lunes, 28 de julio de 2014

Banquete

Estamos sentados, a una mesa. Una mesa con maderas, con briznas de pastos lejanos. Estamos sentados y nos miran, nos miramos. Nosotros, los otros, los ellos, los acá y los allá. Las dimensiones fundidas confunden. Los límites son difusos. Las personas también.
Estamos sentados, a una mesa. Una mesa donde un cadáver exquisito se revuelca en su último atisbo a este mundo, esta mesa. Porque el mundo es una mesa, donde nos miran, nos miramos. Nosotros y los otros.
Estamos sentados, a una mesa. Encendida, ardida de voces. Ardida de tizne y carbón ojeroso, nevada de hollín -nevazón anochecida, ausente de palidez invernal-, oscura en sus bordes, clara en su centro. La mesa, el tinte negro. El color del contraste, el cadáver exquisito, las briznas de esos pastos lejanos y nosotros y los otros, que nos miran y nos miramos.
Estamos sentados, a una mesa. La mesa, esta mesa, nuestra mesa; la comida está servida. Plato frío, de entrada. Plato suculento, aceitoso, rebosante de desigualdad y vapores de satíricas imágenes de historia viva. Cadenas y sogas, para condimentar. Mezcladas en la pimienta, las liendres de los esclavos hacinados; mezclada en el vino, la sangre de los caídos masacrados; mezcladas en el agua y la sal, las lágrimas de los no caídos, los que los cayeron carcomidos en culpa. Sí, porque sobrevivir también es eso: mezcla culpa con asqueroso alivio.
Estamos sentados, a una mesa. Vamos a cortar el costillar. Lo dividiremos en partes iguales. El jugo (en realidad es sangre, pero la ilusión es nuestra debilidad) manará del corte profundo y se escurrirá por la fuente hasta los labios de los pobres decrépitos que se acuchillan por una gota de nuestro resabio. Vamos a cortar ese costillar; lo dividiremos en partes iguales y se relamerán los pobres decrépitos con nuestro resabio. Y comeremos. Hasta el hastío, comeremos. Hasta vomitar nuestro exceso para seguir comiendo. Repetiremos una, dos, tres veces. Tres insultantes, tres asquerosas veces. Y sí.
Nos miran, nos miramos. Gordos, henchidos de placer de devorar sangres y carnes, lágrimas y liendres, ojos y cabellos de ángel. De ángel desnutrido.
Y sí, porque sobrevivir, es también eso... incomprensiblemente injusto.

miércoles, 25 de junio de 2014

Cuando las ventanas dan a la calle

Al principio estabas desnuda, sentada en la cama y apoyada en la ventana. Fumabas un cigarro, y mirabas a los autos pasar por la calle oscura, apenas iluminada por un poco de luna y un poco de farol. Eras parsimoniosa, ni se movían tus músculos y en cambio los que sí se movían eran tus mares en oleajes negros, con la brisa de otoño que entraba suave, desarreglándote tan divinamente. Me mirabas con cara de incredulidad, pero yo sabía que a vos te encantaba mirarme con esa cara para ponerme nervioso. Decías que así te dabas cuenta de las intenciones de las personas. Después yo te acercaba un poco mi mano y los dedos se hundían en ese océano de cabellos. A veces cerrabas los ojos y jugabas a que eras otra persona, como si cerrando los ojos quedaras protegida de todo lo frío y agrio del mundo y, a la inversa, si los abrías, tiritabas y decías que lo único que te protegía ahí era tu pared de helada condescendencia. Tenías miedo; bah, yo también lo tenía. Todos nuestros amigos lo tenían y creo que las plantas y los gatos y perros de las veredas de las viejas, también lo tenían. Estábamos secos de tanto gris y tanta opresión. El ambiente agobiaba por la pura densidad de ese miedo.  Es más, yo te decía eso: el miedo que da la desnudez y los ojos de un otro recorriéndola. Vos te reías, no me tomabas mucho en serio, o pensabas que estaba loco, o que deliraba demasiado y a mi me encantaba verte riendoté de mi vuelo sin sentido. Pero cuando pisábamos tierra de nuevo, el miedo seguía ahí, hamacándose en la mecedora y acechándonos con ojos cínicos. La pregunta sobre cuánto tiempo más íbamos a poder escurrirnos de nuestro destino casi ineludible, seguía flotando en el aire.
En algunos momentos te acercabas, tan seductora, tan cálida y me rozabas un labio sobre los míos, y de nuevo cerrabas los ojos. El miedo se escapaba a otra parte y no eramos nada mas que eso, labios. Pero enseguida los abrías y ahí estaba el mundo de nuevo, con el frío y con lo agrio y amargo. Charlábamos poco, porque lo que más me gustaba era verte al lado de la ventana, desnuda y hermosa, con el costado deslizando luz de la calle, con el resto de la habitación a oscuras, sutilmente atravesada por unos pocos rayos de luna. Después empezaste a levantarte más seguido, a fumar más y más cigarros. El humo ya no era artístico, ahora era vicioso y sofocante. La habitación a oscuras dejó de ser un lugar seguro donde uno se sentía a salvo de ojos ajenos y empezó a ser un pozo donde estábamos completamente a la merced de nuestras propias miradas y recuerdos, tantas presencias (ausentes) sentadas a nuestro alrededor, tanto compañero muerto o difuminado en la incertidumbre, tanta herida sin costra, pura sangre aún pegajosa; los amigos que ya no veíamos, la familia. Esta tortuosa clandestinidad... Te convertiste en un espejo, y yo también. Quizás fueran nuestros egos, una lucha desigual, o no tanto, que no se soportaban más. La luna ya no salía, porque siempre anochecía con un manto de nubes. Estábamos preocupados, los nervios a flor de piel, el pánico brotándonos por los poros.
Tu voz ya no sonaba tan fresca y sensual, sino áspera, navegada por reproches y tensiones, una catarata sin final. Yo me hundía en un estado de impasibilidad absoluta, como si estuviera muy lejos y nada de lo que pudieras llegar a decir me importase. En un primer momento fue mi forma de no odiarte, de no atiborrarme de hartazgo y terminar a los gritos húmedos. Después le tomé el gusto y me encerraba en esa posición estatua, disfrutando de cómo te generaba impotencia y rabia hablarme y que mis ojos estuvieran vacíos de interés. No me acuerdo bien cuando fue la última vez que te amé apretadamente, un nudo de piernas y pieles y cabellos entrelazados. Sí me acuerdo que no fue de un día para el otro. Primero tu amargura agrietó tu cuerpo y tus ojos que ahora miraban entrecerrados, no soportando la totalidad de la luz del exterior, pero aún existía toda esa brasa que quemaba nuestros cuerpos desnudos. Poco a poco, fue paulatino el alejamiento, incluso diría que fue como un juego donde ninguno dio el brazo a torcer y se convirtió en una realidad angustiante. Y es que estábamos en la constante presión, mi amor. Ya no soportábamos la paranoia y la angustia de sabernos menos y rodeados y perseguidos, y no encontraste mejor forma de hacer catarsis que vertiendo en mí toda esa angustia que nos era tan propia a los dos.
Cuando te dije que te fueras, que ya no podíamos más compartir noches de humos y amarguras y reproches, porque ya no lo soportaba, apenas asentiste con tu cabeza, los ojos entornados como una sutil idea expirando. Asentiste así, imperceptiblemente y tomaste tu cartera, sin dirigirme una palabra, ni siquiera una mirada. Con el desdén más filoso, cerraste la puerta tras de vos y nunca más se abrió. Quedó así, cerrada y silenciosa. Esa puerta.
Hubiera deseado que no fuera la última vez que pude verte y olerte. Hubiera deseado bajar a la calle, dominar mi orgullo y mi hartazgo y tocar tus dedos, para pedirte calladamente que tomásemos un café y charlásemos, como antes, como siempre. Pero cómo es esta puta vida, las cosas no son como uno las hubiera deseado, sino simplemente como pasan. El coche te estaba esperando, porque sabían que vos salías todas las mañanas de la puerta, esa puerta que era mi cárcel o mi refugio. Vos salías tan fría, tan marchita, que ni siquiera te diste cuenta que te seguían, y cuando por fin lo sentiste, ya no había tiempo ni de llorar. Yo escuché el grito ahogado y el forcejeo, el golpe que te desmayó y la risa de los hijos de puta. Quise bajar, quise gritarte que me esperaras, que ahí iba con vos, que no te dejaba sola. Que no te dejaba sola... Quise decírtelo, que no estabas sola yéndote desmayada a un lugar ninguno, que nadie te iba a tocar ni un centímetro de tu divino cuerpo, pero cuando traté de salir, Rodolfo me lo impidió. Me gritó que no hiciera estupideces, que no había nada que se pudiera hacer y que él no podía permitirse perder dos compañeros si podía evitarlo; me encajó una trompada en la cara que me dejó tirado en el piso, llorando de impotencia y pánico, con el remordimiento masticando lento mis sienes.
Vos ya estabas en ese lugar ninguno, y yo con mi mente estaba en todos, buscándote. Solamente para decirte las palabras que me quedaron atragantadas como espasmos en la boca. Solamente para decirte que eras hermosa, así desnuda y parsimoniosa con tu cigarro y la luz de esa ventana. Solamente para decirte que nuestra rebeldía iba a permanecer entre las grietas de las baldosas salpicadas de carmesí; esas baldosas..., las que te contemplaron diluirte en incógnita.

domingo, 22 de junio de 2014

Olor a almendras

¡Somos seres humanos! Sin saber lo que es hoy... ¿un ser humano? Y sin embargo el mundo sigue bajo el sol, todo bajo el sol, debajo del sol. Figurate que el viento borra tus manos y que una chica vuela y ve florecer la luz de ese sol; que el tiempo pasa, las horas bajan, y vos: ¿dónde estás ahora? ¿Quizás soñando con dedos de pan? ¿Barcos de papel -sin alta mar-? ¿O estás robando tizas de alguna muchacha pechos de miel que no duerme y juega con nada, y que tal vez mañana despierte sobre el mar, el mar? Ah, Fermín, Fermín..., tus manos giran y giran y yo no sé dónde estás. Pero tu tristeza de aserrín ¡Ah! qué hermosa es. Descálzate, para ir.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Nota XIV


Del libro "Interrupciones I"
(escritos de 1971-1979)


¿estás vivo?/¿estás muerto?/¿hijo?/
¿vivimorís otra vez/otro día/como
moriviviste estos años
en un campo de concentración?/¿qué

hicieron de vos/hijo/dulce calor que alguna vez
niñaba al mundo/padre de mi ternura/hijo
que no acabó de vivir?/¿acabó de morir?/
pregunto si acabó de morir/el nacido el morido

a cada rato/niño
que andó temprano por la sombra/voz
que mutilaron/ojo
que vio/niñito de mi sed arrancado

a sus pedazos/a su sed/las sedes
que le abrigaban corazón/
se lo encendían mesmamente/
toda la noche golpeándome la puerta

Juan Gelman

lunes, 28 de abril de 2014

La honda palabra

Las palabras no se aman por cómo suenan. 
Sino por cómo juegan.
Cómo chocan o hablan entre sí.
La palabra que se siente
(hondo) 
no es la que parece poética. 
No.
Es la que tiene puntuación perfecta, 
equilibrio, 
es la aguerrida, 
la suave, como esponjosa. 
O la silenciosa: 
esa es, 
la más hermosa.

Disonancia

Resulta que podrías haber sido la mar y te dio miedo. Vos, vigoroso y pedante, dijiste ser la Revolución de los cuerpos desnudos y sos el trapo viejo de la lavandería. Un recuerdo hermoso y oxidado de ego. Resulta, ahora, que sólo fuiste una pieza descuajeringada, un engranaje de dientes mellados que gira en falso. Mira vos, tan gigante y eterno que te hacías ver, ahora sos una pasa de uva llena de nada, vacía de todo. De todo lo que decías estar lleno, lo cual es aún más terrible.
Resulta que decías ser el sol y ni siquiera soportabas el más mínimo roce de ninguno de sus rayos. Asombroso. Resulta que vos, maestro del aparentar, genio del artificio, decías ser yo, y yo no puedo ni reconocerme en ese espejo resquebrajado.

Resurrecciones/1 - E. Galeano

INFARTO agudo de Miocardio, zarpazo de la muerte al centro del pecho.Pasé dos semanas hundido en una cama de hospital, en Barcelona.Entonces, sacrifique mi destartalada agenda Porky 2, que ya la pobre no daba mas, y como quien no quiere la cosa, el cambio de libreta se convirtió en un repaso de los años transcurridos desde el sacrifico de la Porky 1. Mientras pasaba en limpio nombres y direcciones y teléfonos a la agenda nueva, yo iba pasando en limpio el entrevero de los tiempos y las gentes que venía de vivir, un torbellino de alegrías y lastimaduras, todas muy, siempre muy, y eso fue un largo duelo de los muertos que muertos habían quedado en la zona muerta de mi corazón, y una larga, más larga celebración de los vivos que me encendían la sangre y me crecían el corazón sobrevivido. Y nada tenía de malo, y nada tenía de raro, que se me hubiera roto el corazón, de tanto usarlo.

miércoles, 2 de abril de 2014

Puntos.

Lo lincharon, por no saber qué sentía él cada amanecer madrugador, cuando abría la puerta de su casa y salía a la calle, preparándose. Preparándose a que una parte del mundo, esa tan brillante y llamativa, tan putrefacta de desdén helado, de desidia, de vacío, lo escupiera en la cara, como siempre, como todas las mañanas madrugadoras que él amanecía.
Lo lincharon porque no entendieron nada, de nada, de nada. Y porque ya nadie entiende nada, si una cartera vale más que un pibe que se levanta temprano tiritando de frío en la humedad de su casilla, con las tripas gimiendo de hambre adolescente. Porque si su vida vale una cartera, entonces yo no quiero vivir acá. Yo prefiero ser de esos que la ciudad escupe, porque sino soy de los que escupen. Y no quiero eso, yo estoy podrido de ver eso. Y que linchen. Y que amenacen con genocidios nuevos. Y que griten insultos y frases hechas de las que Hitler estaría orgulloso. Yo estoy podrido de ver que una sociedad entera se caga en lo que realmente pasa y la solución a la que arriba es linchar a un pibe, perdón, no se entiende: ¡LINCHAR A UN NENE, A UN GUACHITO DE 18 AÑOS! De 18 años... 18 años. 18. Y es que estoy podrido y angustiado de tener que escuchar la moralina básica de todos esos asesinos enfermos psicópatas y los otros también, los que los felicitan y vitorean y aplauden orgullosos y ejemplifican: "¡Sí! ¡Así! Eso hay que hacer: matarlos a todos esos chorritos", que son los que después con aires cínicos me dicen qué tengo que hacer, qué está bien y qué está mal y qué corresponde y qué es mejor y qué es más rentable y eficiente (ah, sí, sí, porque estos piensan en esos términos tan puestos de moda en el neoliberalismo, que les quedó tatuado, aunque hayan perdido, igual lo naturalizaron).
Pero vos te olvidas, pedazo de fascista, vos te olvidás muchas cosas.
Vos te olvidás que vivís gracias a todos esos chorritos, porque en realidad los chorritos son chorritos porque primero les expropiaron hasta las ganas de vivir. Les quitaron el aire y se lo cambiaron por el humo del paco. Les pasaron por arriba con las topadoras, por el 76, en la dictadura esa que seguramente defendés. Los contrataron para pagarles 2,5 y que vos tengas más ganancia. Los culparon de todo lo que estaba mal, y lo reprodujiste en cada televisor. Y algunos lo creyeron y se contagiaron. Y hasta algunos de los mismos guachitos, se creyeron el mal de la sociedad. Violencia, eso es violencia; no una cartera de mierda marca Dior. Vos te olvidás que el 2001 no lo sufriste vos solo, mediocre de clase media, que ahora que estás mejor, lo único que te importa es que nadie te saque el mango, pero que si los demás se tienen que cagar de hambre, que se caguen. Vos te olvidás, linchador, que ese pibe tiene una historia entera y que vos y tu malidito prejuicio no te dejan ver nada de nada de toda esa historia y que las cosas no son porque sí, que ningún pibe nace chorro, que pasaron mil cosas entre medio y que seguramente vos nunca las vas a entender, porque no te importa, porque preferís linchar y creerte mejor. Te creés con derecho. Hablás de "nosotros" y de "ellos" como si el país hubiera sido hecho para vos y a tu antojo. Miserable. Egoísta. Fascista. Asesino.
Vos que linchás, y vos que aplaudís también, los dos son una mierda. Son el peor residuo de todo esto. Y algún día te juro, te prometo, que vamos a tirar la cadena.

No dejes que una bomba dañe el clavel de la bandeja (Esteban Valentino)


Acá dejo un cuento de Esteban Valentino, a propósito del 2 de abril, conmemoración de la Guerra de las Malvinas (1982). Que lo disfruten y sirva para sentir y pensar en nuestros chicos, ahora ya no tan chicos. Y en el frío de la tierra yerma que sangra juventud y sangra violencia.

Link para leer el cuento: 

https://www.yumpu.com/es/document/view/15718354/no-dejes-que-una-bomba-dane-el-clavel-de-la-bandeja

miércoles, 26 de marzo de 2014

Nunca más

Me gusta el 24 de Marzo.
Me gusta, porque estamos vivos y somos muchos. Porque respiramos todos juntos.
Me gusta, porque esos asesinos y torturadores de muchachos, y ladrones de bebés, están con el culo entre las manos sabiéndose ajusticiados. 
Me gusta también, porque planificaron la destrucción del que discute y el que cuestiona, del que es "subversivo" (el que subvierte el orden establecido, o lo intenta, o al menos lo imagina y lo construye en su cabeza, con el pensamiento); me gusta porque planificaron la destrucción de ellos, los mejores y de todos los que vinieran después, pero no. Pensaron aterrorizar tanto, que "política" sea relacionada a tal punto con muerte, con desaparición, con tortura, con lo incorrecto o lo malo, que esperaron que ya nadie se acercaría a la palabra. Fracaso. Fracaso absoluto: somos más, somos nuevos y vamos por vos, asesino, y por vos también, el que pusiste la tarasca, la logística. Vamos por todos los que tienen responsabilidad. Les vamos a llevar caramelos a la cárcel, para mirarles el rostro desgañitado, decrépito, y recordarles que recordamos, todo el día, todos los días. Todas esas cosas quisieron generar y todas esas cosas fallaron: matar a los militantes (ahora somos sus hijos), matar la inquietud por este sistema maldito (ahora volvemos los subversivos), despojar de significado a la política (ahora la usamos para construir en cada barrio), aterrorizar a tal punto que la gente se aliene en la soledad de sus casas-cárceles (ahora estamos en la plaza y somos cientos de miles los que agitados gritamos las consignas que habrán de atemorizar a cada responsable en sus agujeros podridos, por saberse en la mira, por saberse no impunes). Por saberse no impunes. Porque eso los aterroriza, los paraliza como a unos conejos asustados perseguidos en el bosque por un puma. Nunca fueron más que eso, una manga de cagones que se escondieron en el poderío material de sus aparatos y sus instrumentos de tortura. Tienen menos dignidad que la muerte tan poco digna que trataron de dispensarles a nuestros desaparecidos. ¡No nos importa! ¡Los seguimos encontrando! ¡Esos vuelos de la muerte, fueron más tu condena que nuestra desgracia! En nosotros el ejemplo se introduce hasta emborracharnos de lucha. Nos diste un espejo donde mirarnos y buscar reconocernos todos los días... ¿y con eso? Que aún nos falta mucho para reconocernos, por eso cada amanecer seguiremos intentado superarnos a nosotros mismos. ¿Qué quiero decir? Que en tu cerebro de bestia de carga (y que me perdonen los bueyes y burros y caballos), que solo podía acarrear con toda la miseria que te regalaban al por mayor desde la Escuela de las Américas y los paracaidistas franceses y todo el establishment; en tu cerebro obtuso, cuadrado y sádico, jamás imaginaste que con tus actos de torturador asqueroso, de cínico desaparecedor de vidas y cadáveres, terminarías desencadenando la peor de tus persecuciones y la más fuerte identificación de toda esta nueva Juventud. Jamás pensaste en potenciar lo que combatías, pero por eso ustedes son solados: porque obedecen, no piensan. Obedecen a los agroexportadores, a los medios masivos de comunicación, a la oligarquía podrida con olor a bosta de vaca y a los intereses del exterior. Fueron utilizados y cometieron terribles hazañas y acá nos tenés ahora a todos los nietos, los hijos, los hermanos, los sobrinos de esas generaciones, luchando como siempre para que jamás sea olvidado lo que hicieron. 
Pero vos sí. Vos vas a ser enterrado en el más profundo olvido. Los que vos desapareciste, los jóvenes maravillosos tendrán sus placas, sus nombres. Su justicia. Vos no, vos ya moriste hace mucho tiempo. 
Sólo eso fuiste, sos y serás: cáscara vacía.

viernes, 14 de marzo de 2014

Tengo

Tengo una linda habitación, la cual siempre que sale el Sol se ilumina de mil colores, que se desprenden de las cortinas, las plantas y los dibujos que tengo. Tengo una guitarra, que me susurra caricias desde sus cuerdas delgadas y tengo también un charango y una carta de amor. Tengo mucha música para escuchar y buenos parlantes para hacerlo; tengo una calle, que si salgo a ella me lleva a todas partes.
Tengo transporte, para cuando quiero viajar, y tengo los mapas en mi cabeza, las combinaciones adecuadas y los auriculares para no aburrirme.
Tengo mis amados libros, uno tras otro, acomodados en la biblioteca, en un orden que solo yo entiendo. Tengo dibujos y pinturas, poesías y cuentos, y alguna que otra melodía inconclusa. Tengo un mate que me acompañó en todos mis viajes y una cámara que guarda recuerdos.
Tengo eso, tengo recuerdos, de muchas cosas, muy buenos; de pocas cosas, muy malos. Tengo recuerdos leves, y recuerdos coloreados, redondos y abstractos. Tengo bellos amigos encontrados en el camino, casualmente, que quizás nunca vuelva a ver, pero están en mis recuerdos y los puedo evocar siempre que yo quiera. Tengo mi arte, que trato de expresar, y tengo mi locura que me hace alucinar. Tengo ideas y tengo ganas, tengo juventud y si no la tuviera, no me haría falta. Tengo un termo que hace que el agua no se enfríe y como si fuera poco tengo un calefactor que me calienta la casa para que a la noche duerma bien.
Tengo dos padres, que me aman y que yo amo, que son bellos y nunca me faltan. Tengo una perra, que bosteza y sonríe, quizás sin saberlo, o quizás dándose cuenta. Tengo una casa en las montañas y un lago a cinco cuadras. Tengo mis amigos, que son como hermanos, que me hacen reír y me hacen pensar, me hacen feliz y también me hacen extrañar. Tengo una amiga que es mamá de una niña, ojos de inmensidad. Tengo un amigo que habla a través de la música, y la música habla a través de él. Tengo un compañero, que nunca pierde una discusión y es tan perfecta su labia que te puede hacer discutir con vos mismo. Tengo una amiga que siempre está aunque poco la vea y mucho la quiera. Y más, tengo más. Un camarada que es mezcla ingeniero con inventor y sus delirios siempre me hacen sonreír. Otro que es tranquilo y está siempre de buen humor, siempre bien dispuesto a festejar, porque sabe que la vida poco sería sin esa bella expresión. Más amigas: una escribe tanta belleza en el papel, que me puede conmover; otra es divertida y serena; hay una más, que con su perfecta simpleza es feliz, sea cual sea la tormenta. Otro amigo, que ama el impulso, y se deja llevar por su loco instinto. Está el hermano que de pequeño compartió todo un sendero hasta que se bifurcó, mas luego se volvió a cruzar y ya no se separó.
Tengo primos, tengo abuelas. Y abuelos, que ya partieron. Tengo tías y tengo lápices para dibujarles sonrisas cuando es necesario. Tengo mi desodorante, para que los olores no me ganen; tengo la ducha para cuando ya ni los perfumes me ayudan. Tengo humor.
Tengo una heladera, que tiene comida y tiene bebida. Tengo amor, e imaginación, tengo memoria y tengo algo que bulle en mí, indómito. Tengo ídolos y tengo sillones, donde duermo mis horas de siesta. Tengo horarios apretados y ganas de verte; tengo la risa a flor de piel.
Tengo ojos que son marrones y tengo dientes que muerden bien. Y mis labios nada tienen que envidarle a ningunos, lo mismo que mi piel. Tengo suspiros, serenidad y sueño. Tengo uñas y tengo pies. Yo camino cuando quiero, y me detengo así me ves. Tengo el delirio y la filosofía, y tengo con quién hablar de ellos. Tengo mucho que puedo compartir y tengo muchos con quienes hacerlo. Tengo planes y caricias, amores que fueron, y amores que serán. Tengo palabras que imaginé y nunca dije, y tengo ganas de saber.
Tengo vida y la amo, tengo sol que me despierta, tengo luna que es de plata. No solo eso, también tengo estrellas que contar, y aunque nunca termino, mejor así, porque si algún día acabara, moriría el juego.
Tengo estrategias y tácticas, ideas y críticas, tengo defectos. Tengo oscuridad y tengo vergüenzas, he acumulado errores a diestra y a siniestra. Me rehíce, porque, además, tengo voluntad. Tengo ejemplos y referentes: tengo posibilidad de recurrir a ellos.
Tengo dioses de todos los colores, de todos los mundos y de todas las edades. Tengo profesores y tengo arena, tallos de pastos y hojas de hierbas. Tengo una poesía escrita en la pared con tinta que lloré alguna que otra vez. Tengo un lápiz que encontré en las vías del tren, que dibuja lo que le pido sin más que un poco de papel, y aunque no parezca cierto, tengo un loco animal mitológico que me dicta su saber y que me imbuye de su historia para que yo pueda verter en otros lados la gran comunión del antes con el después. Y tengo tantas, tantas cosas, que poco sentido tendría enumerarlas todas. Pero más que nada, tengo conciencia de lo que tengo y entonces revalorizo todo lo que veo y lo entiendo, lo comprendo, y en mi insondable interior lo siento. Y ahora que lo veo, ahora que lo pienso, tengo ganas de sonreír sin importar jamás el devenir.  

domingo, 2 de marzo de 2014

Una ventana

Siento la nada, totalizándome.
Soy la sierra, amaneciéndose
por tu ventana,
por esa transparencia del día.
Soy las comidas de los. hambrientos
pura imaginación.
Ni plenitud, ni vaguedad
solo promesas y giros en círculos
actos fallidos, la descontractualización...
de los cuerpos
desnudos en revolución.
Soy el eterno ayer hecho materialidad
y sinsabor.
Soy la constancia del que calla,
no plausible, solo así.
Así, entre brumas. Así, entre aires,
de dulzura; de miel.
Soy el atardecer anocheciéndose
a sí mismo.
La luz del ocaso, rosada, oscura.
Las sombras de las montañas.
La negrura.

sábado, 25 de enero de 2014

Los ojos que nos miran

Primero es una alegría eufórica, desatinada. 
Como lluvia de mayo cae en mis ojos y me sonríe bien los dientes, y yo me como, me bebo el agua de gozo. Pero al instante, el miedo que me atenaza, que no deja en paz mi mente, me enloquece y con sus manitas afiladas me abre fosos profundos. Actúo guiado por él y me pierdo en mi laberíntica desesperación. Temo a los ojos que me exigen y al futuro inminente y lejano; temo al abrazo desprejuiciado, desnudo, al torrente ígneo de sincericidio, a la comunión de lo gigantesco y lo minúsculo, a la humedad tibia que lo rodea y lo asemeja a Venus; temo a los cabellos y los vellos, y los rubores, las pieles y los dedos persistentes, inquisidores. Temo a la mirada que me explora y me despanzurra como un abrelatas, y me pregunta cara a cara lo mejor y lo peor de mí. Le temo (y la idolatro) a esa desnudez que tanto perfora y tanto refresca. Le temo a esa hermosa y salvaje serenidad de saberte contemplado y comprendido y estudiado y explorado. Esa furiosa y magnífica vulnerabilidad es la más poderosa visión de la piel reluciente de caos. El arte que escupe miradas y el frío que las devuelve. Tormenta y ocaso, plenitud y planicie, el espíritu tripartito: el padre, el hijo y el espíritu santo, o corrompido, o bien emputecido, por suerte o por milagro, por azar, por destino, o por decreto.

La inquietante sonata del cadáver exquisito convertida en rayo de sol y lanza y arma letal, despelleja las carnes y las desgarra, pero no te cuides de ella, no, porque abrirse es entregarse y aterra y atrae y seduce; hasta te echa a temblar que da miedo: los dientes castañean y el alma se te cae al piso y solo podés arrastrarla a trompicones lamentables; pero ¡qué placer saberte atravesado por esos ojos que cada detalle observado piensan y enmarcan en un contexto!¡Qué placer saberte una nada arrojada al vacío de lo imperecedero, de lo imprevisto, lo desconocido de la Luz Roja, esa que encandila a todos, pero jamás por igual, sino distintamente. Y te quema y te calienta el pecho, y las penas añejadas en amargos licores se diluyen, y sentís un cauteloso solcito que te amanece en los ojos llorosos de soledades pasadas, y el calorcito sube y eso que sentís que gusta y duele y atrae y confunde y apena (¡y cómo!), esa locura inconmensurable es el puro amor que te brota de la desnudez inmensa de dejarte mirar por otros ojos que no sean los de tu inconsciencia reflejada en los espejos de baños decadentes en bares herrumbados; no, para nada, para nunca, para nadie. Estos ojos que te miran y te ven y te observan, preguntándote todo aquello que vos te entretenés cínicamente en enterrar, esos ojos son los de otro ser humano, tu par, tu célula hermana, salida quién sabe de dónde y quién sabe cómo, para penetrar en lo más hondo de vos y acusadoramente reclamarte si esa persona que están atravesando, sos realmente vos.

lunes, 20 de enero de 2014

Perdiendo el tiempo: pensando


Debería. Debería ser más sencillo escribir. Quizás es que las palabras se atoran y no fluyen. Es decir, las ideas. O de golpe no se puede derramar el sentir en papel. No sé. Pero quizás pasan días y días y no escribo. Meses. ¿Mataré al artista por el militante? ¿Es eso justo? ¿Es eso sano? ¿Ideal o sentimiento? ¿Pero cómo? ¿Acaso no son lo mismo? No sé como hacer que se fundan mis ganas de crear con mi pensar… que se abracen y entrelacen, se miren y se tomen de los brezales esos dos.
Voy matando, cada vez que algo nuevo me ocupa, a todo lo que lo antecedió. Sin entender que solo lo que antecedió me llevó a lo que soy ahora. No puedo sin embargo, no puedo - y es el colmo de la impotencia, del río hecho dique, del aire putrefacto y perdido en cordilleras- no puedo nacerlos juntos y hacerlos respirar la misma materia liquida.
¿Cómo, cómo -me pregunto-, puedo hacer para ser el loco y el racional, el cabello y los ojos, el descriptivo y el expresivo, impresionismo o surrealismo o realismo o cubismo o qué, el mate  y la pava, la pregunta y la respuesta?
Porque lo que soy y me enferma, porque me desgarra, me mutila silenciosa, invisiblemente, es mi dualidad. Yo entero, una gigantesca dualidad (o una pequeñísima dualidad) que se alimenta de su misma sangre derramada y la bebo, y la sangro y la lamo y la degusto y  tiene gusto a sal y a llanto, a bosque y tierra mojada, al metal de las balas y de las joyas  saqueadas, a olvido y añoranza, y es caliente y sabe bien pero me destroza la panza que me arde y me pide por favor basta de la sangre que sabe bien y yo, maldita sea yo que solo atino a rodear mi panza y seguir bebiendo litros y litros de dualidad o de sangre, ya ni sé, porque lo único que ocupa mi desperdigado océano es esta sangre inmunda y deliciosa (¡basta de dualidades!) que me comparto a mí mismo muriéndome lentamente y puta madre que hace frío y es tedioso discutir con uno mismo, y es ahora que entiendo que mi auto-canibalismo no es una dualidad ni mucho menos, es sangre servida en copa bistró que  inunda mis ojos, o lágrimas que inundan mis venas y mierda que fue lindo ser dualidad pero ahora quiero dormir.

El juego en que andamos - Juan Gelman

En homenaje a este hermoso poeta que supo ser disparo y ser letra: la militancia y la poesía que se acunan danzantes al compás de los exilios.


Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.

Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.

Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.

Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Lanata: suicidio ideológico

Lanata estuvo toda la semana pensando y repensando las ironías con las que fascina a su público en el programa de cada fin de semana. Las ironías, vacías de contenidos, llenas de omisiones, chorrean por su boca y remiten a la Ley de Medios. Cada ironía resbala, como una gota, por sus labios y va decantando, poco a poco la dignidad de Lanata. Cada una, como una tortura china, va socavando gota a gota, la dignidad del periodista que olvidó. Olvido y traición: el periodista que proclamó: "Cualquier país en serio no permitiría un monopolio de los medios de comunicación", o mejor aún "Yo no sería tan obtuso de oponerme a una ley solamente porque la proponga Kirchner", está agobiado y demacrado internamente. Nadie sale incólume de despojarse de las ideas que lo hacen identidad; nadie traiciona a su público sin traicionarse a sí mismo. Nadie traiciona sus ideas, sin suicidarse en el intento. Quién sabe si está enterado de que es cadáver exquisito; si le comentaron, que es muñeco de ventrílocuo.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Devenir de propuestas

Camina, por un cerrito.
Por la cornisa, del cerrito.
Al borde, el precipicio;
al otro borde, más bordes.
El viento sí que está ahí.
Camina, despacito.
Y no desgarrado. Solo despacio.
Viento llano, de ahí, de ambos.
Lugares
que son
memorias
de todos nosotros, iracundos, salitre de ojos
de iris: desierto.
La arena es cal. La cornisa es materia y presente.
El vacío está lleno de aire. Aire pegajoso y enloquecedor.
Salitre.
Sal y agua. Y arena y desierto.
Y reflejo, oasis. No. Espejismo, eso sí.
Lo caído, cornisa, es lo caminado, lo precipitado, decantado, lloviznado, pluvial llanto, lágrima, gota, pedazo de agua sólida de sal, de cloruros escapados, de esencias químicas y choques físicos e imaginarios. La fosa está, no tanto alrededor, si no más bien adentro. ¿Cómo me explico? No estamos en la fosa; la fosa la llevamos nosotros, y ahí estamos, enterrados. Y la fosa se cierra, pero no nos encierra, porque está dentro nuestro. Se cierra, lo cual significa que se ensancha, mucho, mucho. Hasta que somos fosa.
¿Y la cornisa? ¿Ya te hizo? ¿Ya lo sos? Fosa y cornisa. Funeral fúnebre de buenos recuerdos. Resplandor y artificio, gran jugada, estratégicos movimientos. Admirable. Inútil.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Alegato

Voy; me voy: me voy yéndome. Siempre estoy yéndome. De todo, de todos. Me voy, yéndome de los lugares, de las personas, de mí. Yéndome levito y alejo mi masa corpórea. Mi resto etéreo, la levedad de mi ser (la insoportable levedad de mi ser) no sé si se va, o se queda. Si se queda yéndose, o se va quedándose. Gravita alrededor de preguntas. Pero yo, yo me voy yéndome.
Despavorido, quizás.
En defensa de viejos valores o ideas que se han ido, yo me voy.
Me pregunto y me repregunto, ¿dónde estoy?, ¿a dónde estoy yéndome, ahora? Dudo, metódicamente. Me hallo, pero cuando lo hago, ya me estoy yendo a algún otro lugar. Aplico el método cartesiano y soy éter que piensa, por tanto es. ¿Corporeidad? Tal vez, qué importa.
Yo siempre estoy marchándome. Ojo, marcharse de un lugar es irse, indefectiblemente, a otro... se podría decir que estoy siempre llegando. Sin embargo siento la necesidad de recalcar que no, no siento que siempre llegue, pero sí que siempre estoy yéndome. Y ojo ahí también, Yo no me voy siempre, no: yo estoy yéndome siempre, lo cual suena a acción jamás consumada, a anochecer amanecido.
Puede ser que así sea, no sé.
La única seguridad que tengo es que camino, levito, gravito.
Insisto, pregunto, simulo, dudo, respondo, suspiro, escribo, soy ambiguo o decisivo, determino y retrocedo. Canto truco y retruco (aunque no sea mi turno). Hablo, callo parpadeo indicando algo, asiento y niego, discuto a muerte, o mejor, discuto a vida, que es más bello. Siembro, replanteo, me revuelvo inquieto, me nado y me buceo, me entrometo, escupo mis dientes con barro, con sangre; me desprendo largas tiras de piel a arañazos, pateo el suelo, enfurruñado.
Me obsesiono, me exijo, me vuelvo loco rozando la perfección de un algo, me estremezco de placer o dolor, o dulce recuerdo. Goteo humanidad y siento lo que otros. Descanso en el discurso y empleo la retórica: me dejo acunar por lo tripartito y al instante lo rechazo. Me detengo, me observo. Enmudezco. Y me voy, yéndome.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Graffiti - Julio Cortázar

A Antoni Tàpies

    Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.

    Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.


    Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.

    Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.

    Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.

    Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.

    Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.

    Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.

    Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.

    Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

martes, 1 de octubre de 2013

Filosofía o existencialismo

Me dedico a hacerme preguntas que no se pueden responder. Es la pura pasión por la pregunta ingeniosa, o inusual, o inesperada, no por la respuesta. La pregunta por sí sola es la que despierta el asombro y la risa por lo obvia y, al mismo tiempo, tan imposible de contestar. El hallazgo en sí de una respuesta, la culminación de la duda conjugada en solución, no es atractiva: se acaba el juego. Fin.
No, de ninguna manera. Lo infinito reside en lo incontestable, en la pregunta que aparenta ser inútil; no porque no aporte conocimiento, sino porque no es ése su objetivo. Su fin es su comienzo. La pregunta resulta hermosa y divina por sí misma, y autojustifica su existencia. No importa la consecuencia. Importa la pregunta que deslumbra, la que no sirve para nada, más que para entretener la mente con la constatación de que existen más preguntas que respuestas. O no. Pero no importa, su juego es ése: el de la pregunta más allá de la respuesta. Ojo, tampoco es que desdeñe respuestas, incluso hasta las más delirantes serán debatidas, serán analizadas y tomadas en consideración. Es, quizás, mi aspecto menos déspota. La pura existencia no resiste dudas de ningún tipo, y sin embargo es lo más etéreo que tenemos, lo menos comprobable y lo que pincha a nuestro ser mas inquisitivo. El juego no tiene fin porque parte de la base que ninguna respuesta podrá ser confirmada enteramente, ni ninguna rechazada de plano. La consigna será que nadie puede acceder a una verdad única y absoluta e irrefutable. Que no tiene sentido buscarla, porque siempre se podría estar tomando por cierto algo que es falso. Y ahí volvemos. Lo importante es la pregunta, no la respuesta porque esta no existe sino en función de la verdad. Propone una verdad. En cambio, la pregunta solo pregunta, solo abre la discordia entre dos visiones, o solo deslumbra por su ocurrencia. La pregunta solo hace posible la imaginación.

Es por eso, y nada más que por eso que la pregunta seduce tanto. Y entretiene. Y nadie se confunda: no es inútil la pregunta que no tiene respuesta certera o científica, o la que directamente no tiene respuesta. No, la pregunta jamás será inútil, pregunte lo que pregunte. Porque es por la pregunta, quizás -y ahora déjenme divagar un poco- es por la pregunta, que el primer hombre, o la primera mujer, o ambos, con el ceño fruncido por la pregunta anclada entre las cejas y la duda anidada en los ojos, se pararon en dos patas, se olieron los olores y se tocaron por primera vez.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Tratado precario sobre la Música

En el universo paralelo de nuestras mentes, una línea se posa dividiendo los bocinazos de los trenes y las multitudes arremolinadas alrededor. Discurre entre ellos con el incendio voraz de una sinfonía, excitando los oídos, alterando los cansancios. Hoy están, mañana (que es
ayer), no.
La mente juguetea inquieta: poco importan los matices cuando todo es de un único color. Sin embargo, no te confundas y creas que tu policromatismo es muy especial, porque no es así. Las disminuciones o modulaciones se hacen presentes tanto en tu obra como en la de muchos otros. Y el crescendo las abarca a todas, como el dramatismo. Son irreductibles a una sola, como vos o yo somos irreductibles a una sola célula. Todo, interconectado, respira al unísono toda su vida en gotas de aire, y cuando la tensión es dramática, magnífica e insosteniblemente dramática, es ahí en ese arrasador segundo (eterno, infinito) que todos parecen comprender al fin el sentido, el juego, el por qué y el para qué y el cómo de la obra;  y estallan en un espasmo de inesperado apaciguamiento. Se demoran en un pasaje que poco tiene que ver con el sentido general de la música, pero solo para impulsarse y llenar los vacíos con delicioso suspenso. A continuación, una ligera inclinación de la cabeza; un llamamiento silencioso; una arenga apenas perceptible y el acoplamiento generalizado, la copulación de los componentes: la unión de los vientos y las cuerdas. La percusión proponiendo un nuevo crescendo que estalla en sus, en tus, en mis oídos.

La explosión final que determina todo el significado de la obra, donde cada uno de sus significantes deja de ser evidente y pasa a ser mera interpretación, pura subjetividad. Y justo antes de comprenderla, justo cuando se acerca el instante de claridad, de lucidez, en el cenit de la euforia musical (instrumental y melódica y armónica y rítmica y compositiva); justo cuando todo indica que caerá de maduro, por el peso de su propia obviedad, cuando es insoportablemente hermosa la conjunción de esa fuerza con la música y todo parece explicarse por sí mismo, entrelazarse y difuminarse con el universo (o quizás pienso ahora cuando el éxtasis llega a su fin, que todo eso es la idea de Dios o de Universo o Unidad, o Todo, porque es tan increíblemente gigantesco,  fuerte, luminoso, dramático, hermoso), justo cuando creés abarcarlo y aprehenderlo, el director (artista silencioso) con un relampagueo de su batuta y una elegante señal displicente, da por terminada la resurrección del compositor, por años muerto, y hasta recién, hasta hace apenas un segundo, un diminuto segundito, tan arrolladoramente vivo.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El Tiempo de Afuera

Tengo un dado de cinco caras, de cinco colores. Violeta, azul oscuro, bordó, verde claro y amarillo girasol. Para tirarlo tengo adelante todo este campo de tierra. El problema es el eco. El problema son los cristales. Cuando el dado caiga, al tocarlos producirá el sonido, y no hay un centímetro de tierra que no los contenga. Y ya sabemos que producirá la reverberación estrepitosa: que se despierten los gigantes. Claro, dormidos son como montañas. Grises, silenciosas. Y sí, están a kilómetros de mí. Pero yo se que con un buen trote me alcanzan en cuestión de segundos. A los gigantes no les gusta que los moleste. Y el castigo lo sé también: colgarme del Árbol de los Brazos en Punta. Está a la vuelta del Enorme Zancudo.
El problema es que ya no me queda mucho tiempo. El aire me está apretando cada vez más, y ya se ciernen los eclipses sobre los horizontes. Debo elegir un color. Así podré regresar al Tiempo de Afuera. Así podré atravesar la pared del supuesto infinito.
En el Tiempo de Afuera es todo calmo. Claro que el color que el azar elija será quien defina los planos y sectores. Ah, pero qué desorden tan hermoso es el de el otro lado de la pared. Ya oigo las melodías encriptadas. Se descifrarán al llegar a mi oído. Vibraciones tan sutiles adentro. Yunque, martillo, e impulso eléctrico y la paz al llegar a mi cerebelo.
Ya es tarde, se están despertando de la siesta. Este es el momento. Tiro el dado.
Como había anticipado, los cristales hacen lo suyo. Este sonido es en cambio tan asqueroso. Me dan arcadas. La alarma empieza a correr. Todavía no se define el destino. Las cinco posibilidades están en duelo. 
Finalmente: bordó.
Los gigantes me intentan aferrar pero ya me desvanezco. Me voy, me voy. Hacia allá, del otro lado del infinito. En el Tiempo de Afuera.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Paisajes: la Vía Láctea

Adentro de la casa estaba cálido; acá afuera con la temperatura bajo cero, cae el hielo invisible en esta noche al sur del mundo. La calle de tierra está dura de frío y la respiración escapa en forma de voluta etérea. No hay luna y el camino no tiene iluminación. Tengo un trecho hasta mi destino y disfruto la caminata bajo un cielo conmovedor. Se despliegan mil estrellas, increíblemente nítidas y luminosas sobre mis ojos. El bosque y las nieves eternas tienen un tinte plateado que le da un toque surrealista al cuadro.
Tal es la perfección del cielo, que se ve la plateada estela de la mismísima vía láctea atravesando el océano de azul noche. Ubico las constelaciones conocidas; todas ellas se ven, no hay ni una sola nube: la Cruz del Sur, Los 7 Cabritos, Las 3 Marías, Orión y muchas más que no conozco, o que quizás nunca fueron nombradas. Pienso en los primeros pueblos, en los que emigraron kilómetros y kilómetros siguiendo direcciones celestes, guiados por la Vía Láctea, por ese asombroso manchón de claridad resplandeciente salpicada de soles diminutos.
Pienso en esto de vivir en ciudades que no dejan ver las estrellas. La visión es hipnótica, resulta imposible sustraerse. Las cuento, las recuento. Jamás termino, pero siempre empiezo. Las contemplo mudo de asombro, inundado de la tranquilidad que me transmite su belleza casi incomprensible. Las montañas contrastan con esas pinceladas estrelladas de plata. Más allá, el lago juega a ser cielo, y desafía a cualquiera a que distinga cuál es cuál. Las ramas, apenas movidas en su sueño por unas pocas gotas de viento, regalan un murmullo suave.
De pronto tengo la certeza de cruzar mi mirada húmeda de contemplación con algún otro observador perdido en la inmensidad del Universo. Le sonrío, por las dudas.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Y, y, y.

Y será, será que de tanto andar entre altos edificios, el horizonte se aburrió de que nadie lo mire y se fue borrando. Borrando, de a poco: su estela primero, su contorno después, su color a lo último. Y tal vez, tal vez de tanto difuminarse, fue que los edificios no pudieron llenar el vacío que llenó los cuerpos de los hombres y mujeres... el vacío del horizonte nunca contemplado y siempre ignorado. Y primero fue un loco, el que salió a la vereda. Y dos. Y tres. Y mil. Todos los locos. Y cada uno llevaba en las manos un pedacito de horizonte, de su recuerdo. Uno con engrudo pegó su recuerdo de las pampas cuando el sol se pone; una nena agregó un retazo de las montañas nevadas, enchastrándose toda con el pegamento; otro sumó una delgada línea de la selva tucumana; uno tenía una memoria del mar en invierno; y otra un suspiro del horizonte del desierto. Y todos, todos los miles que fueron, unieron los pedazos, a puro engrudo, eh. Y mientras el estrépito de los edificios en caída libre ocupaba todo el sonido, el horizonte, parche de acá, parche de allá, remiendo por ahí, collage de recuerdos muchos, se fue renaciendo a sí mismo, a través de todos los locos. 
Al final del día ahí quedaron ellos, los locos, alucinados de tanto horizonte incoherente, libres de tantos cementos y desnudos, de tanta libertad.

martes, 3 de septiembre de 2013

Lista de tareas

Sentir el tacto.
Mirar la vista.
Oler el olfato.
Saborear el gusto.
Escuchar al oído.
Pensar a los pensamientos e idear a las ideas.
Charlarle a las palabras.
Cantarle a las músicas.
Besar a los besos.
Cabalgar a los cabellos.
Amar al mismísimo amor, mirándolo a sus ojos, quemándolo en su fuego.
Ser sumiso solo al incendiario deseo de ser indómito.
Ser indómito ante el asfixiante mandato de ser sumiso.
Enloquecer al raciocinio.
Y teorizar la demencia.
Amarrar las amarras, navegar los navíos y morir la vida para vivir la muerte.

viernes, 30 de agosto de 2013

Mi propio brujo

Hoy saqué el candado de la Gran Puerta. Lo transformé en líquido, denso, negro, frente a mis ojos. Del otro lado me encuentro con una habitación. Siete puertas blancas me dividen del futuro, ya que la decisión será tomada después del presente. No hay alternativa: no la hay. Elijo la cuarta. Me detengo. El camino no continúa del otro lado, no. Se detiene en dos baldosas púrpuras. Y la jungla me asfixia en todos los costados. Tengo que trepar, pero ¿a dónde? Adelante mío veo mis ojos. Gigantescos. Terribles. Son los míos, mis propios ojos. Y lloro. Lloro de forma tan fuerte y dolorosa.
No puedo mirarme a mi mismo. La imagen me resulta tan grotesca, insoportable. Quiero clavar una estaca en mi iris. Pero no llego. Sin embargo imagino que lo hago.
Qué fácil que es imaginar. Pero es tan asqueroso. Repudio el aire que me rodea. Es denso, como olor a muerto. Como un cadáver en mi mismo. Soy un cadáver. Una calavera. ¡Ah, pero tengo todas las respuestas! Desde aquí, sí. En la cima de la montaña.
Por suerte ya se disiparon los huesos. Ahora la nieve. Y me hundo. ¿Abajo del cerro esta el lago? ¿o acaso estoy nadando en mi propio líquido amniótico? Soy la creación. Soy el universo. Soy esa leyenda que nunca se contó. Soy barro. Pero barro con sangre. Soy pus. Soy piel quemada. Ardiendo. Soy el infierno. Soy un dios asesino. Me desgarro mi propia piel. Escarbo en mí. Nado en mi vientre, soy mi propio bebé. Soy mi hijo. Me veo desde mi mente, pero tan puro ¡ay!, tan hermoso, que me rozo apenas y me transformo en toda la luz del infinito. Esa como amarilla clara. Eterna. Nunca para.
Y me trago mis palabras. Una a una. Liebre, libertad, librería, libra. Continúo con la H. Me rasco un poco la pera y noto un lunar. Lo abro. Adentro está mi guitarra. ¡Qué buen momento para acariciarla! Pero ya no es ella: es lodo. Mi guitarra está hecha de lodo. Salen gotas disparadas en el rasguido. Notas disipadas en el rugido. Y todo calla. Calma. Calma al fin. Todo para. Soy mi propio brujo.

jueves, 29 de agosto de 2013

El que es viendo

Me veo siendo y soy viendo. Viendo, miro y me hago: me doy a luz, me nazco. Naciéndome veo dándome a luz; mirando al veedor soy observador. Solo veo. Y miro. Y soy. Y no al revés, no de otro modo. 
Y esto es así porque en mis ojos vive el ser que ve y que mira, el que yo hice la primera vez que vi. El más innato de todos mis seres. El que ve mirando. El que es viendo.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Diálogos

Jeredeve: ¡Ah! Finalmente llegué hasta arriba. La noche se disipa densa entre mis venas. Todo se ve tan mínimo desde acá. Si me tiro, ¿la gravedad me tragará? Y si es un sueño, ¿podré volar?

Tupac: Y si la gravedad no te traga, al menos lo hará el recuerdo, o el olvido. Y si es un sueño, volarás solo si en el sueño eso vale.

Jeredeve: Entonces voy a transformar de ensueño mi realidad. Quiero volar y que el viento me roce frío los pies.

Tupac: Y de paso, desmentir a quienes piensen que del aire no se puede vivir.

Jeredeve: Ah, y ser aire y noche. Que lindo ser noche.

Tupac: Lo mas terrible de ser noche es tener pavor de convertirte en día.

Jeredeve:  ¿Cuál es mas hermoso?, ¿El día o la noche?

Tupac: ¿Qué es la hermosura? ¿La diurna o la nocturna?  Es más hermoso aquel que no se piense a sí mismo como el más hermoso.

Jeredeve:  La una con la otra.

Tupac:  Sin la otra, no existe la primera. Es la simbiosis perfecta del día-noche noche-día.

Jeredeve: Luz y oscuridad, ¿no? Pero la oscuridad es bella también.

Tupac:  Sí, lo es... absolutamente. Solamente en la oscuridad podés ver el cielo estrellado, la vía láctea y la luna llena. ¿Existen los grises?

Jeredeve:  Sí claro, cuando todavía no salió el sol, pero ya esta aclarando el día.

Tupac: El eterno resplandor.

Jeredeve: ¡Qué bueno! Que nos alimente la luz, que nos abrace la oscuridad.

Tupac: ¿Se puede tener algo etéreo, como el sueño?

Jeredeve:  ¡Sí! Seamos etéreos para que el día no nos agarre desprevenidos, acurrucados en la noche.

Tupac: Que nos podamos deslizar entre amaneceres y ocasos.

Jeredeve: Inhertes.

Tupac: Exacerbados.

Jeredeve: Plenos.

Tupac: Sumidos en la vorágine de nuestro devenir. Sin poder salir a caminar entre campos y arroyos.

Jeredeve: Como en equilibrio en un cometa, y al costado, ¡ay!... la caída.

Tupac: Y la muerte final. Tragado por la gravedad y el olvido. Y sin recordar siquiera cómo se volaba.

martes, 27 de agosto de 2013

Voy a ver si puedo correr*

Tengo que aprender a volar entre tanta gente de pie. Quiero aprender a volar. No dejen que deje de volar. Quiero poder elevarme. Tengo, amo, debo, necesito aprender a volar. Mi panza es una reja que filtra las penas hechas nudo, las amasija y pesa toneladas: y quiero volar. Quiero despegar, quiero que las caras se asombren, se perfilen, se asusten. Que los gritos sean llamados a otros vientos, que la brisa se ría de la lluvia en nuestras caras y que la espuma nos hinche de placer. Quiero aprender a volar entre tanto caminante, tanto traseunte, tanto hombre olvidadizo de volar, de salir volando como un loco, como un violinista, como una guirnalda, como un duende que regresa, que nuca calla, él solo se desprende y sólo se asemeja a las guirnaldas, que en Fa sostenido menor te escupen todo su cifrado en las mejillas. No tengo el respiro, no lo necesito, solamente me pesan los hilos de los nombres, los que suenan como mi guitarra. Para poder aprender a volar he de tener más tiempo, aprender a ser luz entre tanta gente detrás. Y digo detrás porque las sombras confunden cuando desde frente no brotan. Solo el aire que me eleva, el de las plumas ligeras, el de la azul suavidad, el que se abrió y tiene corazón y de lata y mantel y guiños de verdad. El aire me eleva y yo aprendo a volar entre esta gente de pie, que solo se adormece. Y es que nunca callo, solo me desprendo y soy igual a esas guirnaldas.

*basado en la letra 'Canción para los días de la vida' (L. A. Spinetta)

miércoles, 21 de agosto de 2013

Palabras

Me decidí a escribir. ¿Se puede escribir la música? Con partituras, claro. ¿Pero se puede escribir con palabras? ¿Se puede dibujar? Yo creo que sí. ¿Y se puede escribir el amor? ¿Se puede plasmar en palabras, letras, espacios, comas, signos, el amor? Si yo digo yo te amo, estoy diciendo algo. O yo te adoro, o me encantás, o te admiro, o me hacés bien (como redujo de forma tan simple Drexler). Pero, ¿Dice algo realmente? ¿Cómo es que una expresión tan coloquial puede definir algo tan único, elevado y abstracto como un sentimiento? ¿Cómo es que nos aferramos a las palabras? Es lo único que tenemos, claro. Palabras. Enojado, denota una situación. Frustrado ya es más denso. ¡Pero es todo tan relativo! Jaja... Es imposible. Las palabras, nuestros fieles luceros en el horizonte, guías; nuestros anclas, nuestra piedra sobresaliente del acantilado, son nuestro delirio. Las palabras son un delirio. No son nada. Son letras apenas. Me dan asco las palabras dijo Sancamaleón, y lo entiendo. Son ruines y traicioneras. Son tan poderosas que inclinan imperios, socavan desiertos, resucitan cadáveres putrefactos. Putrefacto; una palabra tan asquerosa. ¿Pero lo es la palabra, o la imagen que tenemos de su significado? El rojo no es rojo, es una ilusión. Podríamos llamar rojo al amarillo y nadie se lo cuestionaría. ¿O qué, la palabra rojo es más cálida? ¿Y la palabra infinito? ¿Abarca el infinito? Eso quisiéramos  Ni siquiera la palabra lago abarca un lago. Sólo una idea, etérea. Es repugnante. No tenemos nada. Nos desintegramos en palabras que son tan pasajeras. Sin embargo marcan la vida y sí: las palabras son todo lo que tenemos para mostrar lo que somos. Parecería triste, pero triste es tan solo una palabra.

martes, 13 de agosto de 2013

Asociación cerebral: (un) Salto imprevisto.

Un salto. Una caída. Un choque, estallido. Bomba atómica. Hongo nuclear. Una voz: auxilio, ¡Auxilio!, ayuda. Perdón. Perdón por nada, por lo que no fue.
Cítaras. Unas melodías. Respiraciones agitadas, esforzadas. Lucha de día a día: el no morir y el sí vivir. La imposibilidad del ser desnudo más allá de las limitaciones gramaticales. El cómo por pregunta, el no por respuesta y el porque sí por explicación. Un absurdo. Un ridículo.
Improbable; un suceso. Incomprensible, inalterable en su dureza pétrea.
Una pregunta, un vacío existencial. Una añoranza. Dos, tres, cuatro recuerdos.
Un pasado. Un aullido interminable; una proclama (¡Mañana es mejor, mañana es mejor, ah!). Un desafío y una constatación. Una pluma ligera caída del sol. La luna y la marea. Una simbiosis. Una mesa de madera rústica y añeja. Una bebida alcohólica. Una adicción. Un laberinto subterráneo de pasajes breves como pestañas de invierno. 
Una pena y un lamento.
Un cadáver exquisito. Un plagio. Seis venas, nena boba. Dos amantes, un abrir y cerrar de ojos. Tristeza, rencor. Asombro y un llanto; desilusión. Alguien toca el contrabajo: pizzicato. Escuchen.
Un canto agobiado, un desierto caluroso. Un paraje, una estela de ondas surcando las agua. Un navío anclado en un mar helado. Sus velas son fuego. Una crisis. Nubes de algodón, melodías tristes, acordes menores. Jazz. Zambas y carnavalitos. Nueva Trova Cubana, dulce, hermosa.
Un trozo de tierra y mil batallas. 
Un detalle: uno imprevisto.