron. Ni siquiera te digo que no tocaron porque Dios así lo quiso, que por otro lado no me quedan dudas, Él no quiso, porque se hubiera querido morir de envidia de esa conexión que el jamás podrá sentir al ser único e irrepetible; pero esos dos, son dos dioses, son pares y siempre lo que hacen dos es mejor que lo que hace uno. Pero no, no digo que fue por decisión de Dios. Fue decisión de ellos no desafiar a esa fuerza creadora. No quisieron fundar un culto nuevo, una nueva religión. Se dieron cuenta que era demasiado para esta tierra. Demasiado fuego bajo el pecho y quemando los instrumentos.Demasiado ego, demasiada la sed verdadera de los dos de asir lo más intangible de la música; por eso mejor, basta de pensar. Basta de pensar el disco ese inexistente que nunca saldrá. Porque, menos mal.

lunes, 22 de septiembre de 2014

De pasados y brotes

El pasado es así: no tiene sentido echarle tierra encima. Al contrario, es contraproducente; mientras más tierras le tires, más probabilidades de prolongación en el presente y en el futuro le estás dando. Porque es así el pasado. Vos le tirás, le tirás tierra. Pero apenas te descuidaste mirando un rayito de sol, o viendo un pez nadar en la corriente, apenas lo perdiste un segundito de vista, te creció un brote en toda la tierra que le tiraste encima. Es que sí, uno tira tierra, pero siempre queda alguna semilla que uno no se percata. Te distrajiste y creció un brote. Hasta ahí todo bien, qué se yo. Un brote, piensa uno, no es muy fuerte. Se lo deshierba y chau pasado. Pero no. Porque de golpe cuando estás tirando del tierno tallo del brote, te das cuenta que tiene una raíz muy honda, muy zigzagueante que se afirma a toda la tierra esa que tiraste antes. Y ahí sí te quiero ver.
Por eso, no está bueno tirarle tierra al pasado encima; enterrarlo no sirve, solamente hace que después cuando pensás que te lo olvidaste, tengas una plaga de brotecitos ahí, naciendo y negándose a ser desmalezados. Porque es así, el pasado. Le gusta ser terco y resistirse a ser olvidado.

martes, 9 de septiembre de 2014

Hoy te sentís así: catapultado

Hoy te sentís así: catapultado. Catapultado a otro infinito que no es este tuyo, tan tuyo. Así: catapultado, como volando a gran velocidad, como estallando en las capas de la atmósfera hacia estrellas varias. Como si se te hubiera metido una bandada de pájaros y sus trinos estuvieran empujando por salir. A empellones, a correntadas que cosquillean. Catapultándote, hacia ese infinito, el otro. El que no es tuyo, tan tuyo, sino simplemente ése. El que se ve cuando abrís los ojos a la mañanita, cuando bostezas con gusto a desayuno imaginario ya en la boca y olorcito a tostada haciéndose despacito en la nariz. ¿Viste que es así, sentirse catapultado? Así: sentirse catapultado es como amanecer y sentir el desayuno que te vas a preparar. Como saber que tenés un día claro y tibio esperándote, con el sol así, acunador y transparente, lleno de luz, de deliciosa luz luminosa. Como saber que la lluvia llega hasta aquí y solo basta con limitarse a vivir; como nevizca en el claro de un bosque de montaña; como la luz en primavera, así es sentirse catapultado. Sabe bien, sentirse catapultado: es como una tensión que te obliga a sonreír, que crispa apenas la columna, como sin querer hacerte doler, apenas como para arquear la espalda y de pronto quebrarse y empujarte hacia adelante. Adelante, siempre adelante, como una corrida de caballos salvajes cortando el río, una navaja helada de suspiros. Eso: sentirse catapultado es una exhalación, un simple respiro que apenas entró en tus pulmones ya salió girando en briznas de pastito verde, tierno y limpio.
Así es catapultarse: respirar y sentir el aire azulado y fresco; la luz clarita y el sol tibio; el olor del desayuno y el sabor del mate amargo, la aspereza de las hojas viejas de un libro amarillento y el sonido de las notas derramándose por la gastada fricción de un vinilo color verde Artaud en funcionamiento; la suavidad de las gotas estrellandosé contra la ventana-balcón y el color de la noche en la ciudad cuando se diluyen las luces con las aguas que caen del cielo tormentoso; todo eso. Y también el rumor de los arroyos de montaña, la caminata entre los árboles, el impulso ese, loco, de seguir y seguir, no importa el paso que sea, siempre adelante, porque sentirse catapultado es inmensamente motivador, porque tiene el olor, el color, el sabor, la textura y el sonido de todo aquello que es hermosamente dulce y hermosamente rico, hermosamente equilibrado, pacífico, así, como simplemente bello. Por eso hoy te levantaste y te sentiste así: catapultado. Qué bueno, amigo. Que aproveches el impulso.

martes, 5 de agosto de 2014

¿Y no es, acaso, este hielo, además de hielo del cielo, el hielo de la gente?

Luego de mucha ausencia de palabra, me es difícil retomar las letras; hundirme en ese líquido tibio que es el Ser y extraer materialidad de él. Volcarla, amasarla a la materialidad, mecerla y acunarla, empapelar mis paredes con ella. Me es difícil, porque luego de mucho no hacerlo, la conexión se fosiliza. Se torna pétrea, compacta. 
¿Podré accederme? ¿Serme? ¿Deletrearme? ¿Es que no sabemos por dónde caminamos, estamos ciegos o sordos? ¿Insensibles? ¿No nos dolemos de realidad roja, clara y roja sangre realidad? ¿No nos dolemos de nuestra ceguera y nuestra sordera que se fosilizan en nuestros dedos, inmovilizándolos, inmovilizándonos? ¿A nosotros? ¿Eh, mi amor? ¿No? ¿No nos dolemos? ¿Ni siquiera de ausencias, bella? ¿Ni siquiera de invisibilidades? ¿O insinuaciones? ¿Sos mi insinuación? ¿Sos una pétrea fosilización de mi inacción, figuración o literalidad, o trazo o qué, mi amor, bella? ¿No nos dolemos de realidad clara roja sangre, de frío helado, citadino de nieves desamparadas que tiritan en las esquinas y se comen los vapores de sus últimos calores abandonándolos? ¿No?
¿No te dolés, no nos dolemos de esos dedos petrificados del hielo de la ciudad? ¿Y no es, acaso, este hielo, además de hielo del cielo, el hielo de la gente? ¿Acaso? Las caras, ¿no son todo hielo? ¿No está terriblemente helado este invierno, estas gentes, vos, yo? ¿No estamos tan terriblemente helados que ni siquiera nos dolemos de este: nuestro hielo? ¿Acaso no nos dolemos de nuestra ausencia insólita, decepcionante ausencia, del dolor de dolernos y no sufrir el hielo de las gentes y los dedos fosilizados? ¿No?

lunes, 28 de julio de 2014

Banquete

Estamos sentados, a una mesa. Una mesa con maderas, con briznas de pastos lejanos. Estamos sentados y nos miran, nos miramos. Nosotros, los otros, los ellos, los acá y los allá. Las dimensiones fundidas confunden. Los límites son difusos. Las personas también.
Estamos sentados, a una mesa. Una mesa donde un cadáver exquisito se revuelca en su último atisbo a este mundo, esta mesa. Porque el mundo es una mesa, donde nos miran, nos miramos. Nosotros y los otros.
Estamos sentados, a una mesa. Encendida, ardida de voces. Ardida de tizne y carbón ojeroso, nevada de hollín -nevazón anochecida, ausente de palidez invernal-, oscura en sus bordes, clara en su centro. La mesa, el tinte negro. El color del contraste, el cadáver exquisito, las briznas de esos pastos lejanos y nosotros y los otros, que nos miran y nos miramos.
Estamos sentados, a una mesa. La mesa, esta mesa, nuestra mesa; la comida está servida. Plato frío, de entrada. Plato suculento, aceitoso, rebosante de desigualdad y vapores de satíricas imágenes de historia viva. Cadenas y sogas, para condimentar. Mezcladas en la pimienta, las liendres de los esclavos hacinados; mezclada en el vino, la sangre de los caídos masacrados; mezcladas en el agua y la sal, las lágrimas de los no caídos, los que los cayeron carcomidos en culpa. Sí, porque sobrevivir también es eso: mezcla culpa con asqueroso alivio.
Estamos sentados, a una mesa. Vamos a cortar el costillar. Lo dividiremos en partes iguales. El jugo (en realidad es sangre, pero la ilusión es nuestra debilidad) manará del corte profundo y se escurrirá por la fuente hasta los labios de los pobres decrépitos que se acuchillan por una gota de nuestro resabio. Vamos a cortar ese costillar; lo dividiremos en partes iguales y se relamerán los pobres decrépitos con nuestro resabio. Y comeremos. Hasta el hastío, comeremos. Hasta vomitar nuestro exceso para seguir comiendo. Repetiremos una, dos, tres veces. Tres insultantes, tres asquerosas veces. Y sí.
Nos miran, nos miramos. Gordos, henchidos de placer de devorar sangres y carnes, lágrimas y liendres, ojos y cabellos de ángel. De ángel desnutrido.
Y sí, porque sobrevivir, es también eso... incomprensiblemente injusto.

domingo, 22 de junio de 2014

Olor a almendras

¡Somos seres humanos! Sin saber lo que es hoy... ¿un ser humano? Y sin embargo el mundo sigue bajo el sol, todo bajo el sol, debajo del sol. Figurate que el viento borra tus manos y que una chica vuela y ve florecer la luz de ese sol; que el tiempo pasa, las horas bajan, y vos: ¿dónde estás ahora? ¿Quizás soñando con dedos de pan? ¿Barcos de papel -sin alta mar-? ¿O estás robando tizas de alguna muchacha pechos de miel que no duerme y juega con nada, y que tal vez mañana despierte sobre el mar, el mar? Ah, Fermín, Fermín..., tus manos giran y giran y yo no sé dónde estás. Pero tu tristeza de aserrín ¡Ah! qué hermosa es. Descálzate, para ir.

lunes, 28 de abril de 2014

Disonancia

Resulta que podrías haber sido la mar y te dio miedo. Vos, vigoroso y pedante, dijiste ser la Revolución de los cuerpos desnudos y sos el trapo viejo de la lavandería. Un recuerdo hermoso y oxidado de ego. Resulta, ahora, que sólo fuiste una pieza descuajeringada, un engranaje de dientes mellados que gira en falso. Mira vos, tan gigante y eterno que te hacías ver, ahora sos una pasa de uva llena de nada, vacía de todo. De todo lo que decías estar lleno, lo cual es aún más terrible.
Resulta que decías ser el sol y ni siquiera soportabas el más mínimo roce de ninguno de sus rayos. Asombroso. Resulta que vos, maestro del aparentar, genio del artificio, decías ser yo, y yo no puedo ni reconocerme en ese espejo resquebrajado.

sábado, 25 de enero de 2014

Los ojos que nos miran

Primero es una alegría eufórica, desatinada. 
Como lluvia de mayo cae en mis ojos y me sonríe bien los dientes, y yo me como, me bebo el agua de gozo. Pero al instante, el miedo que me atenaza, que no deja en paz mi mente, me enloquece y con sus manitas afiladas me abre fosos profundos. Actúo guiado por él y me pierdo en mi laberíntica desesperación. Temo a los ojos que me exigen y al futuro inminente y lejano; temo al abrazo desprejuiciado, desnudo, al torrente ígneo de sincericidio, a la comunión de lo gigantesco y lo minúsculo, a la humedad tibia que lo rodea y lo asemeja a Venus; temo a los cabellos y los vellos, y los rubores, las pieles y los dedos persistentes, inquisidores. Temo a la mirada que me explora y me despanzurra como un abrelatas, y me pregunta cara a cara lo mejor y lo peor de mí. Le temo (y la idolatro) a esa desnudez que tanto perfora y tanto refresca. Le temo a esa hermosa y salvaje serenidad de saberte contemplado y comprendido y estudiado y explorado. Esa furiosa y magnífica vulnerabilidad es la más poderosa visión de la piel reluciente de caos. El arte que escupe miradas y el frío que las devuelve. Tormenta y ocaso, plenitud y planicie, el espíritu tripartito: el padre, el hijo y el espíritu santo, o corrompido, o bien emputecido, por suerte o por milagro, por azar, por destino, o por decreto.

La inquietante sonata del cadáver exquisito convertida en rayo de sol y lanza y arma letal, despelleja las carnes y las desgarra, pero no te cuides de ella, no, porque abrirse es entregarse y aterra y atrae y seduce; hasta te echa a temblar que da miedo: los dientes castañean y el alma se te cae al piso y solo podés arrastrarla a trompicones lamentables; pero ¡qué placer saberte atravesado por esos ojos que cada detalle observado piensan y enmarcan en un contexto!¡Qué placer saberte una nada arrojada al vacío de lo imperecedero, de lo imprevisto, lo desconocido de la Luz Roja, esa que encandila a todos, pero jamás por igual, sino distintamente. Y te quema y te calienta el pecho, y las penas añejadas en amargos licores se diluyen, y sentís un cauteloso solcito que te amanece en los ojos llorosos de soledades pasadas, y el calorcito sube y eso que sentís que gusta y duele y atrae y confunde y apena (¡y cómo!), esa locura inconmensurable es el puro amor que te brota de la desnudez inmensa de dejarte mirar por otros ojos que no sean los de tu inconsciencia reflejada en los espejos de baños decadentes en bares herrumbados; no, para nada, para nunca, para nadie. Estos ojos que te miran y te ven y te observan, preguntándote todo aquello que vos te entretenés cínicamente en enterrar, esos ojos son los de otro ser humano, tu par, tu célula hermana, salida quién sabe de dónde y quién sabe cómo, para penetrar en lo más hondo de vos y acusadoramente reclamarte si esa persona que están atravesando, sos realmente vos.

lunes, 20 de enero de 2014

Perdiendo el tiempo: pensando


Debería. Debería ser más sencillo escribir. Quizás es que las palabras se atoran y no fluyen. Es decir, las ideas. O de golpe no se puede derramar el sentir en papel. No sé. Pero quizás pasan días y días y no escribo. Meses. ¿Mataré al artista por el militante? ¿Es eso justo? ¿Es eso sano? ¿Ideal o sentimiento? ¿Pero cómo? ¿Acaso no son lo mismo? No sé como hacer que se fundan mis ganas de crear con mi pensar… que se abracen y entrelacen, se miren y se tomen de los brezales esos dos.
Voy matando, cada vez que algo nuevo me ocupa, a todo lo que lo antecedió. Sin entender que solo lo que antecedió me llevó a lo que soy ahora. No puedo sin embargo, no puedo - y es el colmo de la impotencia, del río hecho dique, del aire putrefacto y perdido en cordilleras- no puedo nacerlos juntos y hacerlos respirar la misma materia liquida.
¿Cómo, cómo -me pregunto-, puedo hacer para ser el loco y el racional, el cabello y los ojos, el descriptivo y el expresivo, impresionismo o surrealismo o realismo o cubismo o qué, el mate  y la pava, la pregunta y la respuesta?
Porque lo que soy y me enferma, porque me desgarra, me mutila silenciosa, invisiblemente, es mi dualidad. Yo entero, una gigantesca dualidad (o una pequeñísima dualidad) que se alimenta de su misma sangre derramada y la bebo, y la sangro y la lamo y la degusto y  tiene gusto a sal y a llanto, a bosque y tierra mojada, al metal de las balas y de las joyas  saqueadas, a olvido y añoranza, y es caliente y sabe bien pero me destroza la panza que me arde y me pide por favor basta de la sangre que sabe bien y yo, maldita sea yo que solo atino a rodear mi panza y seguir bebiendo litros y litros de dualidad o de sangre, ya ni sé, porque lo único que ocupa mi desperdigado océano es esta sangre inmunda y deliciosa (¡basta de dualidades!) que me comparto a mí mismo muriéndome lentamente y puta madre que hace frío y es tedioso discutir con uno mismo, y es ahora que entiendo que mi auto-canibalismo no es una dualidad ni mucho menos, es sangre servida en copa bistró que  inunda mis ojos, o lágrimas que inundan mis venas y mierda que fue lindo ser dualidad pero ahora quiero dormir.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Alegato

Voy; me voy: me voy yéndome. Siempre estoy yéndome. De todo, de todos. Me voy, yéndome de los lugares, de las personas, de mí. Yéndome levito y alejo mi masa corpórea. Mi resto etéreo, la levedad de mi ser (la insoportable levedad de mi ser) no sé si se va, o se queda. Si se queda yéndose, o se va quedándose. Gravita alrededor de preguntas. Pero yo, yo me voy yéndome.
Despavorido, quizás.
En defensa de viejos valores o ideas que se han ido, yo me voy.
Me pregunto y me repregunto, ¿dónde estoy?, ¿a dónde estoy yéndome, ahora? Dudo, metódicamente. Me hallo, pero cuando lo hago, ya me estoy yendo a algún otro lugar. Aplico el método cartesiano y soy éter que piensa, por tanto es. ¿Corporeidad? Tal vez, qué importa.
Yo siempre estoy marchándome. Ojo, marcharse de un lugar es irse, indefectiblemente, a otro... se podría decir que estoy siempre llegando. Sin embargo siento la necesidad de recalcar que no, no siento que siempre llegue, pero sí que siempre estoy yéndome. Y ojo ahí también, Yo no me voy siempre, no: yo estoy yéndome siempre, lo cual suena a acción jamás consumada, a anochecer amanecido.
Puede ser que así sea, no sé.
La única seguridad que tengo es que camino, levito, gravito.
Insisto, pregunto, simulo, dudo, respondo, suspiro, escribo, soy ambiguo o decisivo, determino y retrocedo. Canto truco y retruco (aunque no sea mi turno). Hablo, callo parpadeo indicando algo, asiento y niego, discuto a muerte, o mejor, discuto a vida, que es más bello. Siembro, replanteo, me revuelvo inquieto, me nado y me buceo, me entrometo, escupo mis dientes con barro, con sangre; me desprendo largas tiras de piel a arañazos, pateo el suelo, enfurruñado.
Me obsesiono, me exijo, me vuelvo loco rozando la perfección de un algo, me estremezco de placer o dolor, o dulce recuerdo. Goteo humanidad y siento lo que otros. Descanso en el discurso y empleo la retórica: me dejo acunar por lo tripartito y al instante lo rechazo. Me detengo, me observo. Enmudezco. Y me voy, yéndome.

martes, 1 de octubre de 2013

Filosofía o existencialismo

Me dedico a hacerme preguntas que no se pueden responder. Es la pura pasión por la pregunta ingeniosa, o inusual, o inesperada, no por la respuesta. La pregunta por sí sola es la que despierta el asombro y la risa por lo obvia y, al mismo tiempo, tan imposible de contestar. El hallazgo en sí de una respuesta, la culminación de la duda conjugada en solución, no es atractiva: se acaba el juego. Fin.
No, de ninguna manera. Lo infinito reside en lo incontestable, en la pregunta que aparenta ser inútil; no porque no aporte conocimiento, sino porque no es ése su objetivo. Su fin es su comienzo. La pregunta resulta hermosa y divina por sí misma, y autojustifica su existencia. No importa la consecuencia. Importa la pregunta que deslumbra, la que no sirve para nada, más que para entretener la mente con la constatación de que existen más preguntas que respuestas. O no. Pero no importa, su juego es ése: el de la pregunta más allá de la respuesta. Ojo, tampoco es que desdeñe respuestas, incluso hasta las más delirantes serán debatidas, serán analizadas y tomadas en consideración. Es, quizás, mi aspecto menos déspota. La pura existencia no resiste dudas de ningún tipo, y sin embargo es lo más etéreo que tenemos, lo menos comprobable y lo que pincha a nuestro ser mas inquisitivo. El juego no tiene fin porque parte de la base que ninguna respuesta podrá ser confirmada enteramente, ni ninguna rechazada de plano. La consigna será que nadie puede acceder a una verdad única y absoluta e irrefutable. Que no tiene sentido buscarla, porque siempre se podría estar tomando por cierto algo que es falso. Y ahí volvemos. Lo importante es la pregunta, no la respuesta porque esta no existe sino en función de la verdad. Propone una verdad. En cambio, la pregunta solo pregunta, solo abre la discordia entre dos visiones, o solo deslumbra por su ocurrencia. La pregunta solo hace posible la imaginación.

Es por eso, y nada más que por eso que la pregunta seduce tanto. Y entretiene. Y nadie se confunda: no es inútil la pregunta que no tiene respuesta certera o científica, o la que directamente no tiene respuesta. No, la pregunta jamás será inútil, pregunte lo que pregunte. Porque es por la pregunta, quizás -y ahora déjenme divagar un poco- es por la pregunta, que el primer hombre, o la primera mujer, o ambos, con el ceño fruncido por la pregunta anclada entre las cejas y la duda anidada en los ojos, se pararon en dos patas, se olieron los olores y se tocaron por primera vez.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Tratado precario sobre la Música

En el universo paralelo de nuestras mentes, una línea se posa dividiendo los bocinazos de los trenes y las multitudes arremolinadas alrededor. Discurre entre ellos con el incendio voraz de una sinfonía, excitando los oídos, alterando los cansancios. Hoy están, mañana (que es
ayer), no.
La mente juguetea inquieta: poco importan los matices cuando todo es de un único color. Sin embargo, no te confundas y creas que tu policromatismo es muy especial, porque no es así. Las disminuciones o modulaciones se hacen presentes tanto en tu obra como en la de muchos otros. Y el crescendo las abarca a todas, como el dramatismo. Son irreductibles a una sola, como vos o yo somos irreductibles a una sola célula. Todo, interconectado, respira al unísono toda su vida en gotas de aire, y cuando la tensión es dramática, magnífica e insosteniblemente dramática, es ahí en ese arrasador segundo (eterno, infinito) que todos parecen comprender al fin el sentido, el juego, el por qué y el para qué y el cómo de la obra;  y estallan en un espasmo de inesperado apaciguamiento. Se demoran en un pasaje que poco tiene que ver con el sentido general de la música, pero solo para impulsarse y llenar los vacíos con delicioso suspenso. A continuación, una ligera inclinación de la cabeza; un llamamiento silencioso; una arenga apenas perceptible y el acoplamiento generalizado, la copulación de los componentes: la unión de los vientos y las cuerdas. La percusión proponiendo un nuevo crescendo que estalla en sus, en tus, en mis oídos.

La explosión final que determina todo el significado de la obra, donde cada uno de sus significantes deja de ser evidente y pasa a ser mera interpretación, pura subjetividad. Y justo antes de comprenderla, justo cuando se acerca el instante de claridad, de lucidez, en el cenit de la euforia musical (instrumental y melódica y armónica y rítmica y compositiva); justo cuando todo indica que caerá de maduro, por el peso de su propia obviedad, cuando es insoportablemente hermosa la conjunción de esa fuerza con la música y todo parece explicarse por sí mismo, entrelazarse y difuminarse con el universo (o quizás pienso ahora cuando el éxtasis llega a su fin, que todo eso es la idea de Dios o de Universo o Unidad, o Todo, porque es tan increíblemente gigantesco,  fuerte, luminoso, dramático, hermoso), justo cuando creés abarcarlo y aprehenderlo, el director (artista silencioso) con un relampagueo de su batuta y una elegante señal displicente, da por terminada la resurrección del compositor, por años muerto, y hasta recién, hasta hace apenas un segundo, un diminuto segundito, tan arrolladoramente vivo.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El Tiempo de Afuera

Tengo un dado de cinco caras, de cinco colores. Violeta, azul oscuro, bordó, verde claro y amarillo girasol. Para tirarlo tengo adelante todo este campo de tierra. El problema es el eco. El problema son los cristales. Cuando el dado caiga, al tocarlos producirá el sonido, y no hay un centímetro de tierra que no los contenga. Y ya sabemos que producirá la reverberación estrepitosa: que se despierten los gigantes. Claro, dormidos son como montañas. Grises, silenciosas. Y sí, están a kilómetros de mí. Pero yo se que con un buen trote me alcanzan en cuestión de segundos. A los gigantes no les gusta que los moleste. Y el castigo lo sé también: colgarme del Árbol de los Brazos en Punta. Está a la vuelta del Enorme Zancudo.
El problema es que ya no me queda mucho tiempo. El aire me está apretando cada vez más, y ya se ciernen los eclipses sobre los horizontes. Debo elegir un color. Así podré regresar al Tiempo de Afuera. Así podré atravesar la pared del supuesto infinito.
En el Tiempo de Afuera es todo calmo. Claro que el color que el azar elija será quien defina los planos y sectores. Ah, pero qué desorden tan hermoso es el de el otro lado de la pared. Ya oigo las melodías encriptadas. Se descifrarán al llegar a mi oído. Vibraciones tan sutiles adentro. Yunque, martillo, e impulso eléctrico y la paz al llegar a mi cerebelo.
Ya es tarde, se están despertando de la siesta. Este es el momento. Tiro el dado.
Como había anticipado, los cristales hacen lo suyo. Este sonido es en cambio tan asqueroso. Me dan arcadas. La alarma empieza a correr. Todavía no se define el destino. Las cinco posibilidades están en duelo. 
Finalmente: bordó.
Los gigantes me intentan aferrar pero ya me desvanezco. Me voy, me voy. Hacia allá, del otro lado del infinito. En el Tiempo de Afuera.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Paisajes: la Vía Láctea

Adentro de la casa estaba cálido; acá afuera con la temperatura bajo cero, cae el hielo invisible en esta noche al sur del mundo. La calle de tierra está dura de frío y la respiración escapa en forma de voluta etérea. No hay luna y el camino no tiene iluminación. Tengo un trecho hasta mi destino y disfruto la caminata bajo un cielo conmovedor. Se despliegan mil estrellas, increíblemente nítidas y luminosas sobre mis ojos. El bosque y las nieves eternas tienen un tinte plateado que le da un toque surrealista al cuadro.
Tal es la perfección del cielo, que se ve la plateada estela de la mismísima vía láctea atravesando el océano de azul noche. Ubico las constelaciones conocidas; todas ellas se ven, no hay ni una sola nube: la Cruz del Sur, Los 7 Cabritos, Las 3 Marías, Orión y muchas más que no conozco, o que quizás nunca fueron nombradas. Pienso en los primeros pueblos, en los que emigraron kilómetros y kilómetros siguiendo direcciones celestes, guiados por la Vía Láctea, por ese asombroso manchón de claridad resplandeciente salpicada de soles diminutos.
Pienso en esto de vivir en ciudades que no dejan ver las estrellas. La visión es hipnótica, resulta imposible sustraerse. Las cuento, las recuento. Jamás termino, pero siempre empiezo. Las contemplo mudo de asombro, inundado de la tranquilidad que me transmite su belleza casi incomprensible. Las montañas contrastan con esas pinceladas estrelladas de plata. Más allá, el lago juega a ser cielo, y desafía a cualquiera a que distinga cuál es cuál. Las ramas, apenas movidas en su sueño por unas pocas gotas de viento, regalan un murmullo suave.
De pronto tengo la certeza de cruzar mi mirada húmeda de contemplación con algún otro observador perdido en la inmensidad del Universo. Le sonrío, por las dudas.

viernes, 30 de agosto de 2013

Mi propio brujo

Hoy saqué el candado de la Gran Puerta. Lo transformé en líquido, denso, negro, frente a mis ojos. Del otro lado me encuentro con una habitación. Siete puertas blancas me dividen del futuro, ya que la decisión será tomada después del presente. No hay alternativa: no la hay. Elijo la cuarta. Me detengo. El camino no continúa del otro lado, no. Se detiene en dos baldosas púrpuras. Y la jungla me asfixia en todos los costados. Tengo que trepar, pero ¿a dónde? Adelante mío veo mis ojos. Gigantescos. Terribles. Son los míos, mis propios ojos. Y lloro. Lloro de forma tan fuerte y dolorosa.
No puedo mirarme a mi mismo. La imagen me resulta tan grotesca, insoportable. Quiero clavar una estaca en mi iris. Pero no llego. Sin embargo imagino que lo hago.
Qué fácil que es imaginar. Pero es tan asqueroso. Repudio el aire que me rodea. Es denso, como olor a muerto. Como un cadáver en mi mismo. Soy un cadáver. Una calavera. ¡Ah, pero tengo todas las respuestas! Desde aquí, sí. En la cima de la montaña.
Por suerte ya se disiparon los huesos. Ahora la nieve. Y me hundo. ¿Abajo del cerro esta el lago? ¿o acaso estoy nadando en mi propio líquido amniótico? Soy la creación. Soy el universo. Soy esa leyenda que nunca se contó. Soy barro. Pero barro con sangre. Soy pus. Soy piel quemada. Ardiendo. Soy el infierno. Soy un dios asesino. Me desgarro mi propia piel. Escarbo en mí. Nado en mi vientre, soy mi propio bebé. Soy mi hijo. Me veo desde mi mente, pero tan puro ¡ay!, tan hermoso, que me rozo apenas y me transformo en toda la luz del infinito. Esa como amarilla clara. Eterna. Nunca para.
Y me trago mis palabras. Una a una. Liebre, libertad, librería, libra. Continúo con la H. Me rasco un poco la pera y noto un lunar. Lo abro. Adentro está mi guitarra. ¡Qué buen momento para acariciarla! Pero ya no es ella: es lodo. Mi guitarra está hecha de lodo. Salen gotas disparadas en el rasguido. Notas disipadas en el rugido. Y todo calla. Calma. Calma al fin. Todo para. Soy mi propio brujo.

jueves, 29 de agosto de 2013

El que es viendo

Me veo siendo y soy viendo. Viendo, miro y me hago: me doy a luz, me nazco. Naciéndome veo dándome a luz; mirando al veedor soy observador. Solo veo. Y miro. Y soy. Y no al revés, no de otro modo. 
Y esto es así porque en mis ojos vive el ser que ve y que mira, el que yo hice la primera vez que vi. El más innato de todos mis seres. El que ve mirando. El que es viendo.